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Arrodillado el corazón, agudo
adivino, me dice, musitando
palabras fervorosas,
que me acerque hasta Ti, que me arrodille
yo también, como el ara
que se allana y humilla dócilmente,
para que pases, para que entronice
el hálito de Dios
tu presencia en la espiga y el racimo.

Arrodillado,
pongo mi fe en tus manos
fervientemente,
como cera
que se ajusta a la forma
del misterio escondido de tu sangre
y tu cuerpo.

Señor, no tengo a mano
otra alfombra más noble y decorosa
ni más alto dintel con que te encuadre
dignamente.
Te pido
aún así, que la brisa
encendida de Dios, la silenciosa
brisa que te precede,
te haga presente, al fin,
en la harina agachada,
en el perfume
del mosto en que nos naces nuevamente.


San Francisco envía a religiosos a España, entre ellos nuestros Santos Mártires,
a las órdenes del hermano Bernardo de Quintaval.
Escena 2ª del retablo de los Mártires, obra de Fr. Alfredo Colás