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Fuimos contigo andando y no supimos
saber quién eras. Te escuchamos.
Te puedo asegurar que tus palabras,
de tanta unción, quemaban como enjambre
de chispas en un ojo.
Pero no conseguimos
reconocer tu voz ni la aspereza
de tus sandalias, tantas veces
amigas de camino.
No sospechamos que vivir pudiera
quien pensábamos muerto, como nunca
piensa la estrella el alba ni la fuente
borbollante el remanso que la acalla.
Todo brilló al final, cuando elevaste
la vista al cielo musitando
imperceptiblemente,
como vuelo
delgado de libélula
tu gratitud a Dios.
Reconocimos
entonces, en el gesto de tus manos,
la luz de tu presencia y la blancura
honda de tu silencio
inconfundibles,
al partir el pan. |