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Si pudiera esponjarse
el cristal, si pudiera
desperezarse, hasta desangraría
su apretada estrechez para embeberse
de luz golosamente.
El cristal no conoce
doblez; su sencillez lo identifica
con la blanca estructura de la nieve,
la levedad del aire
y la franca limpieza de unos ojos de niño.
No es más claro el arroyo ni en la fuente
nace más claridad que en su entresijo.
La sencillez no tiene peso
o acaso pesa apenas, como el tímido
temblor del colibrí frente a una rosa.
Así, Natanael. Jesús hincaba
la luz de su mirada penetrante
por la ventana de su pecho claro
e iluminó su corazón de nieve.
Nunca el sol llenó tanto
de luz un vaso de agua.
Nunca el cristal más puro
tuvo tan limpia el alma.
Teruel y abril de 2005
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