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Canta, hermana mía cigarra, alaba con tu alegre estridencia al Dios que te creó. Vida segunda, 171

Canta, hermana cigarra,
Canta, canta. La fibra
áspera de tu voz roza en los troncos
de los árboles, frota
las paredes, restriega
las piedras de las casas, la corteza
severa del camino.
Pero tú, canta como siempre,
sin pausa, sin cansancio, irrevocable,
fuente que no se agota,
camino interminable, llamarada
de sol que nadie extingue.

En la insignificante
arpa en que te recreas,
Dios puso unas migajas
de eternidad, vislumbres sólo,
la sombra apenas de sus dulces dedos.
Te queda la estridencia monocorde
y arenosa del tiempo que destejes.

Nómbrale sin descanso.
Nómbrale con el firme
chirrido de tu canto eternamente.

Cristo refulgente ante Francisco y los suyos
"¡Tú eres el Bien, todo bien, sumo bien, el único bueno!" (San Francisco, Alabanzas)