Habría que guardar, como quien guarda
un pájaro en el pecho,
esos ojos
que vieron
a Jesús, tantas veces,
jugar, llorar, reír, y un día incierto,
ya muy tarde, de noche,
Jesús no estaba ya,
rezando, se durmieron.
Habría que labrar con plumas de oro
y mucho amor un beso
donde esconder el video indescriptible
que esos ojos rodaron muy de dentro.
Lucas lo dice: Iba guardando
en su memoria cuanto vieron.
Pero no están. Los labios
del Hijo descendieron
a soplar esa llama,
y en un poco de viento
se los llevó consigo, como al pájaro
que un gran amor embalsamara muerto.
Podríamos saber lo que ellos saben.
Podríamos con ellos
aprender a mirar
lo mucho que miraron y escondieron.
Pero no están;
se fueron.
Cabría reclamar
al Padre eterno
nos devolviera intactos
unos ojos humanos
que siguen siendo nuestros.
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