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Andemos por el mundo y con ejemplos, más que con palabras, exhortemos a los hombres a hacer penitencia y a guardar el recuerdo de los mandamientos. TC 36

La nube anuncia lluvia, la veleta
el camino del viento,
la luna cuenta noches.
Sin palabras,
la elocuencia desnuda del silencio,
puede decir muy claro lo que nunca
expresa el lab io o dice el pensamiento.

Hablar de Dios es fácil, si la fe
lo alumbra desde dentro.
Por eso, en ocasiones,
callan los labios y habla el sentimiento.

Despertemos, hermanos, que es de día;
hermanos, despertemos
y agitemos al hombre adormecido
con gritos silenciosos. Agitemos
la pereza del hombre, proclamando
con energía hasta qué punto es cierto
que Cristo está esperando
como siempre, a la puerta del convento.

Recorramos a tumbos, si es preciso,
el camino que es Cristo, prediquemos
hasta morir con él, con qué coraje
él por nosotros se inmoló primero.
Nadie predica, si no experimenta
el corazón la luz de su evangelio.
Tanto es así, que Cristo se hace arena
en la extensión de tus desiertos,
igual que la veleta, enmadejada
por el collar del aire, se hace viento.

Al fin del día, te dirá el cansancio
cuanta es la tela que has estado haciendo
y tu mano derecha no sabrá
cómo te tasa Dios, cuál es tu precio,
hasta que alce la aldaba de tu puerta,
un día, al fin, un día, atardeciendo.

San Francisco de Asís