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La paz que anunciáis con la boca, debe morar antes en el corazón. TC 58

No chilléis donde habita
retirada la paz. Hay una verja
que ni traspasa el viento.

La paz pisa despacio y cuidadosa
por los claustros redondos del silencio,
sobre losas de musgo, donde esconde
sus pardos sentimientos
el sosiego que inviste no tener.
Quien no tiene y no ansía,
ignora los vaivenes azorados
de la preocupación.

No gritéis cuando orea
olivos verdiblancos con la leve
brisa de sus pisadas.

La paz guarda en estuche acristalado
de plumas y armonías
un lago verde donde vuela a veces
planeando el silencio.
En su cristal coinciden
lisura y transparencias.

Manos de mansedumbre
y atisbos de temores de que empañen
sus ojos inocentes,
imponen cautelosa contención.
Sabe que cuando estalla
de súbito la sangre, hacia el lindero
gris de la desmesura, no hay cordura
que calme sus latidos.

Es un espejo roto
la paz, cuando alguien pisa
el remanso sin fin de su clausura.
El corazón herido se encoge, y se atiranta
la sangre, y las palabras
no saben pronunciar serenamente
la ordenada cadena del sentido.

Volved al equilibrio, rescatad
la pausada ponderación de la mesura,
prended del corazón, como de un árbol,
el peso moderado de sus frutos.

En el huerto cerrado donde habita,
hay una verja
que ni traspasa el viento.
No chilléis en su entorno, que ni advierta
nuestra presencia mínima,
donde vive y esconde su retiro la paz.

San Francisco predica en la ciudad de Asís. Cuadro de J. Benlliure