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Tú eres la luz. Lo reza la Escritura.
Tú eres la luz, Señor, la diste al ciego
que gritaba tu nombre, entre palmeras
y sicomoros.
Un relámpago
cruzó sobre la frente de su vida
y abrió sus ojos, como un fuego
o una brecha sutil en la espesura
tozuda de sus noches.

Con tus dedos, limpiaste el hollín de los ojos,
al ciego que imploraba tu presencia
al borde de un camino. Y junto al templo,
le encendiste a otro ciego, encenagado
de oscuridad, su entristecida sombra.

Tu luz no desfallece; no se agota
la rubia transparencia de su aceite.
Tiene el Padre en sus manos
la fulgurante palmatoria
que nos enciende el día.
Y en la noche, cerrada como gruta de hiena,
es ráfaga tu luz, cuando tu estrella
fugaz rasga los cielos sutilmente.

Pon tus manos, Señor, sobre nosotros;
que proyecten el ámbar de su luz
sobre el camino que huellan nuestros pasos.
Sufrimos el acecho de nuestras mismas sombras.
No dejes que decaiga la firmeza
de nuestros párpados, proclives
a la pesada oscuridad en que anida el insomnio.

Somos ciegos, Señor, cuando, te llegas
hasta nosotros, sigues paso a paso
nuestra aventura, nos acechas,
y cada vez estás más cerca,
y más cerca, Señor, y no te vemos.
Enciéndenos la hoguera inmarcesible
de tu luz, para siempre, en la afilada
noche de nuestra frente oscurecida.

San Francisco de Asís entrega su alma al Señor.
"Te ruego, Señor, que muera por amor de tu amor, ya que por amor de mi amor te dignaste morir."
(S. Francisco. Oración)