| Si fuera un ala,
si un puñado de plumas,
si el aleteo de una mariposa;
si de pronto brincara
con la inquietud del saltamontes
por un trigal, como la sombra enfebrecida
de una amapola,
o el delicado trazo amarillento
de la espiga, tal vez mi misma sangre
emularía entonces
la levedad de brisa misteriosa
del Dios que hablaba a Elías.
La pondría en el fondo de una copa
como un fruto votivo o un perfume,
a los pies de los ángeles
que dan asiento a Dios.
Pongo, en cambio, a sus pies este puñado
de tierra fementida que da forma a mi tiempo,
la tierra que me dieron y han gastado
las piedras del camino,
la tierra que han pisado,
quizás sin ver, cuantos caminan
sus prisas, distraídos.
Es todo lo que tengo. En algún sitio
que no consigo desvelar
lleva impresas las huellas silenciosas
de sus dedos divinos. |