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Y como peregrinos y forasteros en esta vida, que sirvan al Señor en pobreza y humildad, vayan por limosna confiadamente. (Regla bulada 6, 2)

Hermano, que caminas alejado
por el arcén, escucha.
Quiero que apoyes
en el alero de mis hombros ,
aligerado de tu propio peso,
tu carga, como hiciera
con Dios el Cirineo.

Hermano, escúchame, ¿se aparta acaso
del cauce humoso que la oprime
la acequia caminante, con su fardo
de sombras grises y de nubes verdes?
¿Qué sería, distantes del camino
que ha sellado su boca, humedecido
el canto, amordazada, la alegría?

Pon en hora el reloj
cansado de tus pasos con los míos
resueltos, buen hermano
de pan y derrotero;
cambiémonos la sombra y la esperanza.

Un mismo pan y un mismo vaso
de barro originario nos convocan
al abrazo que impone acomodarse
a la tibieza de una misma mesa,
como unido va siempre
el mastín a su dueño.

Nuestro Padre es común, ¿por qué nosotros,
aspirando la misma brisa que baja de la cumbre,
izamos nuestros nombres por escalas
egoístas de niebla y egoístas,
colinas separadas?
Nuestro Padre es común: nadie distinga
quién es quién, si la misma sangre
muerta del Hijo cose nuestros pulsos,
nos unge el corazón y nos persigna.

Acompasados nuestros pasos,
prendámonos del labio alternativos
versículos, hermanos
de un mismo canto laudatorio;
que el rastrillo que un día
se alzará ante nosotros, luminosas
las piedras del castillo y rebosantes
de salmos jubilosos sus ventanas,
nos dará paso,
por una misma puerta,
al corazón de luz donde Dios tiene
el horizonte interminable
de sus brazos abiertos.

San Francisco y un hermano se refugian en una cueva

San Francisco y un hermano se refugian en una cueva. J. Benlliure