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La noche sus ojos
oscuros cerraba,
y en la vieja ermita,
un palmo de nada
con cuatro paredes
y una puerta escasa,
casi arrodillado
un candil oraba.
La Virgen dormía,
Francisco rezaba,
y en cada silencio
y a cada palabra,
sus ojos oscuros
prendían dos lágrimas.
La Virgen tenía
un Niño en la falda,
y el santo temía
que su Virgen casta
no oyera sus rezos
mientras dormitaba.
Y cuando barría
ya estrellas el alba,
la Virgen abría
sus ojos de plata,
y un Niño de seda,
sentado en la falda,
cogía sus pechos
con sus manos blancas.
San Francisco, absorto,
veía y callaba.
Teruel y abril de 2005 |