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La aparición de la provincia (1217-1226)


(Lázaro Iriarte, ofm. Cap. Historia Franciscana, Valencia 1979, pp. 57 ss.)

La fraternidad creció rápidamente en el primer decenio de vida. Las fuentes hablan, ciertamente con exageración, de 3.000 hermanos congregados en el capítulo de 1221 y de 5.000 en el llamado de la “esteras”, que tuvo lugar probablemente en 1222 [...]

Semejante crecimiento incontrolado llevaba consigo, ante todo, el peligro de una admisión indiscriminada de los candidatos, que luego eran enviados por el mundo sin la necesaria formación. En los comienzos, la presencia del fundador, con su fuerte ascendiente personal, mantenía la tensión espiritual y la fidelidad a un programa de vida trazado por héroes; pero, aumentando el número y extendida la orden por regiones distantes, esa acción directora y modeladora se fue debilitando. La espontaneidad inicial fácilmente degeneraba en indisciplina o en singularidad deformante, teniendo en cuenta que el individuo no estaba protegido por el ritmo de una comunidad conventual. No eran pocos los que “andaban vagando fuera de la obediencia” (Reg I,5), o se entregaban a la ociosidad, poniendo en peligro el buen nombre de la orden.

Por otro lado, el parentesco entre las aspiraciones de los movimientos heréticos de la época y la forma de vida de los hermanos menores hacía que estos fueran recibidos con recelo por los obispos cuando llegaban por primera vez a una región. El capítulo 19 de la regla no bulada responde a esa preocupación: “todos los hermanos sean católicos, y vivan y hablen como católicos?”.

Se comprende que surgiera en el seno mismo de la fraternidad, la preocupación entre los elementos mejor dotados. Cada vez, en efecto, iban adquiriendo mayor importancia los hermanos doctos, generalmente clérigos, aun por la misma confianza que Francisco depositaba en ellos. Las fuentes franciscanas les dan el nombre de fratres sapientes, scientiati, clerici, y con frecuencia se los confunde en la denominación con los ministros, por razón de que éstos eran nombrados preferentemente de entre ellos. Este sector de la fraternidad sin menoscabo de su adhesión al fundador y a su programa de vida evangélica, echaba en falta una organización más eficiente y una legislación más precisa codificada como instrumento de gobierno. Hubiera querido también adoptar elementos tomados de las órdenes monásticas, avalados por larga experiencia. Francisco se oponía a esto resueltamente, como también a toda prudencia de la sugerencia humana que pudiera desvirtuar lo que para él era fundamental en el seguimiento de Cristo: la pobreza total, con la inseguridad y el sentido de peregrinación que le son inherentes, la igualdad entre los hermanos, y lo que él llamaba la “vía de la sencillez”.

Capítulo general de 1217. Hugolino

Un primer éxito de la presión del partido de los prudentes fue la distribución de la orden en provincias. Paso importantísimo que habla muy alto de la creatividad y del sentido de adaptación histórica del mismo Francisco, al introducir una organización totalmente nueva en la tradición monástica, sobre todo teniendo en cuenta que en esas circunscripciones regionales, los hermanos seguían sin asentarse en moradas fijas. La provincia viene a ser fraternidad fundamental, como si dijéramos el nuevo tipo de comunidad itinerante, que se mueve y actúa en una región bajo la guía del “ministro provincial”. La decisión capitular (1217) pasó a la regla en estos términos: “Todos los hermanos que fueren designados ministros y siervos de los demás hermanos distribuyan a los hermanos por las provincias y lugares en que se hallaren. Visítenlos constantemente a fin de exhortarlos y confortarlos espiritualmente, Y todos mis hermanos benditos obedézcanles con entera voluntad en todo lo que no se opone a su conciencia o a nuestra forma de vida “ (Reg I, c. 4).

Estos dos límites a la autoridad de los ministros, insistentemente afirmada por el fundador, así como la obligación que impone la misma regla a los hermanos de observar, por su parte, la conducta de su ministro y de corregirle si no se atiene a la forma de vida de la fraternidad, y aun de denunciarlo al capítulo general si no se enmienda (Reg I, c. 5), demuestran hasta qué punto Francisco se resistía a dejar a los hermanos incondicionalmente a merced de los superiores y trataba de protegerlos contra posibles desviaciones del ideal común. Es posible que esos textos acusen también la prevención de la masa de los hermanos contra una jerarquización que alejaba de ellos la autoridad del padre amado.

Una consecuencia de la división en provincias fue la programación de la expansión de la orden fuera de Italia y en Oriente.

San Francisco de Asís en oración. Se resaltan las llagas de manos y pies.

Nota

En la España cristiana, fue Juan de Parenti quien, delegado a este fin por Francisco, organiza el conjunto de los hermanos en la primera provincia española, para lo que se establece en Zaragoza en 1220 y no tarda en convocar una asamblea o capítulo al que asisten más de doscientos religiosos, incluidos nuestros mártires Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato.
De él es a de quien consiguen el permiso para trasladarse a tierra de moros a predicar, ya que el grupo de que formaron parte en su venida a España, el fin era predicar el evangelio.