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Luis Pérez Simón, “O beata María quae es habitatio ecclesiae”, Verdad y Vida, 239, Madrid2004 La Orden Franciscana honra a la bienaventurada Virgen María con especial devoción en el misterio de su Inmaculada Concepción, Patrona de la Orden, “Virgen hecha Iglesia” (Cfr. CC.GG. Art. 26,2). Los franciscanos vivimos esa especial devoción a la Inmaculada, que quedó grabada en nuestros corazones desde pequeños, cuando en nuestros seminarios aprendimos a recitar o cantar el fervor juvenil Tota pulchra es, María ante una imagen o pintura de la Inmaculada. Los teólogos franciscanos han sistematizado a lo largo de la historia una serie de reflexiones sobre el misterio cristiano, y dentro de las mismas se ocuparon ya desde el comienzo de su escuela del tema mariano, tanto en el orden de la devoción y del culto como en el doctrinal, siguiendo fielmente los impulsos e intuiciones de su fundador, san Francisco de Asís, en torno a cuya persona se articula lo que llamamos escuela franciscana, cuyos pensadores son partícipes de un mismo talante y sintonizan entre sí en una cosmovisión y manera peculiar de interpretar los problemas de la existencia y de la fe, como consecuencia de haberlos vivido y experimentado previamente en la vida de fraternidad aprendida de Francisco y de la primitiva comunidad franciscana. El franciscano hace filosofía o teología no por entretenimiento o por profesión, sino para orientar en la práctica su vida según la fe o el proyecto revelado por Dios, tratando de descubrir la relación entre el bien y la verdad con un fin sapiencial. Por eso se hace imprescindible, ante cualquier tema, objeto de reflexión, ofrecer como portada el pensamiento y la actitud del Fundador. Francisco baja del monte Alverna.
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