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Fray Lázaro
Iriarte, ofm. Vocación Franciscana,
Madrid 1971, p-141
La pobreza evangélica es la gran liberadora, no sólo de los afanes terrenos, que ahogan en el corazón del hombre la alegría candorosa y lo ensombrecen con la ambición y la doblez, sino, sobre todo, de las ataduras del espíritu. El ánimo pobre se siente ligero y libre, limpio y abierto; nada tiene que ocultar, nada que revestir postizamente; camina en verdad y en pureza de vida a impulsos de la caridad que ilumina todos sus pasos. Hay una serie de virtudes evangélicas, no catalogados en los tratados ascéticos corrientes, que en san Francisco adquieren su auténtica valoración. A este número pertenecen la sencillez y la alegría, manifestación invariable de la presencia del Espíritu en todo grupo que vive la experiencia cristiana; es el clima que se creó en las primeras comunidades como efecto de la catequesis apostólica: alegría y sencillez de corazón. [...] San Agustín presenta a quienes se consagran a Dios la simplicidad y la unidad como opuestas a la multiplicidad y a la duplicidad: muchos sencillos pueden llegar a tener un solo corazón, mientras que en un solo falaz anidan varios corazones. Francisco, misionero, navega a
Oriente.
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