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Ignacio Larrañaga, El hermano de Asís, Cefepal, 1979, p-214

Había en Rivotorto dos árboles independientes que habían crecido muy altos: loa pobreza y la fraternidad. Pero había una flor que brillaba con colores propios: la alegría. ¡La penitencia vestida de alegría!

-Somos los hombres más alegres del mundo -pensaba Francisco-, porque nada tenemos.
Ya en aquellos meses les repetía Francisco lo que más tarde habría de estampar en la legislación:

“Mostraos contentos con el Señor, alegres y amables como conviene”.

Como de la semilla de la rosa nace el rosal, como la Resurrección brota de la muerte de Jesús, la alegría franciscana surge de la pobreza franciscana.

-Hermano -dijo un día Francisco a uno de sus compañeros- : Hace buen día; vete a “la mesa del Señor” a pedir limosna.

Después de varias horas regresó el hermano, no con mucha limosna, pero sí cantando de alegría. Al escuchar de lejos su canto, Francisco, lleno de felicidad, salió corriendo a su encuentro y, descargándole las alforjas, lo abrazó efusivamente, le beso en los dos hombros y lo tomó de las manos exclamando:

-Bendito sea nuestro hermano que ha ido a mendigar sin hacerse de rogar, y ahora vuelve a casa de tan buen humor.

Perfecta alegría. Cuadro de J. Benlliure