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Kajetan Esser, La Orden franciscana. Origen e ideales, Aránzazu 1976, pp.82-83

Sabemos que nuestros mártires llegan a España en un grupo del que se nos ha transmitido el nombre de diez de ellos: Félix, Bernardo de Humanalis, Bernardo de Moraina, Zacarías Romano, Clemente Tusco, Benincassa Tudertino y Gualterio, junto con nuestros dos santos, guiados todos por Bernardo de Quintaval.

Bernardo Humanalis y otro más se quedan en Cataluña; Bernardo Quintaval con otros, se desplazan a los reinos de Toledo, León y Castilla; ¿en cuál se queda Bernardo de Quintaval? Es fama que en Toledo; Zacarías y Gualterio, van a Portugal. Bernardo de Moraina y Félix, fundan en Lérida, acontecimiento al que asisten nuestros dos mártires.

Van predicando por doquier y fundan conventos, donde tienen ocasión de ello, de dos en dos. Así, el Lérida fundan los hermanos Feliz y Bernardo, en presencia de Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato, que desde allí se trasladarán a Teruel, según las indicaciones para el viaje y cartas de favor que les había suministrado el capitán Martín Garcés de Marcilla. Esta costumbre de vagar apostólicamente por Italia, ya se constata en 1216, y traspasan las fronteras de Italia desde 1220.

Sobre esta costumbre de peregrinar de aquí para allá, llevando la semilla evangélica a todas partes, según el mandato de Jesús que hace suyo Francisco, fray Kajetan Esser, ofm. nos describe ese panorama contextual en los inicios de la Orden en que cuadran nuestros mártires:

Si algo llamaba la atención sobre la nueva orden era el hecho de no tener “conventos” en el sentido antiguo. Los frailes iban de un lugar a otro como predicadores ambulantes por el mundo exhortando doquier a la penitencia y anunciando el reino de Dios. Su apostolado no se compadecía con una vida conventual sedentaria.

Estre hecho importante lo anota ya Burkhard de Ursperg, que caracteriza a los frailes menores -en contraste con los pobres de Lyon- como una comunidad sin asiento fijo. Jacobo de Vitry describe más netamente por el año 1216 cómo los frailes menores se diseminaban por todas las provincias de Italia después de sus reuniones anuales: “durante todo el año se dispersan por Lombardía, la Toscana, la Pulla y Sicilia.

Algún año después, (1220), cuando los frailes habían traspasado las fronteras de Italia, precisaba: “Se esparcen de dos en dos por el mundo entero”, o bien como los superiores los enviaban de dos en dos o en grupos, a diversas comarcas, provincias y ciudades. Casi contemporáneamente observa con cierta displicencia el retórico Buencompagni que los frailes iban por ciudades y aldeas “sin discreción”. Con algo de malicia señala el Chronicon Normandiae, fijándose en la “stabilitas loci”[1] de las órdenes antiguas que los frailes divagaban por todas partes (discurrent circumquaque). Los cronistas benedictinos ingleses hablan de que los frailes iban “en grupos de diez o de siete” por ciudades o aldeas “anunciando la palabra de vida.”

De la predicación ambulante de los franciscanos habla con pleno reconocimiento Honorio III: “y a ejemplo de los Apóstoles van recorriendo diversas casas sembrando la semilla de la palabra de Dios”(I,2b) [2]

Este modo de vida, desligado del lugar determinado por la actividad, lo describe Jacobo de Vitry con mayor precisión: “De día van por las ciudades y aldeas para ganar a algunos, mientas se dedican a la actividad; de noche retornan a la soledad o a parajes apartados para entregarse a la contemplación” Renuncian a todo lo que hasta entonces se había creído necesario para la vida conventual, en la medida en que resulta un obstáculo a esta actividad: “No tienen monasterios e iglesias, ni campos ni viñas ni animales ni casas ni otras posesiones, donde reclinar la cabeza”. En consecuencia, los frailes han roto las estructuras vigentes. El convento de los frailes, si se nos permite la expresión, el amplio mundo.

Notas
[1] Permanencia en un mismo lugar.
[2] En 1221 los frailes no moran aún fijos en un convento. Desde 1241, viven ya estables en conventos

Francisco evangeliza a los sarracenos.
"Cuando enviaba a un hermano a misión, solía decirle: Encomienda a Dios tus afanes que Él te sustentará". (S. Francisco en Vida primera de Celano, 29)