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1. Tadhée Matura cuestiona cuál debe ser el camino para descubrir la identidad franciscana, si la realidad histórica de Francisco en sí mismo, con sus actos y evangélica ejemplaridad, o el mensaje que él propone objetivado en sus escritos. 1.2 . Cuando se habla de que hay que imitar a Francisco, dice el escritor, se piensa más bien el atractivo de su vida, lo que puede excusarnos, porque somos el único grupo en la Iglesia donde la relación con el fundador es central, con los peligros que eso implica de culto a la personalidad. Se asiste, no obstante, a un giro muy oportuno que tiende a distinguir entre ambas tendencias, ya que una espiritualidad no puede poner en el punto de mira de su trayectoria una persona que no sea la de Jesús. Más que una persona a la que tender, se ha de ver en ella un dedo que señala hacia quién se debe tender. Más que asumir los comportamientos de Francisco, estimulantes siempre, debe ser el cometido franciscano asumir el mensaje que transmiten sus escritos, abiertos a la profundidad del evangelio, que es donde han de beberse con avidez los valores que den sentido a nuestra vida. 1.3. Una segunda cuestión es si el proyecto de vida que propone Francisco, ha de ceñirse estrictamente a la Regla y al Testamento que dejó escritos a sus frailes, interpretados además en términos jurídicos, que es lo que se hizo durante siglos, o se trata de un compromiso mucho más amplio y profundo. Si sólo la Reglo, ¿qué papel juegan en el mensaje de Francisco sus otros escritos? Hoy no se limita nadie a centrar en sólo la Regla la vivencia franciscana heredada del Fundador, tan árida y superada en muchos puntos. La Regla no puede hoy recuperar su significación más que situándola en el contexto de la visión de Francisco y sus otros escritos. Textos llenos de sabia evangélica de gran densidad, con gran raigambre escriturística e inteligencia espiritual, que por sí solos pueden fundar una espiritualidad auténtica y válida pata todos. Pero es que además, después de Francisco, la vida franciscana ha ido sumando aún al venero original, ricas aportaciones que la vienen configurando, como Clara, fray Gil, Ángela de Foligno, los maestros escolásticos Buenaventura y Escoto, santos, místicos eximios, escritures autorizados, y el testimonio sucesivo y actual de muchos. Francisco ofrece el criterio inicial rastreable en sus escritos, ampliado luego, empobreciéndolo circunstancialmente unas veces y enriqueciéndolo otras. 1.4. Una tercera cuestión que plantea Matura es si el mensaje de Francisco es viable en nuestros días, de modo que no impida a los suyos insertarse en el mundo de hoy, desde la totalidad radical del evangelio. La verdad es que ninguna espiritualidad agota la totalidad del evangelio, sino que nos abren caminos de aproximación. Precisamente Francisco apunta a esta perspectiva cuando define la vida de los menores como vida del evangelio de Jesucristo, como fidelidad al mismo. En su Regla, lo que propone a sus seguidores es el inmenso espacio del evangelio, de la buena nueva del amor y de la benevolencia divina. Quiere decirse que la identidad franciscana debe ir más allá del proyecto explícito de Francisco. El evangelio, para Francisco, no se limita a unas prescripciones radicales sobre la pobreza o la tríada de consejos y votos, sino el inmenso don de ser llamado por Jesús a compartir su presencia en “la alegría divina de existir”, envuelto el seguidor, como en un halo de luz, en la llamarada de la creación. Hay una cuestión entonces que interpela a todo buen seguidor de Francisco. Y es que nuestra existencia está expuesta, en cada revolcón de la historia, a toda suerte de desafíos sobre Dios y el sentido de la vida y de la muerte. Hay que preguntarse entonces si el concepto que tenemos los franciscanos de nuestra identidad, nos ayuda a responder con resolución a tales retos. Si la respuesta es afirmativa, nuestra vocación es verdaderamente evangélica. 2. Puntos de la identidad franciscanaLos estudiosos han dado en establecer que los valores de la identidad franciscana o prioridades, son:
2.1 Centralidad de la experiencia de la feEs de rigor hacerse eco de las palabras de Jesús: Convertíos y creed en el evangelio, Francisco recomienda a todo el mundo perseverar en la verdadera fe y en la conversión (1R 23, 7). La fe verdadera conduce a la buena noticia, que no es sino la revelación de Dios-amor, a un mismo tiempo Altísimo y humilde, abierto a la plenitud de su vida y felicidad del hombre. La experiencia de la fe, o dimensión contemplativa, consiste en el descubrimiento incesante de la doble realidad que es Jesús, Dios y hombre. Claro descubrimiento, porque estas realidades son objeto de una experiencia empírica, sino la dimensión misteriosa que posee todo y da a todo un sentido. Es una experiencia que Francisco ha vivido en la densidad de lo cotidiano, desde los más mínimos gestos a la más alta actividad, como son:
porque en eso consiste tener el corazón vuelto al Señor. Es esta la primera tarea de la identidad franciscana: convertirse y creer en la buena nueva, llevándolo a cabo con el esfuerzo que haga falta, comenzando de nuevo en cada hora. 2.2. La FraternidadEl uso del término fraternidad y la insistencia en esa clase de estrechas relaciones humanas, cifran la importancia que Francisco daba a la dimensión evangélica del trato fraterno. Es uno de los rasgos de su proyecto, tanto o más esencial que la pobreza.. Señala la importancia que Francisco concede a la vida humana., y que todo hombre es igual es mi igual, semejante y diferente, por lo que debo aceptarlo tal cual sea, agradable o no, amarlo y servirlo y nunca dominarlo. El hombre está por encima de las estructuras, de modo que el nombre de Hermanos Menores de las primeras fraternidades es un programa. Menores, humildes, serviciales, amigos de todos. Se achaca al fraile menor no ser todo lo contemplativo que le corresponde, y ser infiel a la pobreza. Se reconoce, en cambio, el carácter fraternal de sus relaciones y de acogida. Franciscano viene a significar para todos afabilidad, acogida, sencillez, fraternidad. Hay que estar a la altura de esa reputación. 2.3. La pobrezaLa pobreza tiene formas diferentes que la configuren de modo variable en cada tiempo. La medida del pobre es relativa y cambia de una época a otra y en cada lugar del mundo. Un rico en el río Ucayali, podría ser un hombre pobrísimo entre nosotros. Hoy hay quienes creen tener motivos, para experimentar mala conciencia sobre la extrema pobreza material de los primeros momentos, considerada como marca específica. Para Francisco la raíz de la pobreza reside en un concepto antropológico y evangélico del hombre. Según sus escritos, pobre es quien reconoce que todo lo que hay en nosotros o podemos hacer, le pertenece por entero a Dios, y no a nosotros, luego hay que devolvérselo, con una acción de gracias, además, por habérnoslo dado. Lo que nos queda es el vacío, la carencia, el mal. Pobreza es entonces aceptar con alegría siempre esta doble verdad. Una verdad que hasta es agradable constatarla y proclamarla, sólo que vivirla no resulta nada grato. Desde esa visión de nuestras relaciones para con Dios, hay que abordar los problemas de nuestra pobreza material y comunitaria, de la que hay que inventar las formas que debe configurarla hoy día. Hay que vivirla según la vara pobre de medirla en nuestro tiempo. 2.4. La misión mediante la vivenciaViviendo en fraternidades de fiesta y perdón, abiertas a todos como servidores y hermanos suyos, ya se está cumpliendo una buena parte de la misión franciscana en el mundo. La misión que le incumbe al franciscano no es vivir inserto en las instituciones para servirlas, porque tenemos un papel de tipo profético, una alerta e interpelación que implica libertad y movilidad.. Pero la Orden nace como un movimiento de renovación laical, y ocurre entonces que siglos de clericalización han venido situando a la Orden en el ámbito institucional de los servicios ministeriales, y hay que reconocer que esto crea serias dificultades al momento de intentar la recuperación de la esencialidad franciscana. El buen franciscano debe evidenciar más el testimonio de la vida fraterna, centrada en la experiencia de la fe y el amor benevolente y acogedor hacia los demás. Más que empeñarse en ser MINISTROS, servidores, el franciscano ha de fomentar la servicialidad. Este amor de benevolencia debe dirigirse primera a la Iglesia, garante de nuestra fe, pero ha de llegar a todos y al mundo. Como mirada optimista que se fija en todo lo bueno y bello, y promoviendo la paz, la alegría, la serenidad franciscanas. Es la base para llevar a todas partes con la impronta de la vida evangélica según Francisco, antes que con la palabra, con la alegría de la paz. Clara camina hacia Santa María
de los Ángeles
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