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Éloi Leclerc, ofm. El cántico de las criaturas. Oñate (Guipúzcoa 1988)

Lo más chocante de este cántico, incluso a nivel de una lectura somera, es la manera tan familiar y fraterna con que Francisco habla de las diferentes realidades cósmicas. A cada una llama “hermano” o “hermana”. No conoce el sol, la luna, el viento, el agua, etc., sino al hermano Sol, a la hermana Luna, al hermano Viento, a la hermana Agua, etc. Bien lejos estamos aquí del universo cartesiano, y de “esta filosofía práctica con la que, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros, de los cielos y de todos los demás cuerpos que nos rodean, tan distintamente como conocemos los diversos oficios de nuestros artesanos, podríamos aplicarlos de la misma manera a todos los usos de que son susceptibles, y hacernos así señores y posesores de la naturaleza”[Descartes, Discours de la Méthode, 6ª parte]. Bastan los calificativos “hermano”y “hermana”, dados a las realidades subhumanas, para introducirnos en una presencia en el mundo completamente distinta de la marcada por una voluntad de dominio y posesión de las cosas. En esta presencia, las cosas mismas, sin perder un ápice de su utilidad, son objeto de una simpatía deferente y fraternal.

No obstante, este lenguaje extraña, sobre todo si se considera que no se trata en Francisco de una fórmula de estilo, o de una simple manera alegórica de expresarse. Incluso en la vida ordinaria llamaba Francisco “hermano” o “hermana” a todas las criaturas. Y creía expresar así la realidad misma de las cosas.

¿Qué realidad? Este tratamiento de Francisco a las criaturas va ligado a una intuición esencialmente religiosa: la intuición de la paternidad universal de Dios. Se dirá que si Francisco tiene una intuición fundamental, es desde luego ésta. Y se citará en seguida el testimonio de san Buenaventura: “A impulsos de su indecible devoción, percibía la bondad infinita de Dios en cada una de las criaturas como en otros tantos arroyuelos que manan de aquella fuente inagotable”[Leyenda Mayor, IX,1]. Todo esto es muy atinado.

Pero no se olvide que esta intuición teológica de jamás fue en Francisco simple visión intelectual. Se envolvía y arraigaba en una experiencia afectiva y estética muy profunda. Los nombres de “hermano” o “hermana”, que daba a las criaturas materiales, no expresan en sus labios sólo una verdad dogmática; dicen además una verdad psicológica; traducen una verdadera “emoción amorosa”, “una fusión afectiva cósmica”. En una palabra, esta declaración de hermandad es la confesión de una intimidad y hasta cierta consanguineidad vivida, sentida, probada.

Sueño profético de Francisco
"Francisco abrasábase en indecible amor hacia la Madre de Jesús, porque nos había dado por hermano al Señor de la Majestad". (2 Celano, 198)