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Carlos María-R.Cantalamesa.
La cruz como raíz de la perfecta alegría.
Estella (Navarra 2002)
Todo el mundo conoce el Cántico de las criaturas de san Francisco, pero pocos conocen las circunstancias en las que nació. Las fuente franciscanas nos las describen con gran esmero: Francisco se quedó en San Damián durante más de cincuenta días. Como no estaba en condiciones de soportar durante el día la luz natural, ni el resplandor del fuego durante la noche, permanecía siempre en la oscuridad en casa y en la celda. Y no sólo eso, sino que sufría día y noche un dolor tan atroz en los ojos que casi no podía ni reposar ni dormir, y eso mismo aumentaba y empeoraba éstas y otras de sus enfermedades.[...] Una noche, reflexionando Francisco sobre las muchas tribulaciones a las que estaba expuesto, fue movido a piedad hacia sí mismo y dijo en su corazón: “Señor, ven en ayuda de mis enfermedades, a fin de que pueda soportarlas con paciencia”. Fue el Getsemaní de Francisco, y no ha de sorprendernos que también saliera de sus labios aquella oración: “pase de mí este cáliz”. En este punto describen las fuentes una visión en la que se dio al santo la certeza del premio eterno. Francisco quedó tan consolado por ella que, al levantarse por la mañana, dijo a los compañeros:
Bello es el adjetivo que más aparece en el Cántico de Francisco. Bello es “el hermano sol”; bellas y claras son “las estrellas”; bello el “hermano fuego”. Lo más extraordinario es que Francisco descubre la belleza de las criaturas cuando ya no las ve, cuando ya no puede gozar de ellas y hasta la misma luz le produce un sufrimiento inexpresable; cuando está crucificado por dentro y por fuera. Podría hacer suyas las palabras que pronuncia la joven Violaine en La Anunciación a María de Claude (P. Claudel, La Anunciación a María, Madrid 1994); “Ahora que estoy completamente destrozada, se esparce el perfume” Y en este caso es perfume de poesía, además de santidad.
La perfecta alegría
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