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C. María -R. Cantalamesa, La cruz como raíz de la perfecta alegría, Estella (Navarra) 2002, p.134

El don del monte Alverna expresa, en primer lugar, de manera visible y definitiva, una tensión que guió a Francisco de forma constante, a saber: el deseo de seguir a Jesús y configurarse con él, pobre y crucificado.

Las señales de la pasión constituyen en su cuerpo la expresión visible de esa profunda aspiración: Francisco sigue siendo fundamentalmente un pobre, es decir, un hombre que vive de la confianza y se encuentra del todo abandonado a Dios, alguien que no hace cálculos y no busca su seguridad ni en lo que tiene, ni en lo que es, ni en lo que sabe, sino que lo recibe todo del Padre y se confía a él por completo.

Esta actitud interior no está exenta de una lucha y un sentimiento profundos: Francisco llega al monte Alverna llevando dentro de él gran cantidad de dudas, sobre sí mismo, sobre la identidad del camino que va trazando, sobre la orden y sobre las opciones tomadas sobre el futuro y sobre sus responsabilidades al respecto.

Por otra parte, Francisco no se encuentra ya en esta condición de abandono. Sino que vuelve a a ella y la acoge como don de la gracia, esto es, suele confiarse para estar ante Dios y ante él mismo como pobre. Como Jesús, también Francisco se deja guiar por la voluntad del Padre y se ve conducido a la entrega total de sí mismo, es decir, a la experiencia de la cruz: “Padre mío, [...] no sea como yo quiero, sino como quieres Tú” (Mt 26, 39): Éste es el sentido de los estigmas, a saber: hacerse visible en el exterior lo que ha tenido lugar en el corazón, de suerte que pueda decir idealmente con Pablo: Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2.20).

Esta lucha interior asume a menudo en ll existencia creyente, la forma de resistencia: a la debilidad y a la necedad de la cruz oponemos en ocasiones una sabiduría y un poder mundanos motivados por la búsqueda de claridad y eficiencia, siguiendo criterios de oportunidad. Ahora bien, la cruz de Jesús no es, según los criterios humanos, ni oportuna, ni, mucho menos, particularmente eficiente; sin embargo, es eficaz, porque se convierte en el lugar en el que se manifiestan la fuerza y la sabiduría de Dios.

Francisco predica en el merado de Asís.
"La ley de Cristo, que se cumple en el amor, nos obliga a procurar la salvación de las almas más que la del cuerpo" (San Francisco en LM, 8,4)