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Primer encuentro con Francisco de Asís, Cefepal, Chile 1975, p. 48

Sobre el sentido de la impresión de las llagas con que Cristo selló en Francisco su amor por el Crucificado, escribe así el franciscano Damien Vorreux:

Para comprender adecuadamente este acontecimiento e incluso antes de exponer sus circunstancias históricas, es bueno recordar que existe en la mística un fenómeno -interno y a aveces externo- muy conocido de los teólogos, descrito y catalogado bajo el nombre algo vago de “herida de amor místico”[1]; conforme crece el amor de Dios en el hombre, éste comprende cada vez mejor quién es Dios y quién es él mismo; Dios le parece a la vez siempre más deseable y siempre más inaccesible. ¿Cómo realizar una unión cuyo deseo llega a ser tan vehemente y tan doloroso, sino amando a Dios como su propio Hijo lo amó, “apropiándose por amor los sufrimientos de su Hijo”?

Acierta Celano al fechar el primer acto (puramente interior) de la estigmatización en el diálogo con el crucifijo de San Damián: “Desde aquel momento, quedó grabada en su alma la compasión para el Crucificado y los estigmas de la Pasión quedaron profundamente impresos en su corazón antes de que lo estuvieran en su carne” Durante diecisiete años, la cruz de Cristo le sirvió de libro; día y noche repasaba en la mente su misterio”. Vivía en permanente estado de estigmatización.

En el otoño de 1224, Francisco decidió celebrar la cuaresma en honor de san Miguel en el eremitorio de La Verna. Gracias al hermano León, quien lo espiaba, conocemos el texto de las dos oraciones que entonces repetía hasta la saciedad: “¿Quién eres Tú, Señor, y quién soy yo?, y: “¡Señor, concédeme experimentar en cuerpo y alma los sufrimientos de tu Pasión; concédeme sentir en mi corazón el amor que te abrazaba y que te llevó a sufrir tantos dolores por nosotros, pecadores!”

De pronto vio escuchada su súplica: un Crucificado con seis alas resplandecientes apareció en el cielo. Estupor, alegría sobrehumana y compasión desgarradora se mezclaban en el corazón de Francisco... Cuando desapareció la visión, comprobó el extraordinario prodigio:

sus manos y sus pies estaban taladrados por clavos, su costado abierto manaba abundantemente; en cuerpo y alma había llegado a ser semejante a Cristo. Podía decir con san Pablo: “Nosotros que poseemos el Espíritu del Señor y su libertad, podemos con el rostro descubierto reflejar como un espejo la gloria del Señor, ya que somos transformados en su misma imagen más y más resplandeciente por la acción del Señor quien es Espíritu”(2Cor 3, 17-18).


[1] Cf. Citas de san Juan de la Cruz en J. Lebreton, Tu solus sanctus, Etudes de thèologie mystique, Paris 1948. Cita del autor.

Impresión de las llagas.
"La cruz que llevaba grabada en su corazón, a fuerza de contemplación, le rompió un día la piel, floreciéndosela en llagas". (Leyenda de los tres compañeros, 69)