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Tadeo Matura, En oración con Francisco, Oñati (Guipúzcoa, 1995, p. 43)

Hay que amar al prójimo como a sí mismo; más todavía, como hemos sido amados por Jesús con un amor llevado hasta el extremo, hasta el don de la propia vida. Se enuncian las exigencias de semejante amor. En primer lugar, habiendo vivido nosotros mismos la experiencia de lo que significa ser amados por Dios, hay que atraer según nuestras actitudes. Porque no es con discursos como se enseña a los otros lo que es el amor de Dios, sino haciéndoles presentir algo de este amor mediante signos de amor que nosotros realizamos. Se trata de un amor concreto, eficaz:

Muestren con obras el amor que se tienen mutuamente, como dice el apóstol: no amemos de palabra y de boca, sino de obra y de verdad (Jn 3,18;1R 11,6).

La manifestación más fundamental del amor será una empatía profunda: alegrarse del bien de los otros como de algo propio; compartir sus males como si le ocurrieran a uno; en una palabra, ponerse en su lugar siguiendo la regla de oro:

“Y pórtense entre sí como dice el Señor: Todo lo que quisierais que os hicieran los hombres, hacédselo también vosotros mismos a ellos (Mt 7, 12; 1R 4,4).

Profesión de Clara en manos de Francisco
"Enderezando a Ti todas nuestras intenciones, gastando todas las fuerzas del cuerpo y del alma en obsequio de tu amor y no en otra cosa". (San Francisco en 1Cel 22)