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Lázaro Iriarte,
ofm. Vocación franciscana,
Madrid 1971, p. 5 s
El término carisma, empleado expresamente en los textos conciliares, es una expresión acuñada por san Pablo para designar todo el conjunto de las riquezas encerradas en la gracia de elección, don gratuito de Dios e los llamados en Cristo. Tiene siempre un sentido comunitario, puesto al servicio del entero organismo espiritual [...]. Pero aún los más excelentes, sin el don radical y supremo de la caridad, no sirven de nada (1Cor 12-14) La estructura carismática, campo de acción del “Espíritu creador”, es eminentemente dinámica; un modo de obrar más que un modo de ser [...]. El carisma de fundación se manifiesta entonces en los discípulos que se van agrupando en torno al iniciador [...]. En la primera generación de los grandes institutos religiosos hay un claro predominio de la presencia del carisma [...]. Al primer estadio de movimiento carismático, en que el fundador obra fuertemente y los discípulos viven el ideal como un descubrimiento y como una fuerza superior a ellos, sucede una etapa de institucionalización; es el momento de combinar el puro ideal con la realidad de la vida y de la actividad. Una toma de postura necesaria , pero de equilibrio nada fácil[...]. Se refuerzan los lazos colectivos mediante una mayor uniformidad en la observancia. [Frente al peligro de desequilibrios y disolución institucional, san Francisco] tuvo prisa por someter a la aprobación de la Iglesia romana su carisma de fundador: “Dios me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio..., y el Señor papa me lo confirmó” (Testamento).
Basílica de San Francisco de Asís. Piso intermedio
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