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El momento esencial, aquel en que todo el mundo concuerda respecto a fijar el nacimiento de la Orden franciscana, se sitúa en el día en que Francisco oyó leer el pasaje del Evangelio que relata el envío de los Apóstoles a misionar. Desde Tomás de Celano hasta san Buenaventura, todos los biógrafos lo cuentan en términos casi idénticos. Si nadie ha pretendido variar el texto de Celano, es porque debía de expresar exactamente lo que el conjunto de la Orden sabía, o creía saber, de su origen, y porque, probablemente, lo sabía de boca de Francisco mismo.

He aquí el relato de ese momento, tal cual lo transmite Julián de Espira.

“Cuando el bienaventurado Francisco acababa de terminar la reparación de las tres iglesias, de que hemos hablado, vestía todavía un hábito de ermitaño. Andaba con bastón en mano, los pies descalzos y un cinturón de cuero ceñido a los riñones. Un día, durante la celebación de la misa, escuchó las palabras que Cristo había dicho a sus discípulos cuando les envió a predicar, es decir: que no poseyeran oro ni plata, que no llevaran en ruta alforjas ni bolsa, ni bastón, ni pan, que no tuvieran ni sandalias ni dos túnicas. Poco después, habiendo comprendido plenamente estas palabras, gracias al sacerdote mismo, se sintió invadido de un gozo indecible: “esto es exactamente, dice, lo que busco y lo que deseo en el fondo de mi corazón”. Confiando en su sólida memoria lo que acababa de oír, se empeña alegremente en cumplirlo. Se desprende en el acto de cuanto tenía de doble y no usa en adelante ni bastón, ni sandalias, ni alforjas. Se hace una túnica despreciable y grosera, se quita el cinturón de cuero y los sustituye con una cuerda” (Julián de Espira, Vita sancti Francisci, 15-16.)

Este relato no deja, a mi entender, ninguna duda sobre la naturaleza profunda del acontecimiento: se trata de uh descubrimiento, de un velo descorrido, la sensación de haber dado con la fórmula que expresa al mismo tiempo que justifica un proyecto todavía confuso. [...]

¿Pero cuál podía ser ese proyecto interior, todavía mal formado, que ese día quedó “desvelado”? El Evangelio decía: “No llevéis dos túnicas”. Bastaba quitarse una si se llevaban dos; no era necesario hacerse otra “completamente despr4eciable y grosera”. El Evangelio decía: “No tengáis dinero en vuestra escarcela (zona)”. No decía: no tengáis un cinturón de cuero (corrigia) y, menos todavía, sustituidlo por una cuerda (funiculum). Pues bien, qué significaba el cinturón de cuero con que ceñía sus riñones, sino que se situaba, o más exactamente, que le situaba en una categoría social bien determinada? Para todos era un ermitaño, y precisamente subrayándolo comenzó Julián de Espira su relato.

Dejando esta túnica, reemplazándola por una vestimenta ruda cuyos pliegues sujeta con un cabo de cuerda, como lo hacían los campesinos, Francisco muestra su negativa a ser ubicado en una categoría social bien determinada y rodeada de cierta estima: los ermitaños. En una sociedad muy jerarquizada -aunque la promoción de los mercaderes está a punto de revolucionar las clases de esta jerarquía-, en una sociedad donde cada individuo tiene un estatuto preciso, Francisco muestra que quiere hallarse entre los que tienen estatuto alguno. Este es, sin duda, uno de los elementos esenciales de la intuición de Francisco. ¿Se percató de que iba más allá de los mandatos expresos del texto que acababa de escuchar? El posible. Pero lo que pensaba en aquel instante de verdad era la intuición largo tiempo abrigada y cuyo sentido venía a descubrirle el texto del Evangelio.

Interior de la Porciúncula

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