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La ciudad de Zaragoza fue uno de los lugares donde la Orden franciscana abre uno de los primeros conventos y donde Juan de Parente, compañero de san Francisco y su sucesor en el gobierno de la Orden, funda la primera Provincia franciscana en España y celebra su primer Capítulo, en 1226, al que asisten nuestros mártires, Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato. Zaragoza disponía, al momento de la desamortización, los conventos de San Francisco, el Colegio de San Diego, en sus proximidades y con un huerto común con él, y en el arrabal, junto a la orilla izquierda del Ebro, casi a la altura del puente de Tablas, el Convento de Nuestra Señora de Jesús. Convento de San FranciscoLa guerrea contra el francés había dejado maltrechos el Convento e Iglesia de San Francisco en Zaragoza. Hecha la paz, los religiosos proceden a restaurar las graves heridas inferidas en ellos. La pobreza del país, asolado por la guerra, y de la Orden en particular, no permite dar alas obras de recuperación la celeridad que exigía su restauración, con todo, las obras iban muy adelantadas cuando el decreto de desamortización de propiedades eclesiásticas, pone en manos de la Junta de enajenación de bienes convento, iglesia y la huerta de los frailes. Primero fue el ejército quien ocupa sus estancias, concretamente el regimiento de Gerona, a cuyo fin se abaten tabiques y capillas recientemente restauradas. En 1839, ocupaba el edificio la Diputación y la Milicia Nacional y aún reclama el salón del convento la comisión científica, hasta que la Junta Superior de Gobierno adjudica a la Diputación el convento con sus dependencias, el día 19 de noviembre de 1839, en la persona de D. Joaquín Ortiz de Velasco, bien que la Junta de enajenación de bienes retiene los corrales, la “Casa de Jerusalén”, que quedaba aislada, y parte de la huerta de uso común de las comunidades del convento y el Colegio adjunto de San Diego, medianera entre ambos edificios. El intento de convertir en polvorín la “Casa de Jerusalén” ocasionó no pocas diferencias y dilaciones, hasta que se da en establecerlo en Trinitarios. En 1858, se procede a subastar las obras de conversión del convento en Palacio de la Diputación, que se reserva el uso del salón superior, que queda sobre la puerta principal del edificio, “con balcón y dos ventanas” que dan a la plaza, una sala adyacente y “el despacho contiguo”, y en la planta baja, una sala, el gabinete que media entre ella y el salón, y una habitación para el conserje. La Diputación entiende que hay que reservar una parte del edificio como virtual hospedaje de S.M. o miembros de la realeza, no sin establecer el oportuno arriendo a cargo del Gobierno de S.M. A fin de costear las obras de rehabilitación y adaptación del edificio a las nuevas ocupaciones. La Diputación procede entonces a la venta de 13 solares del convento en años sucesivos, con un primer lote de solares que miden 4.479,02 m2 , lo que permite reunir una recaudación de 196.002 Reales de vellón. Se trataba de una manzana que daba, al sur, con la plaza de los Baños, al este, con la calle de Santa Engracia, y al oeste, con la huerta de San Francisco y San Diego. Entre un conjunto de solares, se abrirá la nueva calle denominada Cinco de Marzo. Ocurre dicha venta en 1851. En una segunda venta, en 1855, se subasta un solar de 342,34 m2 situado en el ángulo que forman las calles de Santa Engracia y la plaza de la Constitución. Hay una tercera venta, en 1856, de un solar de 630.16 m2 , limitado por el Palacio provincial, lo anteriores solares de la segunda venta y la calle Cinco de Marzo. Por el convento zaragozano pasaron figuras tan ilustres como fray Diego Murillo, fray Antonio Arbiol y fray Antonio Nassarre, que llenó de religiosa y magistral armonía las altas bóvedas que sus ojos ciegos nunca pudieron ver. Colegio de San DiegoEn junio de 1852, la Junta de enajenación de bienes declara la conveniencia de derruir la Iglesia del Colegio de San Diego, por su estado ruinoso y mal aspecto, previa la venta de los materiales aprovechables que pueda contener, y que daba a la huerta común de ambas comunidades franciscanas, la de San Francisco y la del Colegio. La huerta medía 9.535,72 m2 y se subasta su arriendo por 770 reales, en 1839. La Diputación solicita entonces dicha huerta para construir calles y manzanas de casas que dignifiquen y den más comodidad a la ciudad, de , o que resultará con el tiempo la Calle Cinco de Marzo y los edificios que dan al paseo de la Independencia. La calle Cinco de Marzo se prolongaría hasta la plaza de San Ildefonso. En el Colegio habitó una comunidad algunos de cuyos religiosos ha dejado la noble memoria de su santidad. En él se estudiaba teología y artes. Algunos de los franciscanos más eximios hombres salieron de el para sumarse a las labores misioneras del descubrimiento y hubo quien, con toda probabilidad se educó en él, como fray Pablo Nassarre. ¿Qué fue del órgano que pulsaron sus sabias manos? Convento de Nuestra Señora de JesúsSabemos que la guerra de la Independencia había dejado en muy mal estado el convento, como se deduce de observaciones que se contienen en los Desengaños místicos, del P. Antonio Albiol. Los esfuerzos por devolverle su integridad, desde 1814, no debieron resultar fáciles, por la pobreza del país, desolado y expoliado por las tropas napoleónicas. De muy poco sirvió todo aquel esfuerzo. María del Carmen Sabrón se ocupa de las casas religiosas que como el Convento de Jesús quedaban situadas e n el Arrabal, en la margen exterior del río Ebro y que “constituía un pequeño núcleo situado principalmente entre la calle y camino a Juslibol y la calle Monjas, en la prolongación del Puente de Piedra. Precisamente al este de la calle Monjas se hallaban los centros religiosos del Arrabal: cerca del Puente de Piedra, San Lázaro, Santa Isabel y la parroquia de Altabás; más alejado, casi en la línea del puente de Tablas, el convento franciscano de Jesús”. El convento de Nuestra Señora de Jesús, que todavía da nombre al barrio resultante de su demolición y venta de propiedades, no corrió mejor suerte que el de San Francisco y el Colegio adjunto de San Diego. La Junta de enajenación lo arrendó en 1838 en favor de un primer intento de convertirlo en posada pública, propósito que acabó de cuajar. Se procede entonces, cuatro años después, a subastar convento y dependencias, para lo que, a fin de facilitar su venta, se le divide en cuatro lotes: iglesia hasta el arco toral de la misma; el convento, aljibes y una parte del cementerio; el huerto; y un cuarto lote que comprende el crucero de la iglesia y la parte restante del cementerio, lo que abarcaba un total de 2.840 m2 de superficie el convento en sí, más 1,067 m2 el huerto. Al convento pertenecían otras partidas que aparecen citadas por distintos notarios, como algunas huertas cuya localización ignoramos, bien que una de ellas quedaba junto al huerto contigua al convento, y que fue adjudicado, en 1823, y otro, en 2.365 reales, cantidad que unida a la del anterior, da un total de 17.635 reales. De otras huertas se sabe que disponían de utilidades muy concretas, tales como un pozo de hielo, la enfermería, un huerta tapiada con casa dentro de la misma. Los bienes de la desamortización no lograron reponer del todo las arcas públicas como se pretendió de atropellada manera ni llenaron otras expectativas puestas el capital que debían devengar. La venta a quienes disponían de capital enriquece como es fácil de comprender a la aristocracia y burguesía, pero no eleva en lo más mínimo el nivel social del pueblo llano. Tampoco se logró el objetivo soñado de que en lo sucesivo, el cultivo de la tierra favorecería a los campesinos, ya que no pudieron acceder a su propiedad. Pero sobre todo, se perdió una riqueza patrimonial incalculable, con la dispersión de archivos y bibliotecas, destrucción lamentable de un legado arquitectónico irreparable, y el trasiego desordenado de nuestra riqueza pictórica y escultórica, puesta a veces en manos extranjeras. Los religiosos, dispersos, optan por incardinarse al clero diocesano y los más se agrupan en expediciones destinadas a tierras de misión como América, Filipinas, China, junto a los que prefieren establecerse en Tierra Santa o en Roma. María del Carmen Sabrón, a quien en muy buena parte hemos seguido en este artículo, destaca en su obra Impacto de la desamortización de Mendizábal en el paisaje urbano de Zaragoza, la oportunidad a que dio lugar la enajenación de bienes para logros positivos como “la remodelación y transformación del paisaje urbano de las ciudades, por darse en ellas una mayor concentración de edificios religiosos, tales como conventos y sus respectivas huertas.” Y propone como ejemplo señero el que da lugar en Zaragoza a una de sus calles más espléndidas, “con la adquisición de los solares a ambos lados del paseo de al Independencia, que habían pertenecido a los conventos de San Francisco y San Diego y al Hospital de Nuestra Señora de Gracia, respectivamente”. La Provincia franciscana de Aragón no volvería a recuperarse ya nunca de aquel desastre, y en su día pasaría a depender y formar parte de la de Valencia. Sólo uno de sus conventos, el de San Francisco de Teruel, volvería a abrir su puertas a nuevos moradores conventuales, convenientemente recuperado de sus ruinas. FAM (Vide María del Carmen Sobrón Elguea, Impacto de la desamortización de Mendizábal en el paisaje urbano de Zaragoza, Zaragoza, 2004) |