18763

Fray Maseo fue un hermano laico a quien Teruel debe la construcción del actual Convento de San Francisco, erróneamente atribuido a D. Antonio Munguió, arquitecto oficial del Illmo. Ayuntamiento de Teruel. De que él fuera quien dirige las obras de demolición del antiguo y ruinoso convento para dejar en condiciones de nueva edificación el solar resultante, no se sigue que fuera él quien dirigiera las obras del actual convento, como se ha sugerido.

Fray Maseo es un arquitecto especializado en obras de destino conventual y religioso, al punto que declinó obras de otro cariz que no respondían a su vocación de dignificar el culto o la vida conventual.

Trazar un índice de todas su obras, según la evolución de sus realizaciones, cada vez más ligeras y depuradas, desde un propósito religiosos de interpretar las aspiraciones espirituales más delicadas de la devoción para con el diálogo íntimo con Dios, es una tarea que requiere meticulosidad y un estudio técnico muy singular que rebasa nuestro propósito. Bástenos con enumerar algunas de sus obras, en un momento en que la Provincia franciscana de Valencia, de vuelta del exilio exclautrador, hubo de reconstruir iglesias, conventos y colegios.

Fray Maseo se inicia como religioso franciscano, en el Convento de Santo Espíritu del Monte, donde realiza las pruebas del noviciado, el año 1888, cuando se cumplían los diez años de la restauración provincial. Allí mismo diseña y dirige la dignísima construcción de la ermita del huerto, llamada de los novicios, dedicada a la Virgen, “ejemplar gótico florido de buen gusto que dirigió con seguridad y acierto”. Es como sus credenciales que le abren el camino para colaborar y dar nuevo impulso a las obras del convento de Onteniente, ya en construcción, que consigue modificar para mejorar su hechura. Se hace cargo entonces de edificar el nuevo convento de Pego e inmediatamente el de Segorbe. La fama de su competencia se extiende por toda la provincia, de modo que solicitan sus servicios religiosos de otros institutos y párrocos diocesanos.

En su producción arquitectónica se advierte su preferencia por el estilo gótico, como el más apropiado para la expresión piadosa del culto, frente a otros órdenes que carecen de significación por sí mismos. En su evolución, se nota una evidente propensión a dotar a la estructura de sus obras de una mayor austeridad que sugiera la levedad del vuelo de la oración y la mente a Dios. Beniganim (el asilo), Barcelona (ábside de San Antonio), como exponente de la depuración que va imprimiendo al gótico , Villena (colegio y capilla de los salesianos), Altea (capilla de San Justo), el Grao de Valencia (colegio y capilla de las Hermanas Terciarias y parroquias como las de Beniarrés, Alquería de la Condesa, Benialí, y conventos franciscanos como los de Lérida y Teruel, son algunos los edificios donde ha dejado la impronta de su buen hacer.


En el Convento de San Francisco de Teruel procuró armonizar el estilo gótico de la iglesia adjunta con la seriedad austera del ladrillo de que se surte el arte mudéjar representativo de la localidad. Es un edificio neogótico, próximo al arte modernista del momento. En su interior las estancias y habitaciones de los religiosos reproducen el plano común de todos los conventos franciscanos: un claustro interior al que dan las dichas estancias. En el ángulo izquierdo, una amplia escalera que da al claustro superior, y en el ángulo opuesto, otra más humilde que comunica dicho claustro con la sacristía y la iglesia. En la planta baja quedan situados cocina y refectorio, de una lado y recibidores, en la parte anterior. En el claustro superior, las habitaciones de los religiosos.

Las obras no estuvieron exentas de alguna incidencia. En ausencia del fraile arquitecto, uno de los arcos de las bóvedas del claustro inferior, por la inexperiencia de los albañiles en tan delicado quehacer, se viene abajo. Hubo que rehacer la obra y reforzar  algún que otro arco, lo que explica la desigualdad del piso superior, en el extremo del ala derecha del claustro.

Ignoramos qué fue de la antigua sala y cuál su localización, donde, en su día, se recuperó de sus achaques, el rey Jaime I, agotado y enfermo, de regreso de la conquista de Murcia, de paso por Teruel. Los religiosos, complacidos,  dejaron constancia de aquel episodio haciendo pintar minuciosamente todo el proceso de su restauración, en las paredes de la habitación, con instantes sucesivos en que el febril monarca, según propia confesión, recibe una visión de San Luis, quien, sobre los remedios prestados por la piadosa botica conventual, acaba por propiciar una cura completa a tan noble paciente. El monarca, agradecido, fundaría una capilla donde diariamente se celebraran misas en agradecimiento a San Luis., rey de Francia que hacía tres años había sido canonizado y a quien el rey profesaba profunda devoción.

AM