18747

La guerra de la independencia peruana arrastra tras de sí el cierre del Colegio de Ocopa, situado en la inmediaciones del río Marañón, donde venían formándose los misioneros llegados de España para ejercer su cometido con eficacia y feliz adaptación al medio y costumbres del país. Ocurre este hecho de la apertura del Colegio el día 23 de noviembre de 1824. Serenadas las aguas de la revuelta independentista, regresan de nuevo los primeros misioneros en 1838, justo el año de la exclaustración española que dicta Mendizábal. La dispersión de religiosos por sus casas, favoreció el movimiento posterior de hallar un nuevo campo de cultivo, emigrando a países de misión, como Filipinas, China o la selva peruana.

Es éste un período no falto de obstáculos que entorpecen no poco la labor misionera. Cambian las condiciones de trabajo, ahora sin el respaldo de la corona española, que a veces se agravan hasta sufrir persecución los religiosos por el hecho de ser españoles. No deja de ser, con todo, un período esplendoroso por las inestimable labor desarrollada y el número de religiosos que afluyen, hasta alcanzar unos 205 religiosos, de muy diversa procedencia, catalanes, cántabros, aragoneses y algún que otro italiano

Entre ellos figura un inestimable número de franciscanos aragoneses, como fray Baltasar, de Gelves, fray Gaspar García, hermano laico, fray Melchor Vera, natural de Ágreda, en Castilla, fray Francisco Jasá, del mismo Teruel, etc., entre los que descuella por su empuje emprendedor el inconmensurable fray Vicente Calvo.

Fray Francisco Jasá

Nace en Calaceite, Teruel. Toma el hábito en el Convento de San Francisco de Calatayud, el día 17 de septiembre de 1828. Estudia filosofía en Alcañiz y en Zaragoza durante año y medio, porque la exclaustración le obliga a recluirse en su casa con sus padres. Mantiene, no obstante, viva y perseverante su vocación, de modo que cuando fray Andrés Herrero recluta voluntarios para emigrar a las misiones peruanas, se suma al grupo de esa primera expedición que abriría de nuevo las puertas del Colegio de Ocopa, donde, con el tiempo, él mismo enseña filosofía y teología a los jóvenes aspirantes.

Sus dotes de gobierno quedan reflejados en los cargos que se le encomienda la obediencia, como discreto o consejero del convento y sucesivamente vicario, lector o maestro de filosofía y escritor del Colegio. Muere a muy temprana edad, el 5 de mayo de 1862, templado por Dios con una dolorosa enfermedad, en la que dio pruebas de su virtuosa paciencia y conformidad con la voluntad divina.            

Fray Melchor Vera

Nacido en la castellana ciudad de Ágreda, toma el hábito en Zaragoza, y estudia durante dos años filosofía en Cariñena, hasta que la exclaustración interrumpe sus estudios. Fiel a su vocación, elige entonces el camino del mar, siguiendo el ejemplo de otros religiosos exclaustrados y se integra en las misiones de Perú. Completa en el Colegio de Ocopa su formación y recibidas las órdenes pertinentes, se dedica a trabajos propios de la evangelización en la selva y las predicación cuaresmal. Desde Ocopa,  le encomiendan la fundación, en 1860, del Colegio de Cuzco, ejerciendo en él como presidente in capite. Moría un año después, tras larga y trabajosa enfermedad, si bien en el necrologio provincial señala como fecha de su óbito el día  4 de junio de 1868.

Fray Enrique Antonio Portolés

Se sabe que había entrado como donado o aspirante a vestir el hábito de la Orden, como simple y humilde hermano laico, en Alcañiz. Es fácil colegir que es víctima igualmente de la exclaustración, porque profesa en el Colegio de Ocopa el día 17 de agosto de 1854. Un año después entraba, en compañía del fray Vicente Calvo, en la montaña de Sarayacu. Es el comienzo difícil de su colaboración misionera, pero ahí se pierden las huellas de su apostolado, que imaginamos largo y fructífero.

Fray Pablo Bastarrás

Natural del Gelsa, aparece en las misiones del Perú ejerciendo el noble oficio de predicador de la fe y enseñanza del catecismo, en las misiones de Huancayo, Jauja, etc. Es, por tanto, uno de los religiosos que ve truncada su vida retirada en algún convento aragonés, por imperio de la arbitrariedad de Mendizábal.

Ocupó los cargos de discreto de convento el año 1846, en sendas ocasiones, y posteriormente de vicario en 1849. Y finalmente recae en él la elección de Comisario Colectador, por renuncia de Fray Pedro Boronat y  por encargo del venerable Discretorio, ese mismo año. Se traslada para tomar las riendas de su cargo al nuevo Colegio de los Descalzos, donde entregará su alma a Dios el 19 de marzo de 1854, herido de muerte por el látigo letal de la fiebre amarilla

Fray Jesús del Pilar Hernández

Natural de Mallén, apenas cumplidos los 13 años, llega en la expedición que comanda el P. González, como simple aspirante, al Colegio de Ocopa, cerrados los centros de estudios en la Provincia aragonesa desde 1835. Hace allí el noviciado, profesa e inicia los estudios eclesiásticos de filosofía y teología. Ordenado sacerdote en Huánuco, 14 de septiembre de 1876, de manos de Monseñor Teodoro del Valle, se entrega de lleno al ministerio sacerdotal confesando, predicando, a lo largo de 15 años.

Durante ese período de tiempo ejerce durante seis años como Prefecto de Misiones, desde 1891, lector de teología, maestro de novicios, profesor de quechua, la lengua nativa de los indios, bibliotecario y escritor o cronista del Colegio. 

El uso correcto de lenguas nativas como el quechua, el amuesha y el campa, le facilitó comunicarse con más cercanía con los indígenas, entre quienes adquirió notoriedad por tierras de Huánuco, Huancavelica y Ayacucho.

Da por concluidos sus días en las manos del Padre, el día 7 de enero de 1931, en el mismo convento donde había sido ordenado sacerdote, en Huánuco, a los 78 años de edad.

Fray José de la Cruz Fontova

Nace en Caspe el 11 de abril de 1875. Cerrados los conventos de Aragón, mientras otras provincias rehacen su antigua organización religiosa, inicia su vocación franciscana en la Provincia de Cantabria, donde hace el noviciado y profesa solemnemente, antes de integrarse en el Colegio de Ocopa, el año 1903, afiliado a la Provincia peruana, y se ordena de sacerdote ocho meses después. Todo lo hizo como con prisas. Su estancia en las misiones  es más bien breve, ya que solicita regresar a su Provincia dos años después.

Fray Vicente Calvo

Lugar aparte requiere la memoria de fray Vicente Calvo. La biografía de fray Vicente requiere muchas más páginas de las que caben en nuestro propósito de ofrecer este pequeño conjunto de reseñas misioneras. Abreviando mucho, podemos decir de él que fue un intrépido explorador y misionero de inmenso pulmón, que cuenta sus día por empresas.

Ve la luz primera de sus días en tierras aragonesas de Tarazona, en la villa Saviñán. Por las fechas de su estancia en la selva peruana, es fácil colegir que fue también el ahínco depredador de Mendizábal quien le encamina a tan lejanas tierras. En Perú, se acreditó como predicador cuaresmal en el obispado de Lima y ocupó cargos como vicario en 1848 y por tres veces Prefecto de misiones. Se incorpora a los Descalzos en 1868, en Lima, y rendido por la enfermedad, se inclina en las manos del Señor a quien había servido sin reservas, en Ica,  el día 21 de mayo de 1873.

Cuantos han escrito sobre él se admiran ante la magnitud de las empresas que emprendió de modo que sus expediciones obtuvieron enorme resonancia en toda la República Peruana, ya que con ellas “abrió la época de las exploraciones modernas en la selva del Perú”, donde siguió con denuedo, una y otra vez, el curso ignoto de los ríos del oriente peruano dando a conocer un mundo hasta entonces desconocido por el hombre.

Cabe recordar su expedición al los ríos Pachicha y Mairo (1855), acompañado por  el gobernador D. Antonio Iriarte, con sus dos ayudantes,  y fray Felipe Martínez, para lo que disponían de ocho canoas, una lancha y cincuenta hombres armados. La exploración choca muy pronto con la hostilidad de los indios cunibos y los feroces cashibois. Fray Vicente logra pacificar a unos y contacta sin mayor dificultad con los otros. Ocho días después, llegaban a Sarayacu.

En una segunda expedición, parte de Sarayacu para alcanzar Huánuco y regresa por el río Maino, en 1858. El objetivo era descubrir el antiguo sendero de Pozuzo, que no consigue alcanzar después de varios intentos navegando por el río Mairo primero y por el Pozuzo después. Inesperadamente le sorprende la época de las lluvias. Desbordados los ríos, la fragosidad de las aguas acrece intensificando la peligrosidad de los turbiones, y ocurre que desde la desembocadura del río Pozuzo en el Palcazu, se precipitan tumultuosamente por estrechos montañosos que hacen fluctuar las canos. Aún así, fray Vicente, acompañado por fray Felipe y cuatro hombres, atraviesa el río Huallaga, pasa a Chasuta, hasta alcanzar Tingo María. Prosigue desde ahí la travesía hasta Huánuco, donde descansa 10 días. Dirige luego la exploración por Panao, Challa, donde se le agregan cuatro exploradores, y Muña.  Pasan por Pozuzo, y “sorteando el río Huancabamba, llegan al río Mairo sanos y salvos”.

Hay una cuarta expedición con que se abre una senda entre los ríos Mairo y Pozuzo y, hasta alcanzar Ocopa por Huánuco y el Cerro de Pasco; una quinta expedición que persigue explorar los ríos Tamaya y Cayaría; y una sexta en 1860, en la que zozobraron y se salvan in extremis por la gracia de Dios.

La expedición de 1866 cuenta con medios técnicos como la navegación a vapor por los ríos Ucayali, afluente del Amazonas, Pachitea y Palcazu, hasta llegar al Mairo. No será la última, y en todas, la experiencia y la intrepidez de fray Vicente es un aval de éxito seguro.

Tan ahincada actividad haría pensar que dio de lado a sus obligaciones misioneras, obsesionado con adentrarse por lugares desconocidos. Muy al contrario, su dedicación al ministerio sacerdotal hace de él el evangelizador “de los cunibos, de los cashibos, protector de los remos y amahuacas, y se acredita como hábil pacificados de nativos, que recibían a exploradores y misioneros con hostil y lógica prevención. 

Un determinado número de poblados son igualmente obra paciente de fray Vicente, como los de Pacha y Challaria.

FAM

(Vide Enrique Oltra- Valentín Martínez, Aragón en América, Valencia, 2000)