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El número de religiosos franciscanos que, desde el descubrimiento de América, se entregan a labores de dar a conocer la fe de Cristo a los indígenas americanos, es sobresaliente. Luis Rubio cifra en 1.115 el número de religiosos en general y en 289 el de clérigos. De ellos, Aragón destinó 30 religiosos y tres clérigos a la empresa de recuperar América para Cristo y la cultura. (Vide “Pasajes a Indias, citado por Enrique Oltra-Valentín Martínez, en Aragón en América Valencia 2000, a quien seguimos en este trabajo).

Conviene recordar que desde 1233, fecha en que, dado el número creciente de religiosos, la Orden determina delimitar en unidades menores el territorio de los reinos  de la España cristiana, distribuye en diferentes demarcaciones a sus religiosos, para su mejor gobierno. De esta división resultan tres Provincias franciscanas distintas, independientes entre sí, Castilla, Santiago y Aragón. La demarcación aragonesa comprende tres custodias, Cataluña, Valencia y Mallorca, denominadas custodias. En 1400, se les añaden las vicarías de Có0rcega y Cerdeña.

La prosperidad vocacional de estas Provincias queda seriamente dañada por graves acontecimientos como la peste negra, que arruina las tierras y conventos aragoneses, al punto de cerrarse algún convento que otro, a lo que se suma el Cisma de Avignon, que desestabiliza la Iglesia, y el odio devastador de las guerras. La relajación en la observancia de la Regla de Francisco de Asís, hace pensar en la vuelta a la observancia, difícil empresa no falta de contrariedades y dilaciones, que afrontan y logran llevar a término con denodado empuje los religiosos Ricardo Sanz, Sancho de Fababux y Antonio Monrós.

En 1357, la Provincia de Aragón opta por dividir a su vez su extenso territorio, convirtiendo sus custodias en Provincias. Un dato que avala el florecimiento de Aragón es que en 1680, poseía 27 residencias y 671 religiosos. Hubo algún convento, como el de San Francisco de Zaragoza, que llegó a albergar a 67 religiosos.

Al momento de contribuir a las misiones americanas, no es Aragón la que aporte un número sensible de religiosos a las misiones, toda vez que sus franciscanos venían misionando países del oriente europeo, desde Bosnia y Croacia, donde la Orden arraigaría de muy notable manera. Es ya en el siglo XVII cuando cobran relieve las expediciones de frailes a América.

Con todo, en el siglo XVI, destacan religiosos de la talla de Francisco de Aragón, Juan Monzón, Juan de Perpiñán y X el Segorbino, que escondió su nombre en el anonimato.

Fray Francisco de Aragón

A fray Francisco le encomienda el Ministro General de la Orden encabezar una expedición a Perú, exento de toda sujeción y dependencia, a fin de que prelado alguno se interfiera en su proyecto evangelizador, lo que ha hecho pensar que fue él el primer Custodio de la demarcación de Lima.

La expedición contaba con 19 candidatos, que parte de San Lucas de Barrameda, el año 1534 o 33. No sólo se dedica allí a catequizar mediante la predicación y la enseñanza a los nativos, sino que ha de intervenir para pacificar en alguna ocasión a las distintas facciones de aquellos ariscos soldados españoles, enzarzados en luchas fratricidas, “por el reparto de estas ruinas”, dice él.
           
Fray Juan Monzón

Figura en la expedición de fray Francisco de Aragón y se le considera uno de los que trabajaron con más ahínco y dedicación en la conversión a la fe de los nativos del Perú, para lo que hubo de recorrer extensos y peligrosos territorios.

Se acreditó entre quienes le trataron como por su extrema pobreza y austeridad de vida. Se ignora la fecha y lugar de su muerte.

Fray Juan de Perpiñán

A este santo varón le han dedicado lo mejor de sus crónicas algunos de los historiadores de Indias, como Jerónimo Mendieta. Recuerdan de él de manera destacada el celo que puso siempre en conducir por los caminos de la salvación a los indígenas mejicanos, entre quienes desarrolló una inmejorable labor y a quienes se dio con constante entrega y cristiano amor, razón que explica el afecto que le tributaron. Desde un principio se estableció en la Provincia mejicana del Santo Evangelio, de la que se le considera miembro fundador. A su muerte, en Méjico, la concurrencia fue tal, que la gente, el templo a rebosar, hubo de r4esignarse a seguir los oficios ocupando la plaza anterior de la Iglesia de San Francisco, donde descansan sus restos mortales, desde aquellos lejanos días de la conquista (Vide Historia Eclesiástica Indiana, citado por Enrique Oltra, o.c.).

Daremos cuenta de otros religiosos que se curten en las misiones de los Colegios de Propaganda Fide, sobre todo en el de Ocopa, en Perú, que centraliza las misiones del  cono sur.