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18733 |
Fray Jaime Sala es el primer guardián -que es como llaman los religiosos franciscanos al superior de una casa-, de la comunidad del Convento de San Francisco, en los días de la recuperación y restauración del mismo. Las autoridades provinciales eligieron con tiento a quien brillaba ya con el doble distintivo de la santidad y la sabiduría. Desde su juventud, se impuso emular a los mismos compañeros de san Francisco, tras el olor a sencillez y bondad que se respira al hojear la Vida del santo fundador que escribiera Celano, aquilatando así su alma con el conocimiento y vivencia de la verdad de Cristo, de modo que se llegó a decir de él que reproducía con extremado parecido el candor con que nos seducen “aquellos varones de Rivotorto y las Florecillas”. Desde su es formación teológica, cifró en la presencia eucarística de Cristo, lo mejor de su amor al Hijo de Dios, por lo que acudía a menudo “al Sagrario, para adorarle y renovar su fervor”. El amor a la Virgen María ocupaba igualmente un lugar preferente en su corazón y aún le quedaba espacio para estimar en mucho el misterio de la encarnación de Cristo en el seno de María y su nacimiento, hecho igual a nosotros. Razón de más para que se le encomendara la labor de formar en la vivencia del evangelio de Cristo, como maestro de novicios, a los jóvenes que accedían a probar su vocación entre nosotros. Apreciaba por todo eso en su justa medida el rezo de las horas y la práctica asidua de la oración. En armonía con su formación religiosa, dedicó a otros estudios buena parte de sus afanes, para lo que cultivó el buen uso del lenguaje y la lectura de los autores clásicos franciscanos, de quienes editó lo mejor de su producción, como una suma poética del eximio aragonés fray Diego Murillo, cuya introducción corre a cargo de fray Antonio Navarro, en Valencia, 1906, además de su Escala Espiritual e Instrucción para enseñar la virtud a los principiantes, opúsculos de san Pascual Bailón, El arte de servir a Dios, de fray Alonso de Madrid, alguna de las obras de fray Juan de los Ángeles, como el Manual de la vida perfecta, y todavía durante su estancia en Teruel como guardián, en 1903, traduce las obras de nuestro Padre san Francisco.“Fue la lectura de la obras de Marcelino Menéndez Pelayo, dice Miguel Ángel Lavilla, lo que marcó intelectual y vitalmente a Jaime Sala, que en 1892 ya había leído La historia de las ideas estéticas, La ciencia española, y el Discurso de ingreso en la Real Academia Española del ilustre erudito español, según el testimonio del propio Sala” (Fray Jaime Sala, Un precursor del Franciscanismo español, Archivo Ibero-Americano LXII (2003). No es de extrañar que, dada su creciente cultura y amor a la Orden cuya forma de vida profesaba, le fuera encomendado el oficio de cronista oficial de la Provincia, y que en sus andanzas por bibliotecas, como investigador de nuestro pasado literario, mantuviera trato y correspondencia con los hombres más cultos del momento, como Menéndez Pelayo, Rodríguez Marín, Miguel Mir, Conrado Muñoz y Paul Sabatier. No menos interés suscitó en él el cultivo de la música sagrada, en cuyo arte se acreditó como organista, para lo que asistió a las clases del pianista y compositor turolense fray Joaquín Abad. Lector de Teología, vertió su saber en la predicación de la palabra divina, como parte importante de su esfuerzo evangelizador, tras la estela de fray Vicente Molins, reconocido predicador de misiones populares. Quienes le conocieron, recuerdan de él la profundidad de su entrega a Dios reflejada en sus sermones, por aquello de nadie da lo que no tiene, como son las cuaresmas predicadas por él en la Catedral del mismo Teruel, año 1904, Jávea, años 1905 y 1906, o en Sagunto, año 1913, así como tandas de ejercicios espirituales en varios de nuestros conventos, como Benisa o la parroquia de Manzanera, por citar algún lugar concreto. Su discreción, competencia y forma de vida observante, le merecieron integrar el gobierno del conjunto de nuestras casas como Definidor Interprovincial, en Madrid, y antes, regir, como guardián, algunos de los conventos de la Provincia, incluido el nuestro de Teruel. Destinado a Benisa (Alicante), donde aún firma la Introducción e Instrucción de Fray Diego Murillo, se traslada a Pego (Alicante), convento donde mora hasta el día 20 de junio de 1906, y nombrado Definidor General, al de San Fermín de los Navarros, en Madrid, “acontecimiento que, según hace observar fray Miguel Ángel Lavilla, influirá de manera particular en su vida y sobre todo en su trayectoria intelectual” (o.c.). En Madrid le sorprenderá la muerte, a la temprana edad de 43 años, en 1914, cuando aún le quedaba mucho por decir y hacer. Había nacido en Cocentaina (Alicante), el día 24 de mayo de 1871. (Vide Acción Antoniana, 1929 y Un Precursor del Franciscanismo Español, Archivo-Ibero-Americano, 2003). Fr. A. M. |