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Es fácil colegir, por todo lo que queda dicho en estos artículos y documentación, que la familia Fernández de Heredia mantuvo siempre estrechos lazos con los franciscanos de Aragón. La muestra más evidente es la construcción de la Iglesia de San Francisco en Teruel, pero no lo es menos la donación posterior del castillo señorial de Mora a los religiosos de san Francisco.

La protección a los religiosos de tan eximia familia, manifiesta en ambos conventos turolenses, es lazo de unión de la historia de ambas comunidades religiosas, entre otros hechos, como la construcción de uno y otro edificio por los mismos arquitectos y canteros.

La noble familia de los Fernández de Heredia hacen donación de su castillo de Mora a los religiosos franciscanos, el año 1614, quienes, para establecerse en él de manera conveniente, edifican una iglesia en el ala norte, de modo que el castillo pasa a ser el Convento de San Francisco de Mora.

Uno se pregunta cómo aquella mole imponente de estirpe palaciega pudo ser convertida de la noche a la mañana en convento franciscano, a lo que de alguna manera responde Antonio Almagro al reconocer que “la propia estructura de nuestro castillo-palacio no dista mucho de la de un monasterio, y su adaptación a la de su nuevo uso no debió precisar muchas transformaciones. Así, pues, no es aventurado suponer que durante todo el siglo XVII el castillo se mantuviera casi intacto e incluso continuaran los mismos usos de sus distintas partes (capilla, cocina, comedor, etc.).”

Es de lamentar que sucesivos incendios dieran al traste con su rico archivo y su biblioteca, de la poco puede decirse, por desconocerse sus contenidos. El primero tiene ya lugar por los años de 1700, durante la estancia conventual de los religiosos en el castillo. Dado que era la madera uno de los elementos principales de la estructura del edificio, el incendio no pudo ser más pavoroso, al punto de destruir gran parte del convento. Antonio Almagro, partiendo de las reformas que los franciscanos realizar luego para recuperar la habitabilidad del convento, entiende que el incendio se cebó principalmente en las alas NO. y NE., sin excluir parte del ala situada al SO. Se salva del incendio gran parte de la zona sur, que mantuvo la hechura primigenia de sus dos pisos. Y aventura que cabe que el incendio destruyera asimismo la gran escalera principal, si bien no es fácil discernir qué partes del edificio, en concreto, fueron pasto de las llamas de tal incendio o del ocurrido posteriormente durante las guerras carlistas.

En todo caso, desaparece la parte superior de la torre norte, "de la capilla y del paramento de cantería”. El arquitecto estima que el estado de deterioro en que quedaron, aconsejó su demolición preventiva o incluso el uso de sus materiales para la reconstrucción posterior, lo que, en todo caso, afectó a la configuración original del edificio.

Sección longitudinal de la iglesia (según Antonio Almagro)

1. Antonio Almagro ha dejado una descripción detallada de la iglesia franciscana. “Se trata, sin duda, dice él, de la única obra que revestía una cierta calidad arquitectónica de todas las realizadas por los franciscanos. De ella ofrecemos una reconstrucción gráfica basada en los restos que llegaron hasta nosotros.

Ocupando la totalidad de la estructura superior del ala NO., que originalmente había albergado las dos plantas principales más una buhardilla, los franciscanos construyeron una gran iglesia de una sola nave y con seis tramos de bóveda. Es de suponer que aprovechando esta zona por ser la crujía más ancha del castillo y porque debió quedar destruida en el incendio.

Sección transversal de la iglesia (según Antonio Almagro)

La iglesia así construida tenía 32,40 metros de largo por 8,70 metros de ancho y 12 metros de alto. Se cubría con una bóveda de medio cañón, con arcos fajones y lunetos, laterales, construidos con la técnica de bóvedas tabicadas con ladrillo y yeso. A los pies de la iglesia, y ocupando el primer tramo de la bóveda, había al parecer un coro alto. En tres de los tramos y a ambos lados, se abrieron, horadándolos en los muros antiguos, nichos de planta rectangular y de escasa profundidad. Sólo en el nicho central y hacia el norte se perforó, aprovechando el antiguo hueco de una ventana, una capilla, ocupando todo el espesor del muro exterior. Partiendo de esta capilla una escalerilla conducía a un púlpito elevado, colocado en una de las pilastras laterales de la iglesia.

Toda la ornamentación de la iglesia se reducía a pilastras muy sencillas con doble saliente, adosadas a los muros antiguos, y con una doble cornisa que recorre todas las paredes. No hay capiteles ni ningún otro elemento ornamental. Sólo en los paños laterales del tramo correspondiente al presbiterio, había dos grandes cercos ricamente ornamentados, hechos de yeso y que seguramente bordeaban dos cuadros.

Para la reconstrucción de esta iglesia fueron tapiados todos los huecos antiguos en ambas plantas, pues no coincidían con la nueva modulación establecida. Por ello, fueron abiertos carios huecos, uno por tramo de bóveda, dentro de los tímpanos de los arcos laterales del lado n. Sin embrago, en el segundo tramo, el siguiente al coro alto, en lugar de vce ntanas había un gran hueco, seguramente para colocar un órgano. A él se debía llegar por un corredor que se dejó en el espacio correspondiente a toda la parte exterior del muro NO., que fue arrancada para aprovechar la piedra. Este corredor estaba cubierto por un tejadillo y daba acceso también al coro alto. El paso a él se hacía desde la escalera construida en el ángulo N.

La entrada principal a la iglesia se debía realizar desde la antigua capilla del castillo, aunque para ello era preciso salvar el desnivel existente entre ambas. Por desgracia, de esta parte no ha quedado nada, por haberse hundido, al parecer a comienzos de este siglo, toda la parte del ángulo oeste del castillo.

2. La escalera del ángulo N. En el muro que cerraba la cabecera de la iglesia se abrían a ambos lados dos puertas que daban paso a lo que primitivamente era la habitación irregular del ángulo N. Esta habitación fue subdividida en dos por un muerete. En la parte más al N. quedó una paso desde una de las puertas antes mencionadas hasta la torre Norte convertida en sacristía. En la otra parte, regularizada macizando uno de los ángulos agudos, se alojó una escalera en cuadro que subía en tramos rectos adosados a los muros y con el hueco cuadrado central. Esta escalera, que en la planta baja arrancaba en una habitación algo irregular, se regularizaba en la planta superior, alojándose en planta cuadrada. Empleaba cinco tramos de seis peldaños para alcanzar la planta superior, justo por el ángulo N. de la galería del patio.

Del tercer descansillo, arrancaba otra escalera de menor anchura y que, con dos tramos, alcanzaba la primitiva puerta de subida a la torre N. Esta subida había sido rota, conduciendo entonces por un paso horizontal al corredor cubierto por el que se llegaba al coro y que antes hemos descrito.

Las numerosas transformaciones que posteriormente ha sufrido el castillo, no nos permiten saber si la chimenea y las ventanas siguieron utilizándose, pues llegaron a nosotros tapiadas.

3. La entreplanta del patio. Otra obra igualmente atribuida a los franciscanos es el tapiado de toda la arquería baja del patio, para construir una entreplanta dentro de la arquería aprovechando la gran altura de la planta baja del castillo. Atribuimos esta obra a los franciscanos, basados en el hecho de que la escalera, construida en el ángulo sur, atribuible, sin duda alguna a ellos, da acceso a esa entreplanta. Esta obra, que desfiguró totalmente el patio, es comprensible teniendo en cuenta la dureza del clima de Mora por lo que con esto se conseguía una más cómoda comunicación en el edificio. En el centro de cada arcada primitiva se abrió una ventana o puerta, según las conveniencias, mientras la entreplanta se iluminaba con ventanas abiertas en las enjutas de los arcos, operación que debilitó enormemente la estructura de las arquerías.

4. La escalera del ángulo sur. Ocupando el ángulo sur del patio, los frailes de San Francisco construyeron un cuerpo de planta interior cuadrada u con recrecimiento para regularizar el ángulo. En su interior alojaron una escalera de buena amplitud y traza regular que, arrancando del interior de l arquería de la planta baja, comunicaba con la entreplanta y la planta superior. Se iluminaba con ventanas de jambas y arquitrabes de cantería y su interior se remataba en un cielo raso plano con una simple moldura. Exteriormente se cubría con un tejado a dos aguas, acabado en un alero típico del siglo XVIII, hecho con tejas y ladrillos.

Aparte de estas obras de mayor magnitud que acabamos de describir, los franciscanos debieron de realizar otras muchas obras de orden menor, como construcción de cielos rasos, tapiados de ventanas originales y apertura de otras nuevas, construcción de tabiques, etc., pero cuya atribución es siempre dudosa, pues el castillo siguió sufriendo transformaciones y destrucciones posteriormente.

No entramos en la descripción en estas obras menores por considerarlas de valor nulo y meramente anecdótico. Su mejor descripción puede encontrarse en los planos y fotos del estado en que encontramos el castillo, hechos en el invierno de 1972.

Vide Antonio Almagro Gorbea, El castillo de Mora de Rubielos, solar de los Fernández de Heredia, Instituto de Estudios Turolenses, Madrid 974, pp. 58-62.