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22008 |
La sociedad medieval se constituye sobre la notoriedad que dan las dignidades y privilegios, de ahí el término latino notábilis, que derivará en el castellano noble. La diferencia en el grado de notoriedad o nobleza crea estamentos sucesivos, desde el rey en la cúspide de la pirámide nobiliaria hasta el simple vasallo que labra las tierras para el señor o se emplea en otros usos igualmente serviles. El señor vive en el castillo; el vasallo en la villa, y de ahí el sobrenombre de villano. La palabra villano cobrará un sentido despectivo, porque se opone a noble. En una de las novelas castellanas del siglo XV, escrita interesadamente por un autor de noble estirpe, se dice no sin cierta presunción y empalago, que el noble tiene como virtudes la delicadeza, la cortesía, la altivez y la arrogancia, en tanto que el villano es incapaz de alimentar nobles sentimientos. Desde los siglos XII y XIII, los inicios de la pequeña industria y el comercio amplían el estamento de la gente común con nuevos oficios, y aparece la posesión de dinero y propiedades que caracteriza a la burguesía. La pirámide sigue, con todo, dividida en dos grandes estamentos; los seniores y los minores, a cuyos componentes se les llama también el común. El común es el colectivo más activo y numeroso, sin dejar de pertenecer por eso al bajo estamento, a pesar del buen nivel económico que en ocasiones consiguen con su trabajo. Los seniores, más que trabajar, arriendan sus tierras a los pecheros. Los artesanos se organizan en gremios, para defender sus intereses. En Teruel es notable la variedad de artesanos de todo tipo, bien que labradores y pastores siguen siendo los más numerosos. En este estamento sin notoriedad de los menores se instala la Orden fundada por Francisco de Asís, quien elige para los suyos, por eso mismo, el apelativo de Hermanos Menores. Francisco vive en su propia casa el clima de afanosa actividad comercial y experimenta muy de cerca la esclavitud de la avaricia que alimenta el dinero. Para él, el dinero personaliza el egoísmo de la gente y es vivero de pugnas y disensiones. Reivindica, por eso, la pobreza evangélica, como medida de liberarse de las tensiones que crea el afán y la posesión de la riqueza. No hay libertad espiritual donde no hay desprendimiento. Y sucede que el evangelio reclama abnegación y generosidad. Franciscanos y dominicos, desde el siglo XIII, se dedicarán a la predicación evangélica y a la enseñanza de la gente pobre, con lo que popularizan la cultura entre las gentes menos favorecidas. Una de las actividades que consta realizaron nuestros mártires, Juan y Pedro, durante su corta estancia en Teruel, fue precisamente la de la enseñanza entre los niños.
Ménsula de un nervio en
una capilla lateral.
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