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18741 |
León Amorós, ofm., Los inventarios del antiguo archivo del convento de san Francisco de Teruel, Teruel 1960, pp-17 y ss. En el Inventario II que hemos estudiado en las páginas que preceden se lee la referencia de un documento, hoy desaparecido, como todos los demás, que dice así: “Milagro obrado por San Luis con el rey don Jaime el Conquistador en este convento [de San Francisco]”, Lleva la signatura del antiguo archivo: Cajón 5º, legajo 3º, número 9. ... Si bien este documento ha desaparecido, afortunadamente se conserva la narración de este hecho en el manuscrito tantas veces citado Libro de las cosas memorables; etc., ff. 137 r-138 v, acompañada de unas notas históricas, críticas y cronológicas [...]. ...no creemos probable que los principales historiadores de las gestas de este rey, como son Zurita y Escolano, conocieran este hecho milagroso. Se trata de un acontecimiento incidental, ocurrido en un convento de religiosos, que no dejó más huella sino en este convento y en la ciudad de Teruel, que es donde se dio. Pudo muy bien ser desconocido de estos historiadores, como tantos otros detalles de la historia de este rey escaparon a la diligente investigación de los mismos. Veamos cómo nos presenta el manuscrito citado la relación de este hecho. Consta de tres partes: 1.- El encabezamiento, donde se da la referencia del autor, obra y lugar de la misma, de donde se tomó el texto de la narración. 2.- El texto del mismo, literalmente tomado del autor que refiere el hecho. 3.- Cuatro notas o advertencias que añade al texto el P. Carlos Domínguez, guardián del convento de Teruel, que es el que escribe de su puño y letra el encabezamiento, unas cuantas líneas de la relación, y las cuatro notas finales. El texto de la relación es casi de otra mano. El historiador que trae el relato es el P. Valero Piquer, del colegio de la Compañía de Jesús de Zaragoza, y natural de Villarluengo, en su obra manuscrita titulada Historia de la Iglesia Celtíbera. Esta obra vino a parar a manos del P. Sebastián Cuartero, cronista de la provincia franciscana de Aragón, el cual la dejó depositada en el archivo de la provincia. De aquí la tomó el referido P. Domínguez para dejarla asentada en el manuscrito que tenemos a la vista, en el año 1753. No sabemos cuándo escribió el P. Piquer su obra, pero ciertamente fue después del año 1610, ya que cita la Década primera de la historia de la insigne y coronada ciudad y reino de Valencia, de Gaspar Escolano, impresa en Valencia en 1610. Con anterioridad al P. Pique refiere también este hecho milagroso en su Crónica manuscrita, Juan de Aux, caballero y ciudadano de Daroca. Tampoco conocemos la fecha de esta Crónica, pero de lo que se decía en ella, según testimonio del P. Piquer, el autor afirma haber visto la pintura de la curación milagrosa, que se pudo en la misma sala donde ocurrió el hecho. Pero como, según dice el P. Domínguez, en este mismo lugar, esta sala y puntura desaparecieron al ser erigidos la actual iglesia y antiguo convento por el arzobispo de Zaragoza García Fernández de Heredia, que fueron inauguradas en 1402, la Crónica de Díaz de Aux fue escrita antes de esta fecha; creemos nosotros en la segunda mitad del siglo XIV. Además este mismo cronista afirma que la memoria de este milagro estaba viva en la ciudad de Teruel, y entre las personas que se lo contaron cita a Pedro Sánchez Muñoa y a Honorato Muños “caballeros principales, ancianos y bien entendidos. Se trata de la familia de los Muñoz, señores de Escriche, bien conocida en la historia de Teruel y de todo Aragón [...]. El cronista, pues, de Daroca, que vio la pintura del hecho milagroso, que existía antes de 1402, y que recibió informes sobre este suceso de personas ilustres y ancianas que convivieron con él por estos tiempos, pudo transmitirnos un testimonio respetable por su antigüedad, que en cuanto a la transmisión oral no dista mucho del siglo XIII, y en cuanto a la representación pictórica, ciertamente llega hasta el mismo tiempo del acontecimiento. La historicidad de este hecho queda todavía más reforzada por lo que dice el P. Piquer, quien lo toma de Díez de Aux, o sea que se hizo constar poe acta notarial: “Levantose acto jurídico ad perpetuam rei memoriam”. Esta acta debió ser depositada en el mismo archivo del convento, del cual desapareció no sabemos en qué fecha. Pero lo que no desapareció, y duró allí hasta 1391 fecha en que se derribó la antigua iglesia para construir la actual (Moscardó, F., Breu compendi de la historia de Valencia, Valencia 1953, 68), fue la pintura representativa del milagro “que luego mandaron allí pintar”, y que es la que vio Díez de Aux. La pintura del suceso milagroso, pues, fue pintada inmediatamente después de acaecido. Por lo tanto, si el milagro ocurrido en 1274, duró en el convento por espacio de ciento dieciséis años, tiempo más que suficiente para crear una tradición en Teruel; de donde pudo bien afirmar Díez de Aux que en el tiempo en que él escribía era “cosa asentada en esta tierra”, o sea, en Teruel. Andando el tiempo, destruida la pintura, la tradición del milagro, que no tenía más apoyo que en ella, se refugió en la obra manuscrita de Díaz de Ayx, y luego en la de Piquer, que quedaron desconocidas, guardadas en sus respectivos archivos. Por casualidad, como dice el P. Domínguez, llegó la historia manuscrita del P. Piquer a manos del cronista de la provincia franciscana de Aragón p. Sebastián Cartero, quien la depositó en el archivo de esta Provincia. De allí pudo sacra el P. Domínguez la copia que inserta en el manuscrito de Teruel, y gracias a a ello podemos resucitar de nuevo esta historia, por tanto tiempo completamente desconocida.
Oratorio en la parte alta de la
capilla lateral cortada por el coro. Nota
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