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José Antonio Hebrera, ofm, Crónica de la Provincia Franciscana de Aragón, edición facsímil, Madrid 1991, p. 5 s.:

[...] Llevábanle [a san Francisco] los cuidados de solicitar del santo Concilio Lateranense la aprobación de su evangélica y apostólica Regla, y estos sagrados afanes le hicieron abreviar más sus jornadas. Desde Roma comenzó el celoso legislador a despachar sus letras por varias partes de Europa, a fin de juntar sus hijos en el convento de Nuestra Señora de los Ángeles de Asís, para celebrar Capítulo General en la vigilia de Pentecostés del año mil doscientos dieciséis. Celebró su capítulo y señaló en él los misioneros para varias partes del orbe, a imitación fervorosa del maestro soberano con sus santos apóstoles y discípulos.

Como el seráfico Padre acababa de salir de España y había reconocido en la noble piedad de sus ánimos muy buena disposición para las fundaciones, nombró por caudillo y cabeza de la misión española al santo fray Bernardo de Quintaval, su hijo primogénito en la religión, y a quien por sus grandes virtudes amó siempre con dilección especial el seráfico Padre. Señalóle por compañeros en esta misión a los venerables fray Bernardo de Humanalis. Fray Bernardo de Moraira, fray Zacarías Romano, fray Clemente Tusco, fray Benincassa Tudertino, gray Gualterio y a Juan de Perusa y fray Pedro de Saxoferrato, con algunos más cuyos nombres no expresa el analista. Luego que pasaron los Alpes los seráficos misioneros, comenzó fray Bernardo de Quintaval, como cabeza y caudillo de la misión, a dar órdenes a sus soldados, a instruirlos y señalarles los reinos y las provincias donde afianzados en la Providencia divina habían de ir a fundar conventos. A fray Zacarías con fray Gualterio envió al reino de Portugal. A uno de los dos Bernardos con otro compañero tocó el Principado de Cataluña. El mismo fray Bernardo de Quintaval, con otros compañeros, eligió para teatro de sus seráficas empresas los reinos de Toledo y de León y otras partes de Castilla.

A los venerables y mártires invictos fray Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato les cupo el nobilísimo reino de Aragón, y juntos con los que venían a Cataluña, enderezaron la proa para estos reinos, Tomaron puerto en Barcelona los cuatro apostólicos misioneros y reconocieron su nuevo albergue en el Hospital de San Nicolás, que sin mucha alteración de su principio, había pasado a convento. Pasaron a la ciudad de Lérida, famosa por su fortaleza, y célebre por las milicias romanas en tiempos de Pompeo y César y de sus capitanes Varrones, Perreyos y Afranios. En esta ciudad dieron principio a su misión, o sea, continuando la fundación que comenzó nuestro Padre san Francisco el año de mil doscientos y once, como llevan los autores extraños, o sea, fundando de nuevo el convento de Lérida, como con el analista sientan los historiadores de la Orden. Hubo mucho que vencer en esta empresa, porque como era la primera en que entraban en estos reinos, intentó el demonio con todas sus astucias malquistarlos en los principios para embarazar sus progresos y desvanecerles con las contradicciones el logro de sus santos finas. Recurrieron los humildes fundadores al amparo divino y tuvieron de su inmensa piedad tan feliz despacho sus ruegos, que a costa de conocidos milagros, como nuestras historias escriben, vencieron las artes sediciosas del Abismo y sacaron a luz la fundación de aquel convento.

Habiendo asistido a la fundación del convento de Lérida, mientras hubo que vencer, nuestros santos mártires fray Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato gozaron por medio de la divina gracia la serenidad y quietud que tanto habían deseado, y atendiendo a los cargos de su misión, trataron de entrarse en nuestro reino de Aragón, como les había ordenado sus venerable caudillo. Despidiéronse tiernamente de sus hermanos fray Bernardo y fray Félix y entraron en Aragón por la villa de Fraga, no parando hasta asentar el real de la ciudad de Teruel.

Desean saber algunos el motivo que los santos tuvieron para fundar convento en la ciudad de Teruel, y no haberlo fundado en la ciudad de Zaragoza, debiendo ser esto lo más natural por estar más cerca de Lérida y hacérseles camino en la entrada de Aragón. Fuera de esto no se les pedía ocultar que era la cabeza del reino y que asentando con una fundación el pie en el centro de la Provincia. Tenían ganada toda la circunferencia. A esto se añade que no había entonces en Zaragoza convento de la Orden y que no lo hubo hasta el año de mil doscientos diez y nueve, y podían probar la mano en aquella ciudad, antes que en esta parte del reino. No falta quien responda que habiéndosele encontrado casualmente en Italia nuestros santos misioneros con el famoso capitán Martín Garcés de Marcilla, hijo de la ciudad de Teruel, sabiendo que pasaban al reino de Aragón, les dio cartas de favor para la ciudad y para sus nobles parientes pidiendo que los favoreciesen y amparasen, porque de la fundación que pensaban hacer, resultaría un gran consuelo para las almas y harían un gran servicio a nuestro Señor..

Escudo de los Garcés

Nota

Fray José Antonio Hebrera, nacido el año de 1652 en Ambel (Zaragoza), fue cronista de la Provincia de Aragón desde 1681, cuando aún contaba 26 años de edad. El cargo de predicador le facilitó viajar por todos los caminos y consultar los archivos dispersos por los conventos de la Provincia. Su notoriedad entre los intelectuales de su tiempo le abre las puertas de los cenáculos literarios del momento en Zaragoza. Ocupó cargos en la Orden Escribió y dio a la imprenta alguna que otra obra sobre temas religiosos e históricos, en las que da muestras de su vasta erudición. Muere en Zaragoza, a la edad de 77 años.