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San Juan de Perusa y San Pedro de SaxoferratoLos santos Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato, oriundos de una y otra ciudad en la Umbría y en los Abruzos, respectivamente, en Italia, habían sido compañeros del mismo Francisco de Asís, fundador de la Orden de los hermanos menores, cuya norma de vida llegan a encarnar con tal fidelidad, que el santo se complacerá en seleccionarlos para conformar la expedición misionera que, bajo la dirección de Bernardo de Quintaval, envía a España en el año 1217. El cronista aragonés José Antonio Hebrera nos da algunos de los nombres de aquel grupo evangelizador: fray Bernardo de Humanalis, fray Bernardo de Moraria, fray Zacarías Romano, fray Clemente Tusco, fray Benincussa Tudetino, fray Gualterio y fray Félix. Llegados a territorio español, fray Bernardo los distribuye en grupos y los distribuye por cada uno de los reinos cristianos de la península. Juan y Pedro acompañan a Bernardo y Felix y asisten a la fundación del primer convento en Lérida. Desde ahí, por Fraga, siguiendo las instrucciones de un noble capitán turolense, D. Martín Garcés de Marcilla, con quien se habían cruzado en el camino ya en Italia y que les había entregado cartas de favor para su familia y ambos cabildos de Teruel, descienden hacia tierras de Teruel. El camino había resultado largo y fatigoso: norte de Italia, sur de Francia, condado de Cataluña y el reino de Aragón. El término del viaje para algunos, a través de los distintos reinos de la España cristiana, se fija en Portugal. El nombre prerromano de Teruel, Ter, hace pensar en un posible poblado ibérico del que se carece de noticias fehacientes, que alcanza consideración de villa ya en época cristiana, a lo que contribuirá el fuero con que la distingue Alfonso II en 1171 y haber alcanzado, con el tiempo, a lo largo del siglo XIII, la condición de comunidad de aldea, al igual que Albarracín, Calatayud y Daroca. Nuestros santos llegan a esta villa en torno al año1217, fecha en que el papa Inocencio III, concluido el Concilio IV de Letrán, le ha confirmado a Francisco la Regla con que se han de regir los hermanos desde allí en adelante, estén donde estén. A partir de ahora, respaldados por la bula papal, no se les confundirá tan fácilmente con herejes, como venía ocurriendo hasta entonces, tan parecidos a ellos como los cátaros y los valdenses. Se establecen ya de modo definitivo, desde 1218, en la ribera del río Guadalaviar, en la parte baja del arrabal, en plena vega del río, para lo que edifican dos habitáculos a uno y otro lado de la ermita de san Bartolomé, de la que se les han hecho generosa donación, merced a la familia Garcés de Marcilla, y en cuyo entorno cavan un pozo que aún se conserva, para cubrir necesidades primarias y atender la pequeña huerta que rodea la ermita.
Juan es sacerdote, por lo que suele significarse representado con un libro entre las manos, condición que le permite emplear su tiempo en predicar el evangelio a la gente, administrar los santos sacramentos, y, con la ayuda del otro hermano, de condición laica, enseñar a los niños los rudimentos de la religión y la cultura o atender a los enfermos del hospital local. En cuanto a la enseñanza, el resurgimiento burgués de la industria y el comercio a lo largo de esos siglos, echa mano oportunamente de los frailes que, a diferencia del monje, se establece en los pueblos y ciudades, para que impartan a sus hijos los conocimiento elementales del lenguaje y la aritmética, que les capacite para el ejercicio comercial. Desde los estudios históricos de los hermanos Pirenne, se dice que los frailes mendicantes popularizan así la cultura en Occidente; y nuestros dos religiosos no se eximen tampoco de ese noble cometido. Teruel bulle, además, por esos años, dado el tráfago de soldados que afluyen a la población para engrosar los ejércitos aragoneses que han de reconquistar Valencia, desde los mismos límites turolenses. No faltan tampoco mercaderes de toda índole que trafican con el reino moro, en un intercambio incesante de mercaderías. ¿Llegaron a conocer nuestros hermanos a los nobles aragoneses, D. Bñasco de Asragón y D. Dartal de Luna, que recatarían sus cuerpos mártires, poco tiempo después? Y es que no se limitan nuestros mártires a predicar la Paz y el Bien en los límites estrechos de la villa, sino que extienden el área de su evangelización a los poblados limítrofes que rodean la villa, y no tardan en constatar la difícil tarea que supone pretender convertir a gentes de cultura aún musulmana, que por inercia se resisten a aceptar una fe distinta a la habitual y otras costumbres. Proyectan entonces, desde su ardor misionero, llevar la luz de la fe a la misma ciudad de Valencia, cuya influencia islámica se hace sentir firmemente en tierras limítrofes de Teruel, y todo viene a pedir de boca. Ocurría que, en el Capítulo de las Esteras, celebrado en Asís en 1219, san Francisco había destacadp una segunda expedición numerosa de religiosos a nuestra península, encabezados por Juan Parente, quien se establece en Zaragoza con diez de ellos, el 18 de agosto de ese mismo año, erigiendo un convento a este fin entre el Ebro y la Huerba, tomando posesión el día 28.. Su condición de prelado otorgada por el santo Fundador y su nativa calidad de hombre sabio y organizador, le permite celebrar el primer capítulo de la Orden en España, en 1220, que reúne a un número no inferior al centenar de religiosos, procedentes del los reinos de Aragón, Navarra, Castilla y Portugal, y donde se decide delimitar a todos los religiosos españoles en una única Provincia franciscana, para lo que se propone nombrar un primer provincial, cargo que recae en el propio Juan Parente, primer ministro provincial así en la historia de la Orden en España. Nuestros dos santos asisten a dicho capítulo y tras exponerle al padre provincial su preocupación por los escasos resultados de su predicación en tierras turolenses, le manifiestan su proyecto misionero y obtienen así licencia para llevar a cabo tan arriesgado intento de ir a tierra musulmana, para llevar allí la buena noticia del evangelio, como al fin y al cabo, tiene dispuesto Francisco de Asís en la Regla o norma de vida por la que se han de regir todos los hermanos. En 1228 emprenden la marcha hacia tierras valencianas, aprovechando para el desplazamiento algún viaje de mercaderes. Todo su bagaje se reduce a la ropa que llevan puesta, una botellita para el vino de celebrar y sendas cucharas de palo para la sopa. Parece ser que una vez allí, recurren a la amable acogida de los cristianos de la Iglesia de San Vicente de la Roqueta, donde moran algunos días, fuera de las murallas de la ciudad. No les resultó fácil la empresa. Apenas empiezan su apostolado entre la población árabe, las autoridades se apresuran a conducirlos presos al rey musulmán, Zeit Abu-Zeit, quien les somete en vano a un duro y amenazante intento de conversión, resistencia que pagarán con el martirio. Es voz común que fueron torturados atados a unos troncos de ciprés en la Plaza de la Higuera, aunque no faltan quienes mantienen que el martirio tuvo ya lugar en el mismo palacio real. A Juan le clavan un espadín en el pecho; a Pedro le abren la cabeza con un alfanje. El cuidado con que fueron amortajados para su enterramiento, recogiendo las mínimas pertenencias de uno y otro, como telas, sendas cucharas y el frasco del vino para celebrar, hace pensar que fueron fervientes cristianos quienes realizaron tan cuidadoso sepelio, probablemente pertenecientes a la misma comunidad de San Vicente de la Roqueta. La fecha, non sin dubitación, se sitúa en el día 29 de agosto de ese mismo año. La toma de la fortaleza hasta entonces inexpugnable de Morella al rey moro de Valencia Zaen, sucesor de Zeit Abu Zait, por Blasco de Aragón, propicia que, a instancia suya y de Dartal de Luna, el rey cristiano Jaime primero, proponga la liberación de los nobles musulmanes caídos presos en la batalla, a cambio del rescate de los cuerpos de los dos mártires franciscanos, cuyo valiente testimonio aún reciente se sumaba así a la fama de santidad con que venían siendo reconocidos por cuantos les habían conocido con anterioridad en tierras turolenses. Obtenido el rescate, el propio rey se compromete a llevar sus restos personalmente, a caballo, en una urna de alabastro, separadas previamente las cabezas de sus cuerpos y enmarcadas en plata por disposición real, ya que su designio era retenerlas para sí. Ya en Teruel, el mismo rey se complace en llevar devotamente los despojos de nuestros mártires en procesión, hasta la ermita de San Bartolomé, donde queda la urna empotrada en la pared del púlpito desde la que tantas veces habían predicado a la gente nuestros mártires. La afluencia creciente de devotos desde todo los rincones de la provincia que acuden a venerar los sagrados restos, aconseja construir otra iglesia más capaz y desahogada, de forma cuadrangular, que comprenda en su estructura la ermita original. Es el año 1249. El año 1390, el arzobispo de Zaragoza, D. García, del noble linaje de los Fernández de Heredia, originarios de Munébrega, Calatayud, decide construir en el solar de la anterior iglesia una mucho más amplia, de estilo gótico, en calidad de iglesia mortuoria, donde ser enterrado en su día, a la manera como había procedido su tío Juan, Maestre de la Orden del Hospital, en Caspe. Ésta iglesia de piedra sillar, tan austera como elegante por eso mismo, acabada con suma celeridad en 1402 merced a la obra acelerada de dos arquitectos y un cúmulo de canteros, se inaugura a principios del siglo XV. Sobre la antigua nobleza de sus piedras ha llovido una buena parte de la historia, no siempre pacífica y bonancible, de Teruel, como celebrábamos recientemente en su VI centenario. Fray Ángel Martín, ofm..
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