A modo de blog

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Febrero 2010


:: El pastor. 19
:: Arroz y flores. 18
:: Juega bien tus cartas. 17
:: Una aldehuela en lo alto. 16
:: No tengo tiempo. 15
:: La lluvia. 14
:: El móvil. 13
:: El correo electrónico. 12
:: Los escudos nobiliarios. 11
:: Elogio al silencio. 10
:: Pluma y bolígrafo. 9
:: Mi ventana y más alla. 8
:: Los ancianos y un pastel. 7
:: El río. 6
:: La bufanda. 52
:: No siempre es fácil. 5
:: Los melindres del lenguaje. Fruslerías. 4
:: La torpeza del graffiti. 3
:: Los melindres de la vida.2
:: A lo mejor me equivoco. 1

19 feb 2010.- El pastor

Hoy día, puede decirse ya sin exagerar que el pastor se va convirtiendo en  una extraña figura desdibujada, para el recuerdo y la nostalgia. Apenas si quedan. Son una antigua especie de hombres recios, que inspiraron todo un género literario y ahora ya engrosan las filas de espera de la extinción. Desaparecen de la entrañable galería de tipos campesinos que poblaban el campo, porque desaparece envejecida la vida rural y las aldeas mismas. Masías vacías a medio derribar, pueblos casi deshabitados, campos de pan llevar que sólo sangran amapolas, no se avienen con la ausencia de quienes sostenían la economía rural desde la mina, el trigal y el rebaño.

Sé de un buen hombre que fue pastor. Ancho de espaldas y bajito, pero aún firme y fornido, se le ve a menudo pasar de largo, silencioso, el paso pausado, áspera la cara roja y redonda, los brazos y el rostro curtidos por el frío y los sudores estivales. Le veo pasar empuñando todavía el emblemático cayado, mientras le sigue de cerca el perro, negro y dócil, a la espera de un gesto o un silbido.

- Me jubilé y me vine a la ciudad con los hijos. No añoro lo vivido por cerros y cañadas, ceñida la manta contra un viento tan helado que había que andar de lado, y a las veces protegiéndome del sol a la sombra de una sabina, cuando me detenía a beber y comer algo sentado en una piedra. Esta perra mía calla, peor sabe mucho de todo eso.

-¿Se tuvo que enfrentar al lobo alguna vez?

- Los hay, pero no los vi. Hoy asaltan los rebaños perros montaraces que son peores. Abandonados y acuciados por el hambre, recobran en libertad su ferocidad canina.

Quedan pocos como él. Le veo pasar todos los días cabizbajo, envuelto en su silencio de costumbre y andando detenidamente, como quien sortea las piedras inseguras de la ladera, borrado para siempre el rebaño que condicionó su vida.

Se acaba para la poesía bucólica toda referencia y muestra de vida pastoril, y no es grato asistir a su declive.

18 feb 2010.- Cachivaches y otros enseres

El genio de la lengua castellana es muy dado a postergar con el manotazo del menosprecio a todo conjunto der cosas corrientes de poca estimación si no ya estropeadas, y así decimos con desdén que tal habitáculo está llena de cachivaches, que engloba en sí toda clase de trastos, viejos o no y no por eso inservibles. Con que cachivache, palabra despectiva y displicente si las hay. Su uso es una manera de sancionar el escaso aprecio que nos merecen.

No muy lejos de ese olímpico revés con que apartamos a un lado los chismes que nos molestan, figura el artilugio, otra designación despectiva del artificio, a veces cochambroso, de que nos servimos en la realización de operaciones para las que no disponemos de medios más idóneos. Lo decimos de un molinillo a mano de café, por ejemplo, o del fuelle con que avivaban el fuego en la fragua los herreros de todo pueblo.

No queda mejor parado lo que llamamos un dispositivo, término que da nombre al artificio compuesto sin demasiado esmero en su disposición de piezas. La bomba de inflar las ruedas de la bicicleta es un dispositivo o la linterna que nadie es capaz de hacer que funcione cuando más falta hace.

Hay cachivaches, artilugios y dispositivos que acaban retirados de una vez en el triste silencio oscuro de un museo. En el del antiguo Convento de San Francisco, de Morella, hay un vetusto reloj de campanario, o lo que queda de él, fabricado rotundamente a martillazo limpio por el hábil herrero de algún pueblo. Hace años que se le acabó la cuerda. Nadie sabe de su difícil precisión. Pero es fácil suponer que, en vez de dar las horas, daría quejidos lastimeros.

17 feb 2010.- Arroz y flores

En uno de esos archivos que de correo en correo corren por internet, me llega uno con frases muy felices, donde se incluye una atribuida a Confucio que dice así: ¿Me pides por qué compro arroz y flores? Compro arroz para vivir y flores para tener algo por qué vivir.

Es un bello alegato contra el pesado imperio de lo pragmático, donde se instalan quienes no persiguen otro afán que el que dicta la premiosa utilidad de cada día.  No sólo de pan vive el hombre, dirá axiomáticamente también  Jesús de Nazaret.

El pan cubre las necesidades urgentes del momento, pero no es sustento que sacie las apetencias más nobles del espíritu, si deja apagar la vela trémula que esclarece sus sombras con la claridad de la esperanza. Quien eleva su mirada y mira hacia adelante, está ya iluminando la frente angosta del porvenir ya hoy mismo. Y es un hombre sin aspiraciones es un hombre sin futuro, porque ha perdido el aldabón de esa puerta que apenas logra entreabrir la mano irresoluta y dudosa.

Soñar el día de mañana es hacer de hoy un hoy maravilloso que los comprende a todos. No vive inteligentemente quien no sabe soñar, porque se habita encerrado en sí mismo, bajo un techo sin cielo ni estrellas, sin ventanas de amplitud que den a algún sitio más allá de uno mismo. Quien renuncia a soñar no sabe estar y el que no sabe estar no sabe ser. Su mano no tocará nunca la pluma leve de una ilusión que canta en la garganta amarilla de un canario. Necesita de la belleza de unas flores amarillas, rojas, azules, como sean, cuyo aroma le despierte la sensibilidad y un adarme, un adarme pequeñito, de capacidad de asombro. 

16 feb 2010.- Juega bien tus cartas

Hay quien vive sin vivir, de modo que aunque viva mucho, vive apenas. Lo decía vigoroso Jonathan Swift: ¡Ojalá vivas todos los días de tu vida!

Hay modos de ser y estar, y de ellos dos que se contraponen de excluyente manera; el uno mostrenco e inteligente el otro.

No es lo mismo vivir que existir. Existe la piedra, pero no vive. Hay personas que existen, pero no aciertan a vivir su vida. Los días pasan entonces uno tras otro vaga y rutinariamente como chirriantes cangilones de noria, como las lentas procesionarias de los pinos, sin gustar la sabia honda de los frutos de la vida. Viven fuera de sí trivialmente, desviviéndose desde y para las nimiedades de la liviandad. No saben de la gravedad de vivir con sana intensidad la vida, que es vivirla del todo, plenamente. Vivo sin vivir en mí, decía Teresa de Jesús, sólo que ella lo decías enhebrada en otro, prendado y pendiente de Él como collar del pecho.

No vive quien no sabe qué hacer con el don de su propia vida y se limita a dejarla pasar. Tienen la vida en paro. Josh Billing decía muy bien que “la vida no consiste en tener buenas cartas, sino en jugar bien las que uno tiene”.

Vive bien quien recoge gozoso cada día lo que sembró sudoroso mismamente  ayer, de modo que no hay día que se quede sin vivirlo y gozarlo intensamente. Amigo: ¡No pierdas el tiempo!¡Vive y vive bien todos los días de tu vida!

15 feb 2010.- Una aldehuela en lo alto

Hubo épocas en que edificar en lo alto de un monte abrupto, era un aval de protección natural contra el taimado enemigo, ojo avizor, emboscado en la inmediaciones, que en un impensado momento incurrían en horrísona algarada arrasando el pueblo y asolando sus cultivos irremediables. Era el recurso atávico del águila o la golondrina, anidando en un resquicio imposible de un acantilado o el resguardo cuidadoso de un alero acogedor. Eran pueblos aparcados en un apuro permanente.

Hoy esas aldeas quedan en lugares de escarpado acceso, y su población, envejecida, sufre la incomodidad de salvar sus empinadas pendiente con detenido paso, como ciego que tantea los desniveles de la propia la vida.

En tiempos no tan lejanos todavía, la docilidad doméstica de las caballerías prestaba su aliento al que, apartado del pueblo, regresaba luego rampando sus cuestas y declives. Son pueblos trufados de precipicio.

La aldehuela ha envejecido. Los jóvenes, saltando sobre el horizonte nativo,  apoyaron la escalera de un soñado porvenir en los suburbios de populosas ciudades. Queda imperturbable el río, la era, inútil como dedal agujereado, una vieja calle porticada que no cabe en un museo, el campanario, al que alguien, desconsiderado, le ha descolgado las campanas como quien quita a una niña los pendientes, unas distraídas palomas ajenas todo, y un cementerio a tiro de piedra donde ya apenas nadie se muere. Aún hay gente, achacosa y pensativa siempre, gente buena, pero apenas está.

14 feb 2010.- No tengo tiempo

Eso de alegar desdeñosamente que no se tiene tiempo para nada, no pasa de ser una excusa vana para sortear lo que la inercia perezosa de nuestra frivolidad nos aconseja aparcar en la indiferencia del olvido.

Son muchas las cosas provechosas que consiguen llevar a término personas diligentes, para quienes el orden con que proceden en todo y la pronta disposición para  no desaprovechar las oportunidades que les salen al encuentro, tienen preferencia en su quehacer ordinario.

Con todo, vemos el agobio diario de personas tan atareadas, tan uncidas a la mordaza opresiva de sus ocupaciones sin cuento, que apenas si llegan a percibir la conveniente distensión del descanso familiar con los suyos. Arrastran su humanidad hecha jirones de tarea en tarea, de despacho en despacho, zarandeados por la tensión agobiante de pagos inaplazables y deudas no menos imperiosas. Realmente no tienen tiempo para más.

- Es la crisis-, dicen angustiados-. No consigo salir a flote.

Están a la par de los que no salen del titubeo de no saber qué hacer, porque no consiguen desatar el dogal del paro indefinido. Eso sí, disponen de todo el tiempo del mundo del que no saben qué hacer, como atolondrados, si bien alguno aprovecha tal circunstancia para capacitarse, mediante cursos esperanzadores de formación y animación profesional , a fin de abrirse a otras posibilidades de medrar en algo.

Yo soy jubilado, con escasa retribución por lo mucho que he trabajado. Pero acostumbrado a un género de  vida sobria, me permito vivir sin agobios, y he llenado las estanterías de mi tiempo libre con tal cantidad de satisfactorias ocupaciones, que apenas si me queda tiempo para más. Aunque estoy pensando que, programando mejor mis actividades...a lo mejor...

La verdad es que el tiempo ha sido siempre un valor en alza. Dígalo si no Gabriel García Márquez, que en melancólica carta de despedida a sus amigos, retirado de la vida publica por una grave y sangrante enfermedad, dejó escrita, entre otras muchas,  esta bellísima frase:

“Si por un instante Dios se olvida de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, aprovecharía ese tiempo lo que más pudiera”.

Son momentos en que el tiempo cobra todo su valor innumerable. Y es que él ya no tenía tiempo.

13 feb 2010.- La lluvia

Todo el día de ayer estuvo lloviendo con una persistencia desesperante, una lluvia fina, casi imperceptible, que parecía no querer acabar nunca, baboseante, sobona, que lo lamía todo. Las nubes de color parduzco llovían una luz agria y gris, sobre un día tristón y ñoño, que te pone el alma triste.

El hombre es sensible a los cambios de tiempo y la tonalidad de la luz del día dicta nuestro talante en todo momento. Somos susceptibles, como mimosas, hasta someter nuestro ánimo al cariz que nos impone el tiempo. La calidad del día, soleado o lluvioso, tempestuoso o espléndido de luz, nos determina; viene a ser como trasunto de nuestros estados de ánimo. No nos sentimos igual al nacer radiante el día, que ante un rojo y ventoso atardecer pesado y lánguido. Las fases del día y del tiempo en general, nos reflejan, son instantáneas de nuestras vivencias cambiantes.

- Estoy como el tiempo, decimos a menudo.

Lo que ocurre que no todos reaccionamos de la misma manera. El temperamento de cada cual lleva impreso gustos y tendencias personales que difieren y responden diversamente a los estímulos externos. Hay a quien le place ver llover a cántaros y quien goza sin medida ante un paisaje nevado y frío. A unos un sol espléndido y sofocante les facilita sombrear su piel abrillantada mientras otros se acogen al alivio de una sombra azul o una piscina contra la vehemencia sudorosa del bochorno. Y siempre, a todos, a la sombra extensa de un árbol, los copiosos trinos de un ruiseñor nos embelesan.

Lo más aconsejable creo que sería ver el modo de conciliar vivencias contrarias en un todo alisador de extremos. La lluvia es provechosa, lo es la nieve, la luz deslumbrante y la palidez otoñal. Hay que dejar e incluso admirar que las aguas revueltas entre turbiones enrevesados de un arroyo transcurran tal como bajan descomedidas de los neveros. Es inútil alterar el curso de la existencia. Las cosas son como son. El Creador al evaluarlas una por una, dictaminóademás que las cosas eran buenas.

12 feb 2010.- El móvil

Cuando aparecieron los primeros teléfonos móviles, ese manoseado adminículo primo hermano de la lapa y de la oreja, uno no podía menos de contener la risa al ver a otro, por la calle, con la mano pegada a la oreja, hablando solo. Era ridículo. Por más que a todo se acostumbra uno. La gente habla en todas partes y en todo momento por el móvil. El que va corriendo al trabajo, le grita indignado, mientras tanto, no sé qué cosas al móvil. La señora que, sentada en la plaza, acompaña los juegos de su pequeño en la plaza, aprovecha para comunicarse entre risas con una amiga de colegio. El cura que no puede asistir a la reunión arciprestal, se excusa, gravemente parado en una acera, alegando razones insalvables. Todo el mundo tiene algo que decir a todas horas. La gente usa el móvil a tiempo y a destiempo y hay quien parece que su inaplazable obligación es justamente no hacer otra cosa.

El móvil no deja de ser un teléfono. Seamos imparciales y reconozcamos su utilidad. No sólo para comunicarse uno convenientemente con otro, sino para dar pronta solución a conflictos urgentes, como la asustada angustia de quien se ha quedado atascado en el ascensor, la incapacidad del conductor malparado en su coche, por tomar una curva en línea recta o, en general, el de subvenir a necesidades imperiosas. En tales situaciones dificultosas, el móvil es un amigo fiel. Sucede incluso que en el quieto retiro de los claustros, el oportuno recurso a esta clase de telefonía tan a la mano -nunca mejor dicho-, es todo un espaldarazo a la llegada masiva al mudo de tan sobado y socorrido artefacto.

Hay un poeta valenciano que intentó hablar por teléfono con Dios en uno de sus poemas, sólo que el móvil para hablar eficazmente con Dios, que llaman oración, con estar también tan a la mano, son muchos los que no lo consideran ni indispensable ni perentorio. Bueno, no tantos. Según.

11 feb 2010.- El correo electrónico

Uno de los vehículos modernos más ágiles del lenguaje llano de hablar cada cual con su vecino -¡quién le iba a decir a Berceo!-, es el correo electrónico, cuyos efímeros mensajes raramente evitan acabar en ese saco roto del icono que muy oficinescamente Microsoft ha dado en llamar papelera de reciclaje. Es un buen recurso. Que te llega un correo insignificante con un archivo asqueroso, pues, zas, lo eliminas y va a parar a la papelera, como quien mata una mosca de un revés cual un Obama cualquiera. Que alguien te incomoda empeñado en que digas a todo el mundo lo que a él le place, pues a la papelera de todas las tinieblas exteriores. El caso es mantener la casa limpia, porque son megas de-aquí-te-espero con que te ocupan los demás, en mengua tuya, los estantes inviolables de tu memoria particular. Y para colmo, algunos llegan furtivamente, rastreros, a gatas, provistos de un virus maligno en el bolsillo de atrás, procedente de Troya, que se te alberga en la solapa de no sé qué archivo y te deja el ordenador con los ojos en blanco. Este es el lado ominoso del invento. Pero está el lado bueno.

Esta mañana mismo, por correo, me acaba de llegar un mensaje con un archivo  adjunto de escogidísimas diapositivas del Canadá, donde edificios, calles y paisajes parecían emerger de una gruesa capa de extensísima y purísima nieve, configurando espacios primorosos, filigranas de hielo, abetos de cristal casi transpàrentes, chozas de madera en el bosque como de antiguos cazadores. Un encanto. La música suavísima, desmadejando no sé qué tema de película, se deslizaba por la nieve pausadamente como un trineo cargado de amadísimas caricias y besos.

En otro archivo sobre el mismo tema de la nieve, esta vez esa China inabarcable que hechizaron emperadores y mandarines, me ha impactado con su violencia huidiza una antigua máquina de tren, de las de carbón, ya inexistentes, negra como una injuria o el humo denso que escapa a empellones de su chimenea, saliendo de frente del paisaje como de una madriguera, algo así como queriendo huir de algún alud, por entre montañas y bosques nevados. El fotógrafo ha acertado al contrastar lo negro y lo blanco, en una instantánea fascinante que destaca el movimiento férreo del sucio coloso, sobre la paz tierna e inconmovible del paisaje impoluto. A la exquisita belleza del tema, se une la habilidad del artista que supo encuadrar y sorprender ese precioso instante preciso.

Cuando acabe este trivial pergeño de nada en que me ocupo, lo enviaré por correo electrónico a quien me diseña esta página wed en que deposito mis desechos literarios, antes de que caiga en la papelera infame.

10 feb 2010.- Los escudos nobiliarios

Hubo un tiempo en que un escudo tallado en piedra presidía ufano, encumbrado en lo alto de la portalada, casonas y mansiones palaciegas, dando prestancia a sus moradores como distintivo familiar. El escudo cobijaba, transmutados en símbolos, objetos, gestos y maneras que declaraban la noble ejecutoria particular de lejanos predecesores, de quienes nacía como de sus raíces el árbol genealógico de la casa. Coronas que sugerían la pertenencia a un marquesado, ducado, condado o señoría, se asentaban gloriosas sobre el escudo ungiéndolo con la gloria de su prestigio.

Los escudos representaban la pertenencia a un nivel superior de gentes, a quienes respaldaba la posesión de una hacienda enriquecedora. Ser noble llevaba consigo ser rico. Un noble arruinado, dejaba de ser en muy buena medida. Es enternecedor, por eso, el gesto delicado de un joven tan generoso y desprendido como Francisco de Asís, que se despoja de sus ricas vestiduras para dárselas un noble empobrecido. Un noble sin peculio alguno era un pobre noble y a veces nada. Ahí la nobleza está en el corazón de Francisco.

Algo así se cuenta también en el Lazarillo de Tormes; aquí es un niño quien comparte los mendrugos que ha obtenido de limosna con un hidalgo venido a menos, cuidando exquisitamente de no herirle en su orgullo. No se avienen nada bien un mendrugo de pan y la altivez de un noble.

Y al revés; hay escudos que van enriqueciéndose paso a paso, en la misma medida que va medrando el caballero infanzón a quien representa. En el de la familia aragonesa Fernández de Heredia, van apareciendo, con sorprendente celeridad, en su escudo, tres castillos, cuatro castillos, cinco, hasta llegar a siete, que es su escudo definitivo. 

9 feb 10.- Elogio del silencio

Qué difícil debe de resultale a un profano, además de justipreciar,  saber distinguir en un puñado de perlas la que posea el oriente más puro, luminoso y delicado. Los expertos escrutan minuciosamente su diminuto esplendor y valía con un pequeño objetivo  ajustado a la órbita del ojo.

Debe de ser una agradecida profesión esta de manipular tanta belleza en el mayor de los silencios, exigido quizás por la concentración.

Todo el que medita circunspecto o contempla algo con detenida complacencia, procura cobijar su atención en los quietos remansos del silencio. El experto en perlas y el monje que se adentra en sí mismo devanando un versículo bíblico, se acogen por igual a la retirada quietud del silencio. El grito desaforado, la carcajada inculta y las estridencias del ruido son frívolos condiscípulos de la superficialidad. Ama el ruido la persona descompuesta a quien exalta la algarabía de un tambor. En el grupo bullanguero de la noche del sábado, halla en el alboroto su salsa más deleitosa, porque el silencio hiere como un sutil bisturí la sensibilidad del que no la tiene.

El silencio es respetuoso e invita a la seriedad. Me quedo con el joyero que descifra grave y callado, en su ensimismamiento, el destello misterioso de un rubí. Con el monje que habita humilde la presencia de Dios. Uno y otro se acogen al silencio porque el trabajo concienzudo necesita de la perspicacia, y la meditación de la cicunspección y la profundidad.

8 feb 10.- Pluma y bolígrafo

En condiciones parejas, la ajetreada vida moderna prefiere lo funcional a lo artístico o simplemente bello, lo útil a lo elegante. Vemos así cómo la escritura ha venido recurriendo a medios diversos en su realización, tanto en soportes donde escribir como en instrumentos con que fijar los signos significantes. Abstengámonos de traer aquí todo ese bagaje instrumental de nuestros predecesores, toda vez que pretendo fijarme en el cambio concreto que ha sufrido de tan rápida manera el uso de la escogida pluma estilográfica y el universal bolígrafo de todo escrito. Hasta ahora han dejado de ser el cálamo, la afilada pluma de ave, la tiza, los pizarrines, y no tanto el lápiz.

La pluma era elegante y las hubo prestigiosas, que daban prestancia a su posesor. Hoy se han ganado ya su destino definitivo en un museo. Hay señaladas escenas históricas en que la pluma ocupa el foco de interés de tal o cual pacto de paz entre adversarios que sella una firma, un grave compromiso o un proyecto millonario.    

La pluma ha corrido pareja con el encanto de una buena caligrafía o la famosa firma estampada en un documento por un escritor u hombre de nota, como la de Cervantes, Juan XXIII o los Beatles. Grafólogos, esos buzos de la personalidad oculta en el modo de trazar los signos de la escritura, desentrañan el misterio escondido en la singularidad del trazo, tendencias en la dirección que se imprime a la letra o vínculos con que las enlazamos. Hasta la firme esconde su mensaje grafológico especial. La pluma pone en evidencia nuestra peculiar idiosincrasia.

Supongo que también el bolígrafo, más grasoso y no tan dúctil. Creo, sin embargo, que la pluma, más que el bolígrafo casero, es más fiel a la espontaneidad y fluencia graciosa que se materializa en la escritura. Vosotros diréis.    

7 feb 10.- Mi ventana y más allá

De amanecida, mi ventana me habla del paso del tiempo y dice la temperatura exterior. Oscurecida cuando la hora ya no es temprana, de declara que la noche invernal prolonga sus sombra mordiéndole tiempo al día; empañada como un cristal esmerilado, me revela que el frío exterior es intenso; limpia y luminosa, me habla de la esplendidez con que amanece caluroso el día; tibia y amarillenta, embebida del mundo exterior, evoca la dulce y pálida decadencia del otoño.

Mi ventana es una ventana antigua, más bien pequeña y vertical, como son verticales los álamos del río que el atardecer enciende, pero cabe en ella el paisaje cambiante que el ciudadano de ciudad adentro no tiene. Es como el marco de un cuadro vivo que me ofrece todo el circuito temporal que recorre el año en este recorte de naturaleza. La juventud exuberante de la primavera, la radiante riqueza del verano, el temblor rubio y desgastado del otoño y el frío despojo yerto del invierno. El devenir del árbol mismo me lo cuenta todo más en concreto, desde la tiernas yemas primerizas al esplendor verde de su fronda, la floración entusiasta, el deterioro de sus hojas secas y la muerta quietud del sueño invernal.

Mi paisaje lo tiene todo. Una plaza enlosada de granito y geométricos espacios arbolados, una calle a la que las apreturas del tráfico y el asfalto siempre sucio la convierten en carretera comarcal con un pie en la ciudad y con el otro abierto al campo; una línea férrea infrautilizada que sabe más de silencios y descansos que de chirriantes rodajes y lejanías; el río orlado de álamos en hilera determinando el curso de caminos paralelos; la huerta feraz de periódicos maizales de rubias cabelleras; y un trasfondo de colinas por donde trepa un bosque más bien ralo de pinos. Sé que algo más allá, en la Muela, de llanadas y confines sin orillas, perviven las ruinas de un antiguo poblado ibero.

Mi ventana incita a la contemplación serena y reposada y a la ensoñación. ¿Qué harían por aquí aquellos ancestros que tildan de indígenas ariscos y pendencieros? Tenían el río donde pescar, el bosque donde cazar, el fuego para variedad de usos, la cerámica que confeccionaban con exquisita habilidad y piedra de la que obtenían instrumentos utilitarios de perfecta hechura. Y al final, unos romanos que los colonizan y absorben hasta acabar con ellos como pueblo irrepetible. Hoy, igualmente, la pobreza económica nos va invadiendo a todos, y nadie sabe a dónde vamos.

6 feb 10.- Los ancianos y un pastel

Los ancianos, por naturaleza, son golosos, para indignación de sus familiares, que velan por ellos. Quizás resulte ser una tendencia atávica de subvenir a las carencias de la edad.

El hombre es el único ser capacitado para condimentar alimentos y fabricar dulces. Es un placer repasar uno a uno los dulces términos con que se adorna la pastelería para enumerar los ingredientes de su sabrosa mercancía: azúcar, miel, hojaldre, mermelada, crema pastelera, pitisú, nata, licor...

Un caramelo, entonces, es un producto inteligente. Los animales se limitan a gustar los frutos que les suministra la naturaleza, pero si le echas un caramelo al perro, se lo come con sublime avidez. Justamente, para un niño, para un anciano, no hay nada tan zalamero con la vista de un caramelo. Un pastel, igualmente, para inducirnos a gustar su exquisitez, él mismo es goloso por sí mismo, por más que el comerciante le añade aun el atractivo de su presentación y envoltorio que lo haga doblemente tentador. Llaman con razón golosinas a todo ese conjuro de frivolidades que inventa la gula para seducir el paladar. Y es curioso cómo el hombre inventa y satisface sus mismas debilidades, como quien se clava un puñal de miel en su propia herida.

¿Qué puede hacer así un anciano, falto ya de casi todo, débil, condescendiente consigo mismo, ante la fascinación de tales delicadezas, que llevan el anzuelo alevoso de su almíbar en el corazón de su empalago?

Sed considerados con ellos. No por nada, niños y ancianos se entienden a maravilla. 

Dedico estas bagatelas a todos los diabéticos. Yo todavía no lo soy, aunque voy haciendo méritos.

5 feb 2010.- El río

Hace por lo menos un mes que el río Guadalaviar arrastra un caudal de agua más que considerable. Aguas arriba, el pantano, por la cantidad ingente de aportes provocados por la lluvia y la nieve, deja escapar, sobre el caudal ecológico, todo el agua sobrante que no consigue atesorar. Caudal ecológico llaman a la estrechísima cantidad de agua suministrada habitualmente por el pantano, suficiente para que el río no deje de serlo, y es que, lleno ahora a rebosar, se desahoga como mejor puede.     

Hay que sumar todavía el caudal que aporta el río Alfambra, río moro de aguas terrosas, de la arcilla que arrastra, y que le ha dado nombre. Una súbita tormenta ahora impulsaría a salirse de madre el río. Dejemos las cosas como están. No demos ideas a los meteorólogos.

No sería la primera vez que hay que acudir atropelladamente a reforzar puertas y resquicios para impedir que el río, desmadrado, anegue las casas aledañas, como tantas veces le sucedió al cenobio franciscano, que apenas dista de sus orillas.

¡A quién se le ocurre edificar tan cerca, en un arenal de consistencia movediza! Dicen que los fundamentos conventuales están asentados sobre estacas de sabina. Todo puede ser. Es lo que la experiencia aconsejaba de igual suerte a los romanos para sostener los tajamares de sus puentes. Y en época no tan lejana, los historiadores locales apuntan que el antiguo puente de madera de San Francisco, ahí al lado, tenía asegurada la zona de cauce que cubría el puente, con recias estacas, para impedir que aguas torrenciales descarnasen peligrosamente sus estribos.
           
Pues eso; que las aguas del Guadalaviar bajan turbias, revueltas, entre sucios turbiones enrabietados  y con su pizca de sordo fragor, como cualquier río que se precie.

4 feb 10 (2).- La bufanda

Ayer descendimos hasta los 6 grados bajo cero. ¡Hay que protegerse! Estamos atravesando un invierno de los de antes, de los de verdad, y el frío arrecia.
 
Entre las prendas con que solemos abrigarnos del frío, la bufanda ocupa un lugar privilegiado. Y no sólo nos protegemos del frío con ella; tratamos al mismo tiempo de no dar facilidades a la aparición de congestionados constipados, tan frecuentes como temidos, que con el asma de la tos y la sucesión ruidosa de los pañuelos son la hez del invierno.

Los fabricantes no cesan de presentarlas con toda suerte de coloraciones; las hay humildes y como de luto, otras son francas y familiares de color amarillento o pardo, y no faltan los que las prefieren llamativas y chillonas, de tonalidad casi sangrienta. Al fin, es una prenda de vestir, por más que sui función primordial busque salvaguardarnos de la crudeza del frío y la aspereza del viento, ese látigo loco que blande y hace restallar los flecos del cierzo en la refriega invernal.

Las hay que no carecen de expresividad emocional, desde que los equipos de footbal han dado en proporcionar a sus acérrimos partidarios bufandas publicitarias del club con los colores e insignias distintivas.

Para los amigos que nos visitan desde tierras más cálidas, una bufanda es el regalo más socorrido. Yo concretamente colecciono bufandas.

4 feb 2010.- No siempre es fácil

Hay ocasiones en que, abotargado no sé por qué, la torpeza no te deja escribir nada coherente, aunque te empeñes en decir no sabes bien qué, porque es que no consigues ves claro el modo de poner en orden dos pensamientos. Renuevas el intento y tampoco esta vez ves la manera de que te plazca lo que escribes, y enojado, vuelves a arrebujar el papel y lo tiras a la papelera.

Cicerón aconsejaba a un amigo suyo que nunca contestaba a sus cartas alegando que no conseguía hilvanar razonablemente dos frases seguidas, que no se devanara los sesos, que escribiera eso mismo; que era suficiente. Lo importante era leer una carta suya, dijera lo que dijera en ella. Cicerón mismo tiene una misiva a su esposa Dolabella, resuelta con dos brevísimas oraciones en que le manifiesta, jugueteando con un mismo verbo, que él se siente bien si ella se siente bien, y que le desea que siga así: Si vales, ego valeo. Vale

No deja de ser una genialidad de un elegante escritor, en una lengua proclive como pocas a la concisión y la claridad. Admitamos que la lengua castellana es también una lengua rica y bella con la que se puede decir todo con similar elegancia. Menos cuando no tiene uno nada que decir, y la genialidad, huraña,  no te socorre. Yo, en más de un caso -los genios no andas sueltos- me inclinaría por recetar el consejo contrario: cuando no tengas nada que decir, no te preocupes; por favor, no digas nada.

Amén.

3 feb 2010.- Los melindres del lenguaje. Fruslerías

Me gustan las palabras. Las saboreo con fruición. Las estudio y desentraño para saberlas mejor y gustarlas relamiéndome con placer. No se me oculta que las palabras en sí mismas, solas y aisladas de la oración, no significan. Las palabras cobran significado propio y singular en el contexto sintáctico en que se integran. Fuera de la oración, son unidades dispuestas para ser usadas desde su sentido virtual mostrenco, que es lo que las capacita para significar, integradas en el conjunto significante. Antes no.

Aun así, me gustan las palabras por sí mismas. Podría escribir un vocabulario personal de las palabras que más me sorprenden cuando doy con ellas.

Hoy, leyendo no sé qué, me he topado con la palabra fruslería. Tiene su aquel. Fruslería quiere decir tanto como cosilla de nada, nadería, friolera, golosina. Uno, hablando sin ton ni son, puede pasarse tontamente el tiempo diciendo fruslerías. O sea, quien nos promete el oro y el moro sin ánimo de cumplir su compromiso, nos está prometiendo fruslerías; no deja de apalabrar fruslerías con nosotros. Los hay.

Yo creo que uno de los peligros del escritor prolífico que multiplica sin descanso artículo tras artículo por exigencias económicas o urgencias profesionales, está en trance de acabar escribiendo fruslerías que ni van ni vienen. Son esos textos insulsos que no dicen nada y están mal dichos.

Y así como quien se aventura a entrar temeroso en la peligrosidad de una cueva desconocida, se arma antes de una buena linterna que con que evitar riesgos y traspiés, el olfato de todo escritor ha de tener bien afilado su sentido crítico, donde contrastar la calidad de lo que escribe. No se trata de decir mucho o poco; importa decirlo bien. Nadie tilda de fruslería lo que está bien escrito.

Sí, sí. Ya sé lo que estáis pensando: ¡Médico, cúrate a ti mismo! De acuerdo. De acuerdo. Yo al menos os aseguro que procuro ser cuidadoso, que lo pretendo, y a mi manera lo voy intentando. ¡Mira! ¡A mi manera! Como Frank Sinatra.

2 feb 2010.- La torpeza del graffiti

Graffiti en una pared de un pueblecito de Baviera, Garmisch Pasterkirchen, en el que aparece San Antonio de Padua.

Ciertamente hay graffitis realizados en tiempo inmemorial por remotísimos predecesores nuestros en soterrados habitáculos y que un día emergen a la luz de la historia, para común sorpresa de todos, arañados por manos arqueológicas.

El hombre moderno aplaude con romántica fruición el gesto de la mano desconocida que nos legó su pequeña contribución al conocimiento humano, trazando unos graffiti en las paredes de antiquísimos habitáculos. No podía imaginar aquel anónimo sujeto el revuelo que un día levantaría su descocado atrevimiento. Y es que graffiti, los hay indecorosos en recónditas estancias como los de las letrinas de Pompeya.

De ahí a imaginar que todo garabato paleto hecho hoy en una pared será un valioso documento el día de mañana, hay un largo recorrido. No tiene mucho sentido presumir de graffitis que sólo consiguen ensuciar limpias paredes, a veces nobles y venerables paredes, o largos tapiales vírgenes, al propio tiempo que tiznan el paisaje ciudadano, como quien tacha glorioso los derechos de los demás. Son torpes tiznajos que afrentan el buen gusto y vulneran los usos cívilizados con que la humanidad ha venido haciendo comunidad y creando civismo.

Nada detiene a estos furtivos vikingos del garabato: puertas, mueble urbano, máquinas de tren, monumentos ciudadanos, cualquier superficie lisa es buena para el desdoro de plazas, escondidos rincones y temblorosas callejas de agazapada luz, como expresión de su zafia desconsideración y desprecio de sus congéneres. Es la degeneración de la estupidez y la arrogancia.

En compensación, existe también el artista callejero, buen conocedor de la paleta pictórica enlatada, que apunta calidades superiores propias del talento. Admiro la calidad de sus obras, ornato de paredes y calzadas peatonalizadas a las que dan prestancia, a veces efímera. Pienso en Eric Grohe, creador de mundos imaginativos en tapiales a través de los que se prolonga ensoñadora la ciudad, y en Julián Breaver, hábil ilustrador realista de aceras, que hacen museo al aire libre de la calle, desde la excelencia y el buen hacer de su fina formación artística..

¡Un aplauso admirativo a dos manos!

Graffiti de Eric Groghe

1 feb 10.- Los melindres de la vida

Los zarandeos inevitables de un viaje prolongado me dejan baldado. Será la velocidad que alcanza hoy día cualquier coche; los saltos y sacudidas imprevistas a que te someten los baches, esos aprendices presuntuosos de acantilado que destrozan la carretera, el caucho de las ruedas y el sentido común; los cambios de presión al pasar tan aceleradamente de unos cambios de presión a otros; los bandazos que sufre el mentido caudal de nuestra sangre al tomar las curvas más cerradas, como quien va de canto por la vida. Mira; no lo sé, pero mucho me temo que la causa sensible de estos desasosiegos haya que buscarla en estos bruscos empujones sesgados, propinados impunemente a esta naturaleza nuestra tan melindrosa.

¡Melindrosa! Bello adjetivo. Me gusta esta dulce palabreja. Melindre es término que se aplica a ciertas golosinas, uno de cuyos ingredientes sea la miel. Si no hay miel no hay melindre. Melindroso entonces es tanto como quejica, blandengue, quejumbroso, o algo así. Y digo yo. Si los viajes largos me dejan hecho unos zorros, ¿yo qué diablos tengo que hacer? ¿No viajan los ejecutivos, los novios y los emigrantes? ¿No viaja el papa y presidente de los EE.UU? ¿Qué he de hacer yo entonces? ¿No viajar? No es esa la solución satisfactoria. No soy de los que se trasladan de aquí para allá por gusto y caprichosamente. No viajo porque sí, sino porque no tengo otro remedio.

¡Melindre! Me gusta la palabreja. Aquella castellana entera, inquieta y voluntariosa que fue santa Teresa, decía que no le agradaban los melindres del lenguaje, o sea, que no le iba expresarse melindrosamente, a base de dulces recursos estilísticos para embellecer el lenguaje llano con que hablar a sus monjas. Pues, mira, a mí sí. A mí sí. Aunque aquí no lo demuestre. Por cierto, santa Teresa fue una viajera incansable, claro que eran otros tiempos...

1 feb 2010.- A lo mejor me equivoco

He visto un reportaje sobre un posible destello hológeno de inteligencia en unos monos de laboratorio, y me ha intrigado. Por otra parte, he leído también que esa moneda antigua que fue el talento, llegó a valer el equivalente de 35 kilos de metal precioso, y me ha sorprendido también. Un tesoro escasamente práctico hoy día, si moneda tan valiosa hubiera perdurado. ¿Quién lleva encima 35 kilos de oro fino para comprar qué? Claro que la moneda no pesaba tanto; sólo lo valía. Pesaba, y pesaba mucho en la sociedad el que poseía unos cuantos talentos.

En otro orden de cosas, también ha sido apreciable siempre y se evalúa más, quien llega a dar pruebas de que posee talento con generosidad y lo usa además con tiento y sana conveniencia. Evidentemente, se trata de otra clase de talento y una brillante forma de ser inteligente. Sólo que todavía ocupa un lugar más eminente esa otra facultad mental que llamamos genio. Nos podrá parecer que de tan cercanas se dan la mano, pero no: hay notable distancia entre lo uno y lo otro

Admiramos, por supuesto, al hombre listo que da muestras de poseer mucho talento, pero todavía nos llama más la atención la genialidad de quien es capaz de descubrir un teorema singular o intuye de manera sorprendente el principio de la relatividad. Hay espacio sobrado entre el proceder inteligente capaz de dar cierta notoriedad a unos determinadas logros, y la genialidad del que usa del talento de manera sobresaliente en aciertos artísticos o científicos. El Quijote no lo escribe un hombre de talento. El Quijote es una obra genial.

¿Qué sería capaz de escribir un mono?

Me aventuro en estas divagaciones, como quien se adentra en una desconocida selva inextricable, en razón de que unos investigadores dicen haber descubierto que los monos son especialmente inteligentes en determinados comportamientos y circunstancias. Yo creo entender que lo que realmente sorprende en ellos es que no carezcan absolutamente de inteligencia o intuición animal. Un mono es siempre un mono, con plátanos o sin ellos. Soy escéptico, ¿qué le vamos a hacer? Que haya ahí un atisbo de superioridad habilidad que apunta a remedos, ecos lejanos y borrosos indicios de lo que llamamos inteligencia, lo creo. Pero poco más. El talento, y no digamos el genio, queda aun lejos de supuestas llamadas titubeantes a las puertas de la sabiduría.

¡Quién sabe! No soy investigador. A lo mejor me equivoco.