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A pesar de los avatares y sucesivos expolios a que ha estado expuesto el convento, a lo largo de su historia, aún cuelgan de sus paredes algún que otro cuadro, sobre temas franciscanos y sobre nuestros mártires Juan y Pedro, en particular, casi exclusivamente. Los hubo pintados incluso sobre las mismas paredes de alguna de sus estancias, como uno que figuró en la sacristía, según nos lo describe la positio, documento elaborado para la solicitud de canonización de nuestros mártires, y que queda destruido el día 5 de febrero de 1899, cuando, en estado de ruina el edificio conventual, decreta el Ayuntamiento su demolición urgente. Representaba el cuadro a nuestros mártires acompañando a María y Juan, a ambos lados de Cristo crucificado. Se ignora quién pudo ser su autor. Hubo asimismo una habitación donde Jaime I fue atendido por los religiosos cuando, muy enfermo, regresa de la toma de Murcia y recala en Teruel, donde cura milagrosamente. En conmemoración de tan señalado hecho, las paredes de la sala mostraban los distintos episodios de su curación prodigiosa, ocurrida durante el sueño del monarca, gracias a la intercesión de san Luis, a quien el rey tributaba rendida devoción. Destruido el convento por D. García, en 1392, para dar lugar a otro más amplio, junto a la nueva iglesia gótica, la habitación resultante en el lugar de aquella, fue de nuevo pintada con los mismos motivos, ya en el siglo XV. También ésta desaparece sin dejar rastro, en la obligada demolición del convento, como se recuerda en obra reciente Jesús Martínez Verón (El modernismo en Teruel, Inst. de Estudios Turolenses, 1998, pág. 128). Dispone la demolición el Ayuntamiento, y lo curioso es que la obra la lleva a cabo Pablo Monguió, el mismo arquitecto municipal, que lleva luego a cabo la edificación de las escuelas y almacén municipal, hoy Archivo del municipio, que los franciscanos construyen, a expensas de Dª Ricarda Sánchez, bienhechora franciscana, de feliz memoria, a fin de recuperar, a cambio, la antigua Iglesia de San Francisco y el solar del convento, que venía usándose como almacén municipal, ampliado el solar conventual con la compra de una casa en la parte anterior del mismo. Tenemos descripción de alguna obra, que las que desaparecen en la invasión francesa, cuyo ejército ocupa iglesia y convento, para convertirlo en caballerizas. Merece recordar la obra que hace pintar el obispo D. Tomás, para agradecer un gran favor debido a nuestros mártires, y que ocupaba el antiguo retablo gótico con que se inaugura la iglesia por el bienhechor D. García, arzobispo de Zaragoza, retablo gótico que, una noche, aún en el siglo XV, contra todo pronóstico, había caído desplomado con gran estrépito, silenciosamente herido por la carcoma. Ignoramos qué incidencia pudieron tener en nuestro patrimonio las guerras carlistas, período del que no constan datos en nuestros documentos. Tampoco resultó ser muy benigna la exclaustración, largo período en que desaparecen obras como la verja del presbiterio, el artesonado de la sala de la Tercera Orden o el arco gótico de piedra de la puerta que daba acceso a la iglesia desde la sacristía. La guerra civil del 36 consuma el expolio de obras de arte, con la desaparición de los cuadros más valiosos y antiguas imágenes, tratadas como botín de guerra, que venían presidiendo los altares laterales e incluso el altar mayor. Los cuadros de que se disponen en la actualidad, son más bien escasos y de irregular valoración, todos ellos muy estimados por la comunidad religiosa por su temática y antigüedad..
Inocencio III aprueba la Regla de San Francisco Enumeremos, al menos, los más sobresalientes:
En el claustro cuelgan los dos restantes:
Muerte de San Francisco
Existen dos cuadros de Manuel Diago, pintados con motivo del centenario de san Francisco, en 1926, que ocuparon largamente los muros laterales del presbiterio de la iglesia, y que, por no responder al estilo gótico de la misma, fueron trasladados, en 1978, al hueco de la escalera del convento que comunica la sacristía con el claustro superior, únicos muros que podían dar cabida a obras de tal magnitud, 520 cm x 260 cm. Uno de ellos muestra a san Francisco en el momento en que Inocencio III confirma la Regla o forma de vida de los Frailes Menores, en 1217, con cuyo espaldarazo, podía ya Francisco enviar a sus frailes a predicar por toda la cristiandad, sin el temor de ser confundidos con herejes que vestían tan pobremente y predicaban igualmente por calles y plazas de los pueblos. El otro, de las mismas dimensiones, representa La muerte de San Francisco, rodeado de sus hermanos. Manuel Diago, según me comunica el P. Benjamín Agulló,
cronista oficial de la Provincia franciscana de Valencia- Aragón,
fue un notable pintor valenciano, profesor de la Escuela de San Carlos,
muy relacionado con la Orden franciscanos, que pintaría también,
el 10 de enero de 1946, tres lienzos para la capilla de san Antonio, en
la iglesia franciscana de San Lorenzo de Valencia, “que son una
maravilla de colorido, ejecución y arte en la elección de
los asuntos de la vida del santo desarrollados”(Crónicas
del convento de San Lorenzo). Górriz, pintor turolense contemporáneo, tuvo a bien perpetuar un milagro obrado sobre sí mismo, aún bebé, de cuando, enfermo, su madre acude al pozo de los mártires, cuya agua le salva. Tanto en el claustro como en el antiguo refectorio de los frailes, cuelga cuadros suyos Alfredo Colás, religioso franciscano de la comunidad, natural de Xátiva, que en varias ocasiones ha expuesto cuadros suyos en la ciudad. AMF.
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