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Alguien dijo que somos lo que somos, determinados
siempre por lo que nos rodea y circunstancia. También las cosas,
cuando alcanzar notoriedad y nos acompañan de manera decisiva en
el itinerario personal de la gente.
El entono determinante del convento es como el mapa histórico
que le ha venido dando carácter y servido de marco caracterizador,
a lo largo de su historia y el devenir de quienes lo habitaron. No es
de extrañar que también los elementos más relevantes
del entorno conventual posean también su pequeña historia,
que no es aconsejable olvidar, y que dan sentido a la ciudad donde las
obras monumentales tienen su asiento.
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Palacio hasta donde se
extendía la huerta del convento |
La huerta del convento
Al oeste del convento, los religiosos dispusieron siempre de una porción
de tierra laborable, para subvenir al propio sustento con los productos
de su cultivo.
Es lo que queda de las tierras que les facilita el propio D. García,
al construir iglesia y convento, junto con unas casa que poseía
detrás de la iglesia, con sus terrenos, que, bordeando el Hospital
de San Marcos, llegaban hasta la Andaquilla, a los que se refieren los
documentos como el Huerto e los Frailes.
Hubo incluso el usufructo de una porción de huerta, propiedad
de los monjes de Silos, a quienes anualmente se hacía un donativo
en especie, llevado hasta Santo Domingo por dos religiosos.
Perdidas todas esas posesiones con la desamortización de Mendizábal,
los religiosos deciden en 1903, reconstruido de nuevo el convento al regreso
de los religiosos, adquirir de nuevo una franja de tierra, para su manutención,
mediante el adecuado laboreo, que hoy día es el reducido huerto
conventual.
En estos mismos días de 2005, parte de lo que fueron solares
de la antigua Huerta de los Frailes, frente a la Andaquilla, está
en pleno período de construcción de un amplio bloque de
viviendas.
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Calle de san Francisco |
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Camino de la Moratilla
en invierno (óleo) |
La calle de San Francisco
La calle de San Francisco nacía en la puerta de Zaragoza, junto
al antiguo convento de los Carmelitas Descalzos, en las inmediaciones
del Óvalo, y bajaba hasta el antiguo barrio de San Francisco, en
que se enclavaba el convento.
La historia de las calles es a menudo la de los cambios de mentalidad
y consideración que se las tiene ellas, de modo que los sucesivos
nombres con que se las denomina, marca etapas de opinión sobre
lo que es la modernidad en cada tiempo.
Carlos Hernández, desde más acá, en un librito que
tituló Teruel, Cien calles con historia, Teruel, 1991, recordaba
cómo, al término de la primera guerra mundial, se le asignó
el nombre de Los aliados, lo que indicaba el bando preferido por la política
oficial. En el año 1920, juntamente con el Óvalo, conocido
oficialmente como Paseo de la Infanta Isabel, se decide adoquinar la calle,
“como mejora de la travesía entre las carreteras de Tarancón
y Zaragoza con las de Alcañiz y Valencia.
El día 22 de julio de 1931, el ayuntamiento republicano salido
de las urnas establece dejar constancia del acontecimiento, poniéndole
el nombre de Avenida de la República, que perdura hasta que, el
31 de mayo de 1937, en plena guerra civil, el Alcalde Jaime Maicas vuelve
a reponer el antiguo nombre de San Francisco, con que es conocida por
todos.
Calle de los Santos Mártires
La calle que conocemos por Santos Mártires, queda un tanto a
trasmano del convento. Sólo que moral y culturalmente forma parte
de nuestro contexto histórico.
Le da nombre el hecho de haber habitado provisionalmente una de sus
casas nuestros dos mártires, antes de obtener la ermita de San
Bartolomé. La casa queda marcada por una hornacina cuyos azulejos
representan a nuestros Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato. La calle
queda entre Chantría y San Miguel.
Fue la ciudad quien instituyó la fiesta anual con que, a finales
de agosto, se conmemora la memoria de ambos mártires, con cuyo
motivo, la procesión que recorre una buena parte de la ciudad,
recogiendo a las autoridades civiles y religiosas y a los niños
más pequeños, beneficiarios privilegiados de los santos,
se detiene silenciosamente ante la susodicha casa, para recordar que allí
moraron nuestros santos, recién llegados a la ciudad.
A. M. ofm.

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