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Alguien dijo que somos lo que somos, determinados siempre por lo que nos rodea y circunstancia. También las cosas, cuando alcanzar notoriedad y nos acompañan de manera decisiva en el itinerario personal de la gente.

El entono determinante del convento es como el mapa histórico que le ha venido dando carácter y servido de marco caracterizador, a lo largo de su historia y el devenir de quienes lo habitaron. No es de extrañar que también los elementos más relevantes del entorno conventual posean también su pequeña historia, que no es aconsejable olvidar, y que dan sentido a la ciudad donde las obras monumentales tienen su asiento.

Patio de la Colmena

La Colmena

La Colmena es un gran edificio de ladrillo rojo, de cara vista, con planta en forma de herradura irregular e incompleta, en torno a un patio interior, abierto a la calle, con arbolado.

Sus amplios ventanales dan al río Guadalaviar, hacia el oeste, y queda ceñido por la plaza de San Sebastián y el convento al norte, la calle de los Molinos al este, y la plazoleta del puente nuevo y el arranque de la de San Francisco al sur.

La Colmena fue construida inmediatamente después de la guerra civil por Regiones Devastadas, y la escasa dimensión de sus viviendas, la consiguiente densidad de la comunidad de vecinos que la habitaban y la nutrida chiquillería, fue lo que motivó el nombre con que popularmente se la conoce.

Su patio interior bien puede servir de índice significativo de los cambios sociales que ha sufrido nuestra sociedad, desde aquellos años difíciles de la postguerra española. Allí jugueteaban los niños en constante algarabía, el tiempo de ocio que les permitía la asistencia a clase, el las aulas del convento próximo, que se convirtió para ellos en una prolongación de su casa. Aún recuerda la gente el nombre casi mítico del padre Francisquito, y los de fray Estanislao, fray Alfredo Abad, A. Orengo, etc.

El paso del tiempo, el desarrollo de los 60 colocó en sus aledaños los primeros seiscientos. La transición política y años de prosperidad fue invitando a sus vecinos a adquirir viviendas más confortables en el ensanche de la capital, al tiempo que disminuía sensiblemente el número de niños por familia.

Hoy el patio interior de la Colmena es un recinto silencioso, donde la zona de recreo y expansión de los chavales, se ha convertido en estrecho aparcamiento de coches de los vecinos. Pero sigue siendo la Colmena para todos, principalmente para quienes recuerdan con añoranza los años de feliz infancia vivida en tan privilegiado enclave como es su situación ante el río y la parte arbolada de esa parte de la vega de la Moratilla.

La línea férrea frente al convento

El ferrocarril

Exponente de modernidad y progreso del barrio del Carmen, en que se sitúa el convento, fue desde siempre la línea férrea del tren que pasa a pocos metros de la fachada del convento, a los pies de la ciudad turolense. Un ferrocarril ruidoso en su antigua estructura, asentadas las vías sobre traviesas metálicas, con intersecciones de tramo en tramo en la vía, con que se facilitaba la dilatación del metal en época estival. Negras máquinas de vapor con distintivos rojos y el consabido botijo a un lado del compartimento de los maquinistas para refrescar el viaje, transitaban con más escándalo que velocidad a lo largo de sus vías relucientes.

El Anuario Estadístico de España de 1921-22 asignaba a la Compañía de Ferrocarriles del Sur de España la línea Calatayud a Teruel y Valencia (Grao), y la compañía Valencia y Aragón tenía en explotación sólo 32 kilómetros, un promedio de 600 viajeros y 115 toneladas transportadas.

En años de postguerra, viejos vagones de madera atestados de mal acomodada gente, que incluso llenaba hasta la angosta la plataforma exterior del vagón, apesadumbraban el cansino recorrido desde Teruel a Valencia o a Zaragoza.

Quién no recuerda la estampa de aquellas viejas máquinas negras, entre resoplidos de blanco vapor, sobre todo al esforzar todos sus músculos por emprender a duras penas la marcha en la estación, o coronadas, en viaje por los campos de pan llevar, por un delgado penacho de humo, mientras un agudo silbido traspasaba la noche, marcando lejanías.

Automotores como el Intercity atenuaron las incomodidades del viaje y aceleraban el ritmo cansino de los trenes ordinarios, con mejoras contra las temperaturas extremas de la zona.

La conversión de la calidad de la línea en regional, contrajo de inmediato un descenso notable en el transporte de mercancías y el consiguiente envejecimiento de su estructura, y dieron la voz de alarma los crecientes y peligrosos descarrilamiento.

La moderna conversión en vía rápida hasta Zaragoza y la mejora de toda la línea desde Sagunto, ha desterrado el molesto traqueteo. Así y todo, no parece que la alta velocidad prometida por unos políticos, llegue a comprometer del todo a quienes ahora acortan ya la duración del viaje, desde Teruel a Valencia o a Zaragoza. En todo caso, las recientes aspiraciones a un tres de alta velocidad a Madrid, han quedado aparcadas Dios sabe si para siempre.

Río Guadalaviar en invierno (óleo)

El río Guadalaviar

El Guadalaviar es nuestro eterno acompañante, a pocos metros de la fachada del convento, y a las veces, nuestra pero amenaza, cuando sus aguas crecen de modo que su fragor se acentúa de modo alarmante, y llegan a salirse de madre, inundando lamentablemente iglesia y convento.

El río Guadalaviar recibe también los nombres de Turia o Blanco. Tiene sus fuentes en los Montes Universales, concretamente en la Muela de San Juan, en el término de Griegos, y hasta Albarracín, su cuenca es abrupta, estrecha, lo que le imprime rapidez. A lo largo de su trayecto hasta San Blas, va recibiendo afluencias de arroyos como el de Monterde y Bezas. Antes de alcanzar Teruel, recibe al río Alfambra (ár. rojo) llamado así por las aguas arcillosas que lo suelen teñir de rojo.

Las vegas que acompañan al Guadalaviar, a su paso por Teruel, además de enriquecer la agricultura local, embellecen el entorno paisajístico de la ciudad. Desde los puentes Nuevo y de San Francisco, aguas arriba, la vega recibe el nombre de Moratilla, diminutivo del étimo morata (amurallada), que bien puede aludir a alguna zona cercada, en el pasado, que le dio nombre.

Las sendas de sus orillas, a la sombra de los árboles que la bordean, suelen servir como zona de ocio, para pasear, cuando no para el ejercicio de la pesca.

Pasado Teruel, tuerce hacia el este y dirige su curso hacia Villel, Libros y Cuenca.

A. M. ofm.