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Alguien dijo que somos lo que somos, determinados siempre por lo que nos rodea y circunstancia. También las cosas, cuando alcanzar notoriedad y nos acompañan de manera decisiva en el itinerario personal de la gente.

El entono determinante del convento es como el mapa histórico que le ha venido dando carácter y servido de marco caracterizador, a lo largo de su historia y el devenir de quienes lo habitaron. No es de extrañar que también los elementos más relevantes del entorno conventual posean también su pequeña historia, que no es aconsejable olvidar, y que dan sentido a la ciudad donde las obras monumentales tienen su asiento.

Puente de san Francisco
Fuente de los chorros

El puente de san francisco

El puente de San Francisco ha sido siempre un elemento relevante en el contexto ciudadano de nuestro convento. Queda a pocos metros de la fachada del convento, y daba fácil acceso, sobre el río, a la carretera de Zaragoza, desde la que venía de Cuenca.. Es comprensible que , desde sus inicios, fuera tenido siempre por el puente de San Francisco, dada su proximidad a nuestro convento e Iglesia.

El puente nuevo, alzado a escasos metros, durante la postguerra española, aguas abajo del de San Francisco, sobre el río Guadalaviar, ha convertido el antiguo puente en simple pasarela para viandantes. Precisamente por eso, merece la pena desempolvar su historia, hoy más que nunca, y prestarle un poco de atención.

No se sabe de cuándo data su construcción más primitiva; sólo que era de madera.

Vidal Muñoz nos cuenta una antigua leyenda, probablemente fraguada sobre un hecho real, la leyenda de Dª Elvira.

Dª Elvira era una joven sobre la que recaían las miradas de varios pretendientes, con uno de los cuales acaba por casarse, y establece su morada en Villastar, pueblecito que dista apenas de la capital. Poco duró su felicidad, porque el esposo, al regreso de uno de sus desplazamientos a Teruel, es asesinado sin más por uno de los despechados pretendientes, justamente en el puente de San Francisco.

La joven esposa, desolada, manda construir otro puente, aguas abajo, a no mucha distancia, para evitar cruzar más el de San Francisco. Es el puente de Dª Elvira (Vidal Muñoz García, Teruel Medieval, Teruel, 2003, p. 109).

Las noticias más antiguas de que se disponen dicen que “En 1540 la ciudad hizo la puente de San Francisco”. La minuta en que se especifican las condiciones a que han de atenerse sus constructores, se fija la fecha de 24 de agosto de 1542, día de San Bartolomé, como límite para su entrega a la ciudad (Cuadernos de investigación histórica, nº 19, Madrid, 2002)

No era así el puente original, sino una reforma del existente con anterioridad, a fin de renovarlo y dotarlo de mayor solidez.

El puente, según la “Capitulación y concordia fecha, tractada entre los magníficos Gil e Pero Sánchez Gamir y Miguel de Ferrero, Regidores de la present Ciudat”, establecen cuáles han de ser sus dimensiones: catorce pies de ancho por las que tiene el puente anterior, de calzada a calzada. El número de arcadas lo será de nueve, de ocho pies de largo. Un azud empedrado consolidará el suelo del puente hacia delante y hacia del puente, “de seze palmos de largaria la parte de arriba y la parte baxa de vinte piedes”. Para los pilares se empleó madera cuadrada de a palmo, reforzados con otros pilares “de la parte de denbasquinado”.

No es fácil especificar la forma y altura del puente, porque se dan como referencia las del puente de Doña Elvira e incluso las del puente anterior que con él se refuerza, sustituyendo madera vieja por nueva.

Merece la pena consignar el aprecio que se tenía de las maderas de Albarracín, que son las que se emplearon para los pilares y para cubrir la calzada del puente, madera que había que cortar “en la creciente” del mes de enero., e igualmente la madera de Gasconilla, para las zonas que tenía que cubrir el agua. Parece ser que el puente tenía puertas en cada extremo.

El puente pasa a serlo de piedra un siglo después, construido en seis años, desde 1534 a 1540, el más sólido de los dos de que disponía la ciudad para cruzar el río.

En 1868 , siguiendo la novedad técnicas de la construcción en hierro, que acredita el ingeniero Eifel en la exposición e París, el puente de San Francisco se transforma en un moderno puente metálico, con altos barandales curvos, apoyado en hermosos estribos de piedra de sillería con molduras en los bordes superiores, que admitían dos ojos laterales, complementarios del central, más amplio, y una logia de sucesivos ojos cuadrados en la parte exterior, más allá del río, bajo la carretera que conduce a Cuenca, para desaguar con más holgura el caudal del agua excedente, en casos de inundación de las huertas de la Moratilla.

La guerra civil de 1936 dinamitó el puente, dejando hundidos los varales de hierro que lo sustentaban, a fin de reforzar las defensas de la ciudad sitiada, y ya no fue reconstruido, al quedar sustituido su uso por el de otro de obra muy cercano, aguas abajo, por el que transcurre la carretera de entrada a la ciudad.

Durante muchos años, con posterioridad a la guerra, el de San Francisco quedó convertido en un puente pontonero provisional, y hoy en día, en una pasarela de circunstancias, de atropellada factura, cuyas descarnadas vigas de cemento se apoya en los antiguos estribos de piedra noble del puente de hierro. Es apenas una reliquia de lo que fue joya típica y sentimental del entorno franciscano de Teruel.

Como siempre, lo que la ciudad gana en modernidad, lo pierde en sensibilidad y encanto.

Jardín de la plaza san Sebastián

La acequia del rey

Bordeando el ábside de la iglesia de San Francisco, corren aún las aguas de la Acequia del Rey, y junto a los venerables muros, hoy día apoyado en sus muros, se alza el molino que toma su nombre de la acequia, de propiedad particular.

Su situación e inconvenientes, que aún perduran, han dado lugar a sucesivos litigios, porque sus humedades perjudican seriamente la integridad y aguante de la propia iglesia, cuyos sillares situados en el presbiterio se van desmoronando sin remedio.

Hoy el molino, por su interés comercial, entra en el perímetro de la zona conventual, declarada recientemente, en marzo de 2004, Bien de Interés Cultural, por el Servicio del Patrimonio Histórico Artístico de la Diputación General de Aragón.

“Los molinos, dice bien Vidal Muñoz, eran un instrumento de trabajo y poder”, hoy día reducidos a ruinosos caserones, arrumbados junto a regatos y ríos, las más de las veces, sustituidos por modernas fábricas de harina, que los han ido dando de lado.

Hoy es triste que, en lugares ciudadanos, se vean convertidos, a veces, en lugares de diversión nocturna, para mayor incomodo de vecinos, como es el caso del Molino del Rey

Los jardines

Delante del convento y ante la fachada lateral de la iglesia, unos breves jardincillos dan color y frescura al entono inmediato del convento, para mayor ornato del templo y solaz del vecindario. Al jardín lateral, decide el Ayuntamiento darle el actual aspecto ajardinado, para evitar, se decía en el oficio enviado a los religiosos, que se llegue un día a edificar en el solar y para ornamentar la zona, previo el permiso de los religiosos, propietarios del lugar ajardinado.

En época reciente se ha dotado a este entono ajardinado del oportuno riego subterráneo.

A. M. ofm.