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El de San Francisco de Teruel es uno de los
primeros conventos franciscanos que se fundan a principios del siglo XIII,
todavía en vida de san Francisco de Asís, junto con el de
Lérida, en cuya fundación estuvieron presentes nuestros mártires,
Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato, antes de bajar por Fraga hasta Teruel,
en 1217.
La fundación en Teruel fue obra providencial del encuentro de
nuestros patronos con el capitán Martín Garcés de
Marcilla, durante el camino a España, en cumplimiento del mandato
de San Francisco, que envía a sus frailes a predicar el evangelio
por toda Europa.
El capitán turolense encomienda, al grupo que preside Bernardo
de Quintaval, que no duden de establecerse en Teruel, dándoles
a este fin cartas de favor para que sean debidamente atendidos por su
familia y autoridades locales. Suya es la idea de esta fundación
y tal vez las tierras donde quedaba la ermita románica de San Bartolomé
donde se acogen nuestros santos, en la vega del río.
Pocos años después, concretamente en 1220, fray Juan Parente
se establezca en Zaragoza y, al frente de todos los franciscanos españoles
por disposición de san Francisco, en el primer capítulo
que se celebra en España, organizado por él, crea la Provincia
Franciscana de la España cristiana, articulando así todos
los conventos dispersos por la península, que uno tras otro, con
rara celeridad, iban fundando los seguidores de Francisco de Asís.
El capítulo llegó a reunir más de doscientos religiosos.
El establecimiento en Zaragoza de la primera cuna franciscana española,
explica que desde sus orígenes, la Provincia franciscana de Aragón
fuera la más extensa de todas, de modo que llegó a comprender
todo el espacio de lo que, con el paso del tiempo, serían sus Custodias
de Valencia, Cataluña y Mallorca, más tarde convertidas
en provincias independientes.
La peste que asola España por los años de 1348, merma
igualmente el número de religiosos, hasta el extremo de quedar
alguno de ellos sin hermanos. Así el de Zaragoza, que durante once
años estuvo "desierto", como cuenta el historiador José
Antonio de Hebrera.
Suerte
pareja corrieron los demás conventos que entonces constituían
la Provincia de de Aragón, que, sin contar las custodias, eran
los de Zaragoza, Tarazona, Teruel, Daroca, Calatayud, Huesca, Jaca, Sariñena,
Barbastro, Moinzón, Borja y Ejea.
Durante los años de declive que va imponiendo la peste, es el
P. Berenguer de Obón quien recibe a los nuevos novicios, sin demasiadas
exigencias, forzado por la necesidad de cubrir bajas, lo que contribuye
a la dejadez en la observancia, hasta que le sucede el P. Martín
Sebastián (o de Logroño), quien, por fin, se dedica por
entero a reparar el desdoro de la espiritualidad relajada.
Era ministro general a la sazón, elegido en el capítulo
de Verona, fray Guillermo Farinerio, y ministro provincial el P. Raimundo
de Baso.
Faltos a veces de superiores que ejerzan su oficio con la debida gravedad,
de educadores y modelos autorizados, y rotas las costumbres propias de
una comunidad bien constituida, la impotencia ante la relajación
de la vida religiosa, contribuye a que cunda el desánimo entre
los mejor dispuestos para la vivencia de la antigua espiritualidad en
común. Es la razón por la determinados religiosos, ganosos
de mantener en su entereza la forma de vida originaria, se recogen en
eremitorios donde mantener viva la vivencia evangélica.
Empiezan a distanciarse entonces la vida en los conventos de la que
rige en los eremitorios, lo que da origen a la denominación específica
de observantes y de conventuales o claustrales, voz que tiene su origen
en 1252, en una concesión del papa Inocencio IV, para las iglesias
de nuestros conventos, para que gocen del privilegio de las colegiatas.
Es el comienzo de divergencias que acabarán dividiendo la orden
en Conventuales y Observantes o Frailes Menores, desde 1418, cuando Martino
V, en el concilio de Constanza, firma un decreto fijando tal diferencia.
No cesan por eso los desajustes entre unos y otros, por lo que, para
superar diferencias, en1517, el papa León X, mediante la llamada
bula de unión, quedan definitivamente separados conventuales y
observantes: El papa, con tal ocasión, hace entrega a los observantes
de los sellos de la Orden, y los privilegios de precedencia y sucesión
legítima, por línea directa de nuestro Padre San Francisco.
La medida trae consigo un nuevo ajuste e intercambio de conventos, de
modo que, de mutuo acuerdo entre unos y otros, el convento de Teruel lo
retienen los conventuales, al tanto que su comunidad pasa entonces a ocupar
el de Daroca.
Ocurre que, en 1567, el rey Felipe II expulsa de sus reinos a la familia
conventual, cuyos conventos pasan de nuevo a los franciscanos observantes,
si bien se concede que quienes quieran integrarse en los franciscanos
de la observancia, aceptando su forma de vida, puedan hacerlo sin mayor
dificultad.
En muy buena parte, antes y después, la historia del convento
de San Francisco de Teruel corre pareja con la de sus mártires
fundadores y la de la devoción a sus reliquias y el poder de su
intercesión ya siempre.

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