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Es sabido que los canteros medievales signaban sus piedras sillares, como certificado de obra para proceder al cobro de su trabajo. En la Iglesia de San Francisco, el número de canteros fue considerable, dadas las prisas que el arzobispo de Zaragoza, D. García Fernández de Heredia confiere a la construcción del edificio, con dos arquitectos, Conrat Rey y Gonzalo de Vilbo, a quienes sirven cuadrillas respectivas de canteros, de modo que se da por concluida la obra en diez años, desde 1392 a 1402. Es la razón de la proliferación de signos lapidarios que figuran en los sillares de dicha iglesia. No todos los sillares muestran la esperada marca correspondiente, porque queda oculta en caras cubiertas, y en ocasiones, porque han desaparecido por corrosión de la piedra o alteración de su superficie; no hay que olvidar que, en siglo XVII, la iglesia fue recubierta con obra de yesería, para configurar una iglesia barroca en su interior. La dificultad de acceder a la parte superior de los muros, impide, además, comprobar qué signos son los que aparecen en ella. Con todo, en la parte de los muros que dan al claustro, recubiertos de yeso desde el regreso de los religiosos a su convento en 1901, figuran hoy al descubierto, y muestran las señales de cantero que Ángel Solaz Villanueva, estudioso de este quehacer medieval, a quien seguimos en muy buena parte, desconoció. Ángel Solaz hizo un estudio de los signos que aparecen en nuestra iglesia y cuenta, por cálculo de aproximación, hasta 30.472 sillares, de los que 25.000 muestran visible su marca. Las dimensiones de los sillares son variables; los hay de 72 cm. por 32, pero “abundan los de 48,52 y 65 cm por 30, 31, 32, 33, 34, 35, 36, 37 de anchura”. La localización del signo en el sillar es también variable; la mayoría marcan el signo en el centro. “Lo que sí observamos es la constante de colocar la marca en sitio visible y no sólo a efectos de numeración, para recibir posteriormente el rendimiento del trabajo realizado. Ángel Solaz advierte que la colocación de la piedra en el muro, conserva la posición original de la marca, y todavía observa que los rasgos que estructuran los signos, son siempre rectilíneos; no hay rasgo curvo alguno en su composición y que su profundidad en la piedra es mínima. Ángel Solaz cuenta hasta 39 marcas distintas de cantería, lo que habla de la abundancia de canteros empleados en la obra. De ellos, los hubo de origen extranjero, a quienes asigna los de trazo más amplio y viril; de origen nacional serían los de figuración más reducida.
Comparando los signos lapidarios de nuestra iglesia con los de otras localidades, hay coincidencias con signos de las catedrales de León, Lérida y Zamora, y de manera destacada, “de los 39 de los signos lapidarios que encontramos en la iglesia de los Padres Franciscanos de Teruel, 9 de ellos coinciden con otros tantos de los 28 que encontramos en la excolegiata de Mora de Rubielos”, e igualmente en “los paramentos interiores del fantástico castillo de la villa de Mora, lo que ha hecho pensar a algún investigador que los arquitectos que trabajaron en nuestra iglesia, pudieron ser los mismos que trabajan después en Mora de Rubielos. Nota. Seguimos en este artículo a D. Ángel Solaz Villanueva, Los signos lapidarios en la iglesia de los padres franciscanos de Teruel, de la revista Teruel, nº 52, Teruel 1974, pp.33-42
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