|
|
|
|
11237 |
La muerte del arzobispo de Zaragoza, y antes obispo de Vich, tiene argumento sobrado como para nutrir de intriga y suspense una novela de aventuras. Todo arranca de la situación anómala que sufre Aragón a la muerte sin herederos del rey D. Martín I el Humano, en febrero de 1411. No dejaba hijos varones que le puedan suceder, muerto con anterioridad D. Martín, en Sicilia, el único infante que tuvo. Las ambiciones políticas de los presuntos herederos al trono, urden la trama de las pretensiones encontradas, y no tardan en presentar sus derechos a la corona el conde de Urgel, por su ascendencia real con la familia real aragonesa, el duque de Gandía, por iguales razones, y el infante Fernando de Antequera, sobrino del rey muerto. Puerta del claustro a la iglesia con escudos de D. García. En Barcelona y Aragón se reúnen en parlamento los nobles más eminentes del condado. Los catalanes logran unificar criterios y destacan representantes a Valencia y Aragón, en tanto que en el reino aragonés, reunidos en asamblea, durante meses, sus nobles más representativos en Calatayud, no consiguen conciliar criterios. D. García es uno de los que empeña su autoridad en inclinar la balanza a favor de las pretensiones del infante D. Fernando de Antequera. En la asamblea de los tres reinos, D. Antonio de Luna, uno de los mayores señores del reino, como lo define Zurita, de sangre real por línea materna, hombre belicoso que tanto guerreó contra la noble familia de los Urrea, a raíz de haber nombrado el rey lugarteniente al conde de Urgel, toma partido por el conde en nuevas discordias con los Urreas, lo que ocasiona que haya de acompañar al conde en su vuelta a Cataluña. Muerto el rey, trata en vano D. Antonio de tomar parte en la Asamblea de Calatayud, donde participa el señor de Urrea y el arzobispo D. García se distingue en la defensa a ultranza en favor del infante D. Fernando de Antequera. Durante el regreso a Zaragoza del arzobispo, le sale al camino el emisario D. Antonio de Luna, a la altura de La Almunia de Doña Godina, en un desesperado intento por vencer la obstinación de D, García y obtener del prelado el apoyo del conde catalán, a lo que el arzobispo se niega en redondo. No hay arreglo posible, los ánimos se encrespan y el noble catalán, despechado, asesina sin más al prelado. La persecución del asesino no se hace esperar y, perdidos sus hombres en sucesivas refriegas, logra huir, amparado en la montaña. Aún aparecerá su nombre en nuevas discordias y huidas vergonzosas, hasta desaparecer como esmerilado por la historia. Después de un primer intento de terciar el agraviado infante de Antequera en el castigo de los asesinos del arzobispo, el buen sentido consigue calmar los ánimos encrespados de aragoneses y catalanes, para llegar a un arreglo inevitable, reunidos a este fin en Alcañíz. Allí aparecen lo más granado de la nobleza aragonesa: D. Juan Fernández de Hijar, señor de la villa, micer Gil Ruiz de Lihori, baile del reino, Juan Jiménez Cerdán, justicia mayor, los Urrea, los Luna, y fuerzas que mantuvieran el orden, como las que manda D. Martín Martínez de Marcilla, de Teruel. Se establece que nueve representantes, a partes iguales, de Aragún, Catañuña y Valencia, evalúen los derechos que asisten a los tres pretendientes. Defienden la causa aragonesa D. Domingo Ram y Lanaja, obispo de Huesca, el ilustre letrado D. Berenguer de Bardají y el cartujo turolense D. Francés de Aranda.
Sepulcro de D. García en el presbiterio de la iglesia. Los catalanes quedan representados por el jurista Guillén de Vallseca, el obispo de Tarragona D. Pedro de Segarriga y D. Berbardo de Gualbes, conseller de Barcelona. Valencia había destacado a los hermanos fray Vicente y Bonifacio
Ferrer y al letrado Pedro Beltrán. Fray Vicente Ferrer visitaría Teruel poco después de este evento y todavía volvería otra vez, más tarde.
|