Los Santos Mártires predican al pueblo

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La familia franciscana de Teruel ha estado, desde siempre, muy vinculada a la familia de los Marcilla. Ya antes de que nuestros mártires, enviados a España por san Francisco y presididos por Bernardo de Quintaval, pudieran imaginar que su destino en España fuera concretamente Teruel, conocen en Italia, durante el trayecto, al capital Martín Garcés de Marcilla.

El famoso capitán debió cruzarse con ellos y al enterarse de cuál es su propósito de dirigirse a España, les encamina a Teruel, indicándoles el camino a seguir, por Lérida y desde ella, donde fundan, por Fraga, hasta aquí, para lo que les da cartas de favor que entregarán a su familia, tal vez a sus hermanos Fermín y Alonso, y a las autoridades, quienes les dan la ermita de San Bartolomé, junto al río.

No está claro que sea el mismo Martín Garcés de Marcilla que en 1238 casaría con Inés Fernández de Heredia, y que junto con sus hermanos, Fermín, señor de Torre Alta, y Alonso, Señor de Mascarell y Consejero de Jaime I, intervendrían notoriamente en la conquista de Valencia.

Su padre, Sancho García de Marcilla, casado con Inés Pérez de Cabrero , era hermano del famoso D. Diego, amante de Isabel Segura. D. Martín sería, pues, sobrino de D. Diego.

Quiere decirse, también, que la familia de los Garcés de Marcilla y la de los Fernández Heredia, procedente de Munébrega, Calatayud, quedan vinculadas entre sí desde esas fechas, entre sí, lo que explicaría la común devoción de unos y otros a nuestros mártires, de singular importancia para la historia de nuestro convento e iglesia, ya que uno de sus descendientes. D. García Fernández de Heredia, arzobispo de Zaragoza, es el promotor de la actual iglesia, pensada por él como iglesia mortuoria, y donde está enterrado, en lado derecho del presbiterio.

Nada tiene entonces de particular que, de un lado por su relación familiar, y de otro, por la tradición entre la Orden y ambas familias, en una de las capillas del templo figure como propiedad y carnerario o sepultura de los Marcilla una capilla que fue propiedad de dicha familia hasta la 0desarmotización, y que en ella se enterrasen los miembros de dicha familia. En realidad hubo dos capillas que, en tiempos distintos, cumplieron ese cometido.

Los enteramientos en nuestra iglesia

Los enterramientos se realizaban entonces en las iglesias parroquiales, y las de los franciscanos eran iglesias conventuales. Los enterramientos en nuestra iglesia son resultado de un privilegio de los papas, confirmado por la voluntad de los reyes de Aragón, desde Jaime I, muy vinculado también a este convento. Él rescató los restos de nuestros mártires y los condujo en procesión hasta la primitiva ermita de san Bartolomé. Aquí también estuvo enfermo, de regreso de la conquista de Murcia y sanó por intercesión de San Luis, a quien se dedicará una capilla en la actual iglesia, llamada de los Santos Reyes. En el primitivo convento, la habitación ocupada por el monarca mostraba, pintada en la pared, la escena del milagro.

¿A partir de cuándo comienza esta tradición de los enterramientos en nuestra iglesia?
Inocencio IV, en 1250 había concedido a los frailes enterrar en sus conventos a todo aquel que lo solicite, y disponemos de un mandamiento del rey D. Jaime I de Aragón, concedido en 1270, a los frailes franciscanos de Teruel, por el que gozan del privilegio de que se pueda enterrar en su iglesia a quienes así lo deseen, en confirmación de lo establecido de forma general por Roma,

Desde 1249, existía una iglesia cuadrangular, que cobijaba dentro la antigua ermita, llamada Oratorio a partir de entonces, por serlo de sus devotos. Quiere decirse que en esa iglesia hubo ya enterramientos a los que se refiere el privilegio del rey aragonés.
En dicha iglesia existía un altar, llamada de San Luis y también de los Santos reyes, de San Luis, correspondiente al actual de la Virgen del Pilar, y sabemos por una cláusula del testamento de D, Giménez, señor de Uncastillo, caballero del Consejo del rey D. Alonso el Benigno (1327-1336) y luego de su hijo el rey D. Pedro IV, el Ceremonioso (1336-1387), sabemos que esta capilla la fundó el dicho rey D. Alonso, y que su hijo, D. Pedro, la cedió para ser enterrado en ella D. Giménez Pérez.

La capilla de san Luis en la actual iglesia

Capilla de la Virgen del Pilar, antigua capilla de San Luis
Antigua capilla de San Luis

La capilla de San Luis en la iglesia actual, correspondiente a aquella otra, pasaría a ser ocupada por los Marcilla.
Hay un dato posterior que hace referencia a los enterramientos en la actual iglesia. En 1615, (22 de febrero), el superior, fray Domingo de Arañón, certifica que en el presbiterio, bajo las gradas del altar, están enterrados los abuelos de D. García, y en algunas capillas hay también carnerarios donde se entierran los diffuntos seculares, dueños de las capillas. Otras sepulturas hay en la iglesia que son de diferentes dueños.
Efectivamente, los restos de D. García se habían trasladado a la iglesia en 1427, enterrados hasta entonces en la Almunia de Dª Godina. Y en el centro de la iglesia, desde la entrada, hay una cripta para el enterramiento de los terciarios franciscanos, hoy cegada.
Cabe pensar que la familia Marcilla ya gozaba de una capilla en esta iglesia cuadrangular, y que ese derecho se trasladase a la nueva que edifica D: García. En ésta, los reyes ocuparían, la tercera capilla, de San José.
No sabemos cómo ni cuándo, en la nueva que erige D. García, la capilla de San Luis pasa a ser propiedad de los Marcilla. Por una bula que extiende el papa Paulo V (1605-21), el guardián fray Matías Foyas dice que, gracias a ese privilegio, la capilla de San Luis venía siendo “ de los Marcilla , y al presente año, de doña Francisca de Espejo, viuda. Pero acto seguido dice que es de concesión limitada, no perdurable.

Consta, sin embargo, que, con posterioridad a esos datos, concretamente en el 7 de diciembre de 1623, aún pertenece al patronato de los Marcilla, fecha en que el papa Gregorio XV declara privilegiado el altar de San Luis, por espacio de siete años.

Dicha capilla pasa luego a propiedad de los Antillones, por lo que los Marcilla consiguen para cripta mortuoria la propiedad de la segunda capilla, dedicada en principio a Santa Catalina y luego a San Diego, en disputa con Dª. Jerónima Testador y Juan Pérez de Arnal, que también la pretendían.
Hechos los recursos pertinentes al papa, la Santa Sede establece que el derecho le asiste a la familia Marcillas.

Si la capilla no había pertenecido en principio a los Marcilla, ¿cómo se explica el escudo de familia en la clave y pared del fondo? En origen, debió concebirse como lugar de enterramiento familiar. De no ser así, los Marcilla debieron remodelar entonces la capilla. Es la única de las capillas que tiene esta distinción tallada en piedra. Las demás capillas, excepto la de San Luis, San Antonio y la actual de los Mártires, llevan el escudo de D. García o familia.

Miembros ilustres de ambas familias

Hay constancia de algunas figuras importantes de ambas familias, los Marcilla y los García, en la historia de Teruel.
En 1313, por disposición del rey de Aragón, D. Jaime II, un probable antecesor del arzobispo D. García, llamado exactamente como él, acompaña hasta Zaragoza, desde Teruel, donde reside, a las infantas Leonor y Yolanda, que se encontraban en dicha ciudad. El P. León identifica a este gentilhombre con el abuelo del arzobispo.

Con fecha anterior a la construcción de la actual iglesia, D. García Licés, que León Amorós identifica con el mismo arzobispo Fernández de Heredia, cede en 1380 al convento franciscano unas casas, con las que los religiosos hacen una permuta con el hospital de San Marcos, para evitar el quitamiento a que venían obligados con ellos, por unas tierras colindantes con dicho hospital, ubicado entonces en lo que sería luego el caserón de los condes de Picasent.
La huerta del convento ocupaba el lado de la iglesia que da al norte, y rodeando el ánside, ocupaba una zona trasera que iba hasta el hospital. Luego adquieren el Huerto de los frailes, que ocupaba un amplio espacio que se extendía ante la Andaquilla.

En el año de 1735, com motivo de una epidemia que nadie ni nada consigue vencer, se reúne el Ayuntamiento de la ciudad para buscar alguna clase socorro a tan grave daño, y deciden recurrir a los santos patronos, que ya otras veces les habían sacado de apuros. Entre los caballeros regidores de la ciudad que tuvieron tan buen acuerdo, junto al corregidor D. Joseph Torrero y Marzo y otros ocho caballeros más, figura un miembro de la familia de los Marcilla, concretamente D. Francisco Antonio Garcés de Marcilla.

Á. M, ofm.