|
11239 |
El primero en proporcionar noticias sobre
el origen los Heredia fue Miguel Martínez del Villar, quien nombra
a los hermanos de Juan Heredia, Blasco y Donosa, casada ella con el también
munebrense Sancho Gonzáles de Heredia (Juan Agustín Funes,
Tratado del patronado, antigüedades, gobierno, y varones ilustres
de la ciudad, y comunidad de Calatayud y su arcedianado, Zaragoza, 1598,
pág. 16)
De Juan Fernández Heredia, personaje singular de la corte aragonesa
y tío de nuestro D. García, se sabe que pertenece a una
familia de la pequeña nobleza de Albarracín. Fue hijo de
García Fernández Heredia, nombre que heredaría nuestro
biografiado, y hermano de Gonzalo, probable primogénito, de Donosa
y de Blasco, que fue Justicia de Aragón(1360-1362), (Juan Manuel
Cacho Blecua, El gran maestre Juan Fernández Heredia, 1997, Zaragoza,
p. 13).
García Fernández, padre de Juan, rigió el castillo
de Ródenas (Teruel) a instancias de Jaime II, 1323, y en 1316 es
lugarteniente del mayordomo de la infanta doña Leonor.
Juan Agustín Funes, en su Tratado del patronado, antigüedades,
govierno y varones ilustres de la ciudad y comunidad de Calatayud y su
arcedianado, entre otros hombres ilustres, cita a estos
dos miembros destacados de la familia Fernández de Heredia, como
son Juan Blasco y su sobrino García Fernández Heredia, arzobispo
que fue de Zaragoza.
De Juan se dice, sin embargo, que “nació en Munébrega,
en los palacios de su casa del castillo, a cuya iglesia dio muchos ornamentos”,
etc. (Juan Manuel Cacho Blecua, o.c. p. 15 y ss.).
Según estima este autor, pudo haber nacido en 1310, puesto que
figura ya como freire del Hospital en el 5 de octubre de 1328. Fue nombrado
maestre de la orden sanjuanista por Benedicto XIII, el papa Luna, en Aviñón,
ciudad donde D. Juan residió largamente, como maestre de la orden
hospitalaria y siempre al servicio de su rey, Pedro IV de Aragón.
(o.c., p. 14).
Es bien sabido que, en la Corona de Aragón, las órdenes
de san Juan de Jerusalén y la del Temple predominaban sobre las
nacionales de Santiago y Alcántara y Calatrava.
En el museo de Munébrega se conservan retratos de munebreses ilustres,
entre ellos uno que representa a Juan Fernández, atribuible a Tomás
Peliguet, “artista de formación italiana”, contratado
en 1571 para realizar los retratos de la orden del Hospital, ya que entre
los escudos que se le encomendaros figura el de un tal Heredia. ( Juan
Manuel Cacho, o.c., p. 16).
Juan, después de haber fungido como lugarteniente del comendador
de Alfambra, de la que acabó por ser titular, hacia 1337, y luego
de Villel, entre 1338 y 1339, y sobre todo en castellán de Amposta,
se convertiría en uno de los apoyos más decisivos de Pedro
VI, lo que les sirve para escalar honores y puestos en la escala social.
Al rey le debe los siguientes dominios: Torres de Montes, Vicién,
Blecua, Fraella, Maria de Huerva. Fuedetodos Alcalá de la Selva
y Valacloche. Otros bienes añadidos por la familia son Jaulín,
Mediana, Ayles, Tormón, El Cuervo, Valbona, Alfambra, Sarión
y Mora de Rubielos.
No deja de favoreces a los miembros de su familia, cuyo patrimonio incrementa
con sucesivas concesiones y compras. Un sobrino suyo, Blasco Fernández
de Heredia, hermano de D. García, compraría Mora y Valbona
por 280.000 libras barcelonesas, en el 17 de octubre de 1387, y establece
en su espléndido castillo la casa señorial de los Fernández
Heredia, que alcanzarían la categoría de marquesado.
No cabe la menor duda de que Juan Fernández Heredia es la figura
más sobresaliente de la familia Fernández Heredia, cuyo
influjo en favor de sus familiares no debió de ser poco. Consta
el rápido ascenso político de Juan, desde sus inicios en
la orden sanjuanista, requisito necesario para acceder a otras instancias,
como la de caballero o sacerdote. “El caballero sanjuanista disfrutaba
de un alto rango en la sociedad y se lucraba de la potencialidad económicas
de la Orden” (p. 17). Y da un salto importante cuando, entre octubre
de 1338 y mayo de 1339, por sus relaciones con Pedro IV, coronado en Zaragoza,
en 1336, entra a formar parte de su Consejo Real. No parece sino que su
nombramiento estaba relacionado con su representación del elemento
eclesiástico. Fue un paso decisivo; el Consejo, tan numeroso que
sobrepasaba los 50 miembros, entendía en los asuntos de mayor relieve
de la Corona, tales como “las relaciones con Castilla o los conflictos
de las Uniones”. (Ibid., p. 19). Lo formaban príncipes, el
obispo confesor del rey, nobles de muy diversa índole, jueces,
secretarios y representantes de Barcelona, Valencia, Zaragoza, Lérida,
Gerona y Perpiñán. No se sabe cómo surgen la relación
entre el rey y su protegido, pero de su preeminencia en la corte, habla
claro el hecho de que figure ya, por parte aragonesa, a la par del maestre
de Alcántara, en la capitulación que establecen Alfonso
XI de Castilla y Pedro IV de Aragón, en 1339, a fin de prevenir
los posibles ataques que les puedan inferir los reyes de Marruecos y Granada
(Ibid., p. 20). Y efectivamente, logra suceder, no sin sufrir de su agraviado
antecesor graves contratiempos, como la prisión, al castellán
Sancho de Aragón, en la castellanía de Amposta, agobiado
por sus retrasos en el pagos de sus gabelas al rey.
Las castellanía representaban la vanguardia cristiana, en la lucha
de la reconquista contra el Islán. Culminaría su carrera
con el nombramiento de gran maestre del Hospital, el cargo más
eminente en la Orden de san Juan de Jerusalén, que ejerce desde
1377 a 1396, fecha de su muerte. Dio muestras de su destreza política
en sus relaciones con los reyes Pedro IV y Juan I de Aragón, y
con los papas Inocencio VI, Gregorio XI, y Clemente VII, lo que le forzó
a vivir gran parte de su vida en Aviñón. Su obra literario
es muy estimable, por cuanto constituyó un equipo de traductores
al aragonés de una cantidad muy notable de obras latinas y griegas.
Se desconoce, en realidad, cuál sea el origen lejano preciso de
los Fernández de Heredia, dado el afán de emparentarles
con linajes legendarios (Cf. Juan Manuel, p. 63). Si hay que situar el
solar familiar en Munébrega, lo más probable es que también
nuestro García Fernández Heredia tuviera allí su
lugar de nacimiento o en Zaragoza, lugar de residencia del Justicia de
Aragón (1360), su padre, casado dos veces, con Teresa Centelles
primero, y con Toda Ruiz después. Hijos de este segundo casamiento
con Dª. Toda son dos varones y dos hijas: D. García, nuestro
hombre, su hermanos D. Blasco (1411), señor de Foyos, que casaría
su vez con Dª. Violante Boil, Juana y Teresa.
D. Juan poseyó casas en Teruel, que pasan a manos de D. García,
de las que haría donación a la comunidad franciscana de
las que situadas a espaldas del ábside de la iglesia, con motivo
de su construcción, destinada a ser su iglesia mortuoria. De este
dato se sirve el P. León Amorós para suponerlo nacido aquí.
El
nombre de García Fernández de Heredia aparece ya registrado
en 1319 en la encomienda de Villel.
D. García goza en todo momento de la protección singular
de su tío, que se mueve con holgura en la corte papal de Aviñón.
Nada de extraño tendría que ese patronazgo pesara al momento
facilitarle la silla episcopal de Vich, y luego, en 1389, a la arzobispal
de Zaragoza. Poco sabemos de su actuación eclesial y política.
Es de suponer que cuando, a imitación de su tío, que erige
una iglesia mortuoria en Caspe, D. García decide hacer lo propio
en el la iglesia que regentan en Teruel los religiosos franciscanos, llevado
de su devoción a los santos mártires, Juan de Perusa y Pedro
de Saxoferrato, venerados en su iglesia.
Debía de contar ya con una edad avanzada cuando decide erigir
dicho templo a toda prisa, ya que encomienda las obras a dos arquitectos,
Conrat Rey y Gonzalo de Vilvo, para que la concluyan en el término
de diez años, desde 1292 hasta 1302. No erró mucho el prelado
la cuenta sobre su propio longevidad, si advertimos que diez años
después, aunque no por causas naturales, entrega su alma a Dios.
Con todo, debió de influir asimismo en su ánimo el cometido
de dejar en su diócesis construcciones no menos monumentales, como
las iglesias de Valderrobles, menor que la de Teruel, pero más
suntuosa, y la de Mora, de sillería rodena más deleznable.
Ocurre que, como hombre eminente que es, forma parte del grupo de notables
que, en 1411, debaten en las Cortes de Calatayud sobre la difícil
sucesión al trono que plantea a la regencia la muerte de Martín
I, el día 31 de mayo de 1410, sin haber designado sucesor, en medio
de encontradas apetencias entre presuntos herederos y las ya endémicas
banderías entre nobles que dividen el reino.
Después de enconados debates, se decanta la mayoría de
compromisarios por la candidatura favorable a Fernando de Antequera, determinación
en la que pesa de modo decisivo la convencida intervención D. García,
lo que le acarrea al punto la condena unánime de sus adversarios,
quienes, comandados por Antón de Luna, partidario de Jaime de Urgel,
al regreso del arzobispo a Zaragoza, emboscados en algún paraje
entre La Almunia y Almonacid, le salen al camino y consiguen darle alevosa
muerte.
Se le entierra provisionalmente en la Almunia, desde donde, por disposición
del arzobispo de Zaragoza, D. Alonso, sus restos se trasladan a nuestra
iglesia, según letras dadas en Muel a 29 de agosto de 1427. Posteriormente,
el año 1737, sus restos, enterrados inicialmente bajo la verja
del presbiterio, del lado del altar de san Antonio, fueron colocadas en
un sarcófago, a nivel del presbiterio, en el lado del evangelio,
sustituido después por el actual, en el mismo siglo.
No nos han llegado noticia de la solemne ceremonia del sepelio en nuestra
Iglesia, con que se cumplía el objeto que había inspirado
su construcción, presumiblemente con la acostumbrada asistencia
de familiares, asentados en la cercana población de Mora, nobles,
autoridades civiles y eclesiásticas, miembros de la comunidad,
clero local y fieles te todo Teruel.
Fr. Ángel Martín

|