9401

Desde que nuestros santos religiosos, martirizados en la Placita de la Higuera, en Valencia, en el año 1228, y el posterior traslado de sus restos a Teruel, la veneración de sus reliquias ha venido determinando la erección y amplitud de las iglesias sucesivas en las que reposaron de siglo en siglo.

Planta del templo actual

Los sagrados restos fueron conseguidos de los árabes, a instancias de los nobles aragoneses D. Blasco de Aragón y Dartal de Luna, mediante la permuta de un determinado número de nobles musulmanes, hechos presos en la toma de Morella por D. Blasco, en nombre del rey.

Los restos, contenidos en una urna de alabastro, fueron portados en procesión y depositados en la ermita de San Bartolomé, sobre el púlpito, en el conventículo fundado por los propios santos, junto al río.

Allí permanecen hasta que la creciente veneración de las santas reliquias aconseja edificar una iglesia cuadrangular más capaz, que cobije en su interior la antigua ermita y permita el acceso de fieles y devotos, sin las estrecheces a que obligaba el reducido habitáculo de dicha ermita, que desde entonces será conocida como el oratorio. Al tiempo, junto a la iglesia, se edifica igualmente un convento de dimensiones tales, que dé cabida a una comunidad más numerosa.

Se puede establecer como fecha de inauguración de la nueva iglesia el año 1249, pero se ignota el estilo en que fue concebida, y hay datos que confirman que seguía cumpliendo sus funciones por los años de 1352, cuarenta años antes de que comenzase a erigirse la iglesia gótica posterior.

Se ignoran asimismo los detalles que pudieran permitir una descripción del templo, y apenas si podemos hablar más que del destino de algunas de sus capillas laterales, como la de san Luis, propiedad de los reyes de Aragón y la de Santa Catalina. Una y otra capillas volverían a erigirse por sus dueños en la iglesia definitiva que sustituiría a esta primera de planta cuadrangular.

De la segunda Relación para la causa de canonización de nuestros mártires, se deduce que en el presbiterio había una reja de madera, coronada por la efigies de los dos santos, procedentes de las que figuraron sobre las dos celdas que habitaron a ambos lados de la primitiva ermita de san Bartolomé.

Igualmente, parece que de esta iglesia cuadrangular procede el cuadro que figuraría luego en la sacristía de la iglesia monumental que erige luego D. García, donde aparecían los dos santos a ambos lados de Cristo crucificado, con su Madre María y san Juan a ambos lados de la cruz.

La capilla dedicada a san Luis, consta por una cláusula del testamento de D. Giménez Pérez, señor de Uncastillo, caballero que fue del Consejo Real de D. Alfonso el Benigno y luego de su hijo D. Pedro IV, que D. Pedro el Benigno la cedió como lugar de enterramiento del susodicho caballero, D. Giménez, en agradecimiento a sus servicios.

La de Santa Catalina ya figura erigida en un documento de 1352, y prueba de que vuelve a ocupar un lugar en la iglesia gótica que sustituiría después a la cuadrangular, es que figura de nuevo en 1567, según testimonio del superior fray Juan Assa.

Iglesia y comunidad franciscana venían perteneciendo a una amplia Custodia de la Provincia de Aragón que incluía los conventos de Valencia, hasta que en 1357, junto con los conventos de Daroca, Calatayud, y Molina de Aragón, pasan a constituir la custodia aragonesa de la Serranía, por un decreto dado en Roma por el General de la Orden, fray Juan Bouchier.

Nave de la Iglesia. Vista del lado izquierdo
Vista del lateral izquierdo de la nave

No gozó de demasiada longevidad el templo sustitutivo de la antigua ermita, porque algunos años después de su erección, D. García Fernández de Heredia, arzobispo de Zaragoza, decide en 1391, elevar una iglesia todavía más amplia y espléndida, de piedra sillar, según las pautas del estilo gótico más elegante, donde, al socaire de la devoción de los mártires, pudieran descansar sus propios restos, a la manera como su tío D. Juan Fernández de Heredia, Maestre de la Orden del Hospital, había erigido otra iglesia mortuoria en Caspe, donde descansar después de muerto.

Las obras comienzas en el año 1292 y concluyen diez años después, a un ritmo trepidante, encomendadas a los arquitectos Conrat Rey y Gonzalo de Vilvo, para quienes trabajan sin descanso un conjunto de nutridas cuadrillas de canteros, los mismos que elaborarían después las piedras de sillería de la iglesia de Mora e incluso algunos de su castillo, del señorío de los Fernández Heredia.

La configuración de la iglesia responde a las directrices dadas por dominicos y franciscanos, que desde el siglo XIII demandan templos con nave única, las llamadas iglesias de predicación, más anchas y largas que las de tres naves, a fin de concentrar a los fieles en torno al púlpito, colocado en zona central. El problema de sustituir las naves laterales, meramente funcionales, que servían para contener el empuje lateral de las bóvedas góticas hacia las columnas, había quedado resuelto en la catedral de Gerona, con gruesos estribos sustitutorios, que es la solución dada también a nuestra iglesia. No olvidemos que dominicos y franciscanos, en el siglo XIII, se dedican con ardor a predicar el evangelio de Jesús por toda la cristiandad, incitando a la renovación del corazón y las costumbres.

Esa única nave unitaria es la principal característica del nuevo templo, que llaman de estilo levantino. El resultado es una iglesia más amplia y vistosa, a lo que se añade la elegancia de su justa austeridad.

Los gruesos contrafuertes sustitutivos de las naves, que en nuestra Iglesia alcanzan casi un metro de grosor, hábilmente enmascarados tras la amplitud del juego de columnas, abren numerosos tramos entre dicho estribos, convertidos en capillas laterales, cuyos altares ofrecían así la oportunidad de celebrar misa a un mismo tiempo a los sacerdotes de la numerosa comunidad.

Mientras duran las obras, los religiosos viven en un convento improvisado a la otra parte del río, al arrimo de alguna ermitita donde celebrar, orar y decir el oficio divino.

Concluidas las obras, para su inauguración, presidida por D. García y autoridades locales, y con gran afluencia de fieles, los religiosos acuden desde el convento provisional que habían habitado a “la otra parte del río”, y trasladan los restos sagrados de los mártires, desde su urna de alabastro, a una de las capillas laterales, concretamente la conocida por capilla del Cristo, a la que daba nombre una efigie de Jesús crucificado, venerado en ella, tal vez procedente de la iglesia “cuadrangular”anterior.

“La iglesia, escribe doctamente Cristóbal Guitar Aparicio, responde estrictamente al patrón más frecuente en el gótico mediterráneo, que crearon precisamente los franciscanos y dominicos en el siglo XIII, y compite en dimensiones, elegancia y purismo con los mejores del estilo, mostrándose sin tapujos su esquema arquitectónico. Poco atendida por los historiadores españoles , son los aragoneses Sebastián López, F. Santos y C. Atienza quienes la han estudiado. Sus medidas son de unos cincuenta metros de longitud, siendo su nave de trece metros de ancho, y consta de cinco tramos. La luz le llega a través de hermosos ventanales apuntados, con tracerías, y su interior se embellece con haces de columnillas que descienden de los nervios, adosados a los muros, y con las arcadas apuntadas de las capillas, también abovedadas en crucería. Su hastial es uno de los más bellos del gótico de Aragón, con frontis triangular, gran óvalo y portada apuntada bajo gablete, flanqueada por dos contrafuertes. Análoga es la portada sur, pero sin gablete.”

La fama de los santos era tal, que prelados y personas de alto abolengo compiten por hacerse con objetos, fragmentos y piezas enteras de sus reliquia, lo que lleva a la angustiada comunidad a ocultar en secreto la urna que las contenía en lugar seguro, concretamente el muro de la Capilla del Cristo, a la altura de los pies del crucificado, para evitar la desaparición de las mismas. Y es tal el celo en mantener el secreto, que con el tiempo, hasta se llegó a perder la memoria del sitio exacto del muro donde quedaban ocultos los susodichos restos, hasta el año 1481 en que el padre Vega, conventual de San Francisco de Valencia, inopinadamente, da a conocer el sitio donde fueron escondidos.

Ya en el siglo XVI, los religiosos edifican el coro, según los nuevos cánones del renacimiento, junto con el brocal del pozo de los mártires y una espadaña, a la parte del ábside en lo alto de la iglesia, novedades que prepararían los ánimos para que, en el XVII, el irresistible atractivo de la modernidad del estilo barroco, representativo de la Contrarreforma, deslumbrara a los religiosos, hasta concebir una nueva configuración interior de la iglesia, a fin de ocultar la antigua y denostada hechura gótica de la misma, mediante revoques de yeso y escayola, que cubrieran con su blancura y retorcidas molduras doradas la desnuda y austera piedra sillar.

Escudo de un capitel, en la fachada de la iglesia

Tenemos que limitarnos a imaginar cuál sería su aspecto con cambio tan singular y desafortunado, porque no nos han llegado otras noticias fehacientes de traza tan forzada y caprichosa que la de su altar mayor, que conocemos por el contrato previo a su realización, en el que sus artífices establecen dimensiones y pormenores artísticos, relativos a la distribución del sus partes y hornacinas. No sabemos, sin embargo, qué fue de dicho retablo, imágenes y pinturas, si es que sobrevivieron a los sesenta y cino años en que el templo ejerció como almacén de madera, como tampoco de la gran verja de forja que separaba el presbiterio, de la amplia nave. Parece ser que al llegar los religiosos, tras la larga etapa de la exclaustración, ante el mal estado de la iglesia, derriban los restos de la iglesia barroca y con los escombros alzan el piso de la nave, para aminorar los efectos de las frecuentes riadas del Guadalaviar.

La iglesia así configurada, fue la que presenció la invasión y consiguiente defensa ciudadana contra las tropas napoleónicas, que convierten en caballerizas iglesia y convento, no sin antes expulsar de él a los religiosos; esa misma la que hubo de soportar, mal que bien, los destrozos fratricidas de las guerras carlistas, y esa, finalmente, la que desde 1835 sufre los cuarenta años de abandono a que obliga el decreto inicuo de la desamortización y su consiguiente enajenación, impuesta por aquel Mendizábal de tan infausta memoria, más los que transcurren después, hasta que la propiedad del inmueble revierte de nuevo a sus antiguos moradores, los franciscanos.

Debemos a la generosidad de la noble señora Dª. Ricarda Gonzalo de Liria, la providencial iniciativa de rescatar oportunamente el viejo templo, junto con los viejos muros del solar conventual y una pequeña huerta aneja al mismo, de la dejadez de sus propietarios oficiales, mediante permuta con otro edificio, hoy Archivo Provincial, situada en la Ronda, edificado a este fin en estilo modernista.

En el año 1900, de nuevo se hace cargo del convento, convenientemente restaurado, un grupo de franciscanos destacados a Teruel, presididos por el P. Agustín Fortea, que de momento venían hospedándose durante los tres años que dura la restauración, primero en el palacio episcopal, luego en una casa próxima a la plaza del Torico.

Ocupan su nueva morada el 3 de octubre de 1902, un año después de haberse colocado la primera piedra del nuevo cenobio, rehecho desde sus cimientos, prácticamente destruido por tan largo abandono. Habían pasado 67 años desde que lo hubieron de abandonar.

La iglesia requiere más tiempo, dada la envergadura de su obra, hasta remozarse y recobrar su aspecto original. Le cabe al buen gusto del religioso franciscano fray Maseo, arquitecto prolífico, el acierto de haber restituido el maltrecho templo a su primitiva hechura y dignidad de la piedra desnuda y configuración gótica, despojándolo del revoque de yeso pintado, que lo recubría, muy deteriorado el conjunto por el tiempo transcurrido y la desidia de quienes lo habían convertido en informe almacén.

Se inaugura el templo el 29 de agosto de 1903, haciendo coincidir la fecha con la celebración solemne de la fiesta de los santos mártires, a cuyo fin se realiza el traslado de las santas reliquias a la capilla en que actualmente se veneran, desde el monasterio de Santa Clara, donde habían permanecido cuidadosamente guardadas por nuestras hermanas las religiosas clarisas.

La iglesia lucía ya en su altar mayor un luminoso retablo gótico, obra del artista valenciano Bellido. Y un año después, se colocarían los más minuciosos y elaborados que dignifican las capillas laterales, que salieron de las hábiles manos artesanas del hermano lego fray Salvador Pelufo, que, salvo su menor tamaño, no desmerecen lo más mínimo del más esbelto que brilla en el altar mayor.

Durante la revolución de 1931, los religiosos deben a abandonar el convento y hospedarse en casas particulares de personas amigas o en las suyas propias, durante algunos días. La guerra civil del año 1936 fue más duradera y cruel, y vuelve a poner en fuga a los religiosos de la comunidad, con el consiguiente abandono de iglesia y convento, que sufren los efectos devastadores de la guerra. Una bomba destruye las viviendas de los religiosos y perfora una de las bóvedas de la iglesia. El rosetón del frontispicio de la iglesia y algunos de los nervios que sustentan las bóvedas sufren igualmente el efecto devastador del cañón de un tanque ruso, que intentaba acallar el machaqueo de una ametralladora colocada en las bóvedas. Por si era poco, en el convento, convertido muy pronto en cuartel y prisión, quedan impresos los efectos de conversión tan extraña a su naturaleza espiritual, de que dan fe el deterioro aún manifiesto en sus piedras y claustro superior, muestras fehacientes del capítulo más oscuro de su historia reciente.

La reconstrucción, en época económicamente difícil, resultó lenta, manifiesta en los sucesivos mandatos de su guardianía: se colocan nuevas vidrieras en el presbiterio y se restaura fachada y rosetón, en tiempos del padre José A. Arnau (1961-1964), se renuevan las vidrieras laterales por fray Carlos Sáez, a expensas de D. Mariano Rubio, se restaura el órgano por la casa Alberdi de Barcelona, a instancias de fray Vicente Pérez-Jorge (1956), músico y compositor eximio.

Dios quiera que la larga paz de que disfrutamos sea duradera, y el silencio y la devoción arropen siempre la piedra tranquila de nuestra iglesia, que aún muestra las mordeduras de los proyectiles de un tanque ruso en sus nervaduras góticas, y puedan los fieles visitar a sus mártires sin los sobresaltos de infaustas algaradas y enfrentamientos, siempre perniciosos y lamentables luego.