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Con motivo del VI Centenario de la inauguración
de la Iglesia de San Francisco, en cuya obra se invirtieron diez años,
desde 1392 a 1402, el P. Juan Oliver, Provincial entonces de la Provincia
franciscana de Valencia y hoy obispo del Vicariato de Requema, en Perú,
escribía las siguientes palabras conmemorativas:
Cuentan los primeros biógrafos de Francisco que, al comienzo de
su conversión, caminando cerca de la iglesia de San Damián,
se sintió guiado por el Espíritu a entrar en ella para orar,
y que, postrado ante el crucifijo, escuchó de sus labios: “Francisco,
vete, repara mi casa, que, como ves, viene del todo al suelo”. Y,
al momento, se dispuso a obedecer la palabra escuchada (2 Cel 10; TC 13c).
Francisco,
siempre atento a la voz del Señor, se aprestó a reparar
aquella iglesia antigua y casi derruida. Más tarde llegaría
a comprender que esto sólo fue el comienzo y que la voz del crucificado
le llamaba a renovar la Iglesia, la comunidad de los seguidores de Jesús
(LM 2, 1).
Nos sorprende sobre todo en este relato la respuesta de Francisco, su
prontitud, su escucha atenta y la puesta en práctica de lo escuchado.
Esta fue la práctica, también, de sus primeros seguidores.
Y lo que constituye la misión de todos los que queremos vivir el
Evangelio como él lo vivió y lo encarnó.
También hoy el Señor Crucificado y Resucitado nos dirige
a todos nosotros su palabra: “Ve, repara mi Iglesia”. La Iglesia,
comunidad de fieles, pueblo en marcha formado por todos los que se seguimos
y le amamos, los que tenemos puestos nuestros ojos en Él; pueblo
inmenso y diverso, que anhela vivir para servir al Señor Dios.
Todos nosotros llamados, también, por Él a hacer viva la
Iglesia, a renovarla, a hacer de Ella lo que Él quiere que sea:
sus brazos para acoger, sus manos para curar, sus pies para recorrer el
mundo, su corazón para que todos encuentren el amor, la misericordia
y la paz.
La Iglesia es también el templo que nos acoge, como la casa familiar.
En él nos reunimos para alabar y dar gracias, para recibir los
sacramentos de la vida. El templo es bello cuando la comunidad es viva,
cuando el amor es nuestra forma de vivir, nuestra misión y nuestra
tarea, cuando todos vivimos, deseamos y nos esforzamos por ser Cuerpo
de Jesucristo.
El templo, para nosotros ahora, la Iglesia de San Francisco es testigo
secular de la fe de este pueblo que camina delante de nosotros, que nos
ha dejado la pasión por Jesús, por el Reino de Dios. Innumerables
testigos que hoy nos contemplan y nos animan a hacer y re-hacer la Iglesia.
Damos gracias a Dios por su testimonio de vida y por
la belleza de este templo que nos reúne y acoge. Le damos gracias
y estamos atentos a su voz: “Ve, repara mi Iglesia”. Como
Francisco y tantos seguidores suyos, queremos ser oyentes fieles que,
día a día, en las cosas más sencillas y cotidianas,
queremos que nuestra Iglesia sea bella: espacio abierto a todos, lugar
de misericordia y reconciliación, hogar de hermanos.
Fr. Juan Oliver, ofm.
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