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El poder de atracción de Francisco no es un descubrimiento de última hora ni una cualidad nativa que se le atribuya hoy, impresionados ante su vida, su sentido fraterno ante todas las cosas, y su obra, desde nuestra sensibilidad moderna, tan áspera y trillada por el racionalismo. San Francisco dio siempre muestras de liderazgo entre los jóvenes de Asís, mientras vivió entre ellos su juventud alegre. Y cuando, convertido desde la experiencia heroica de atender y lavar a unos leprosos, da un vuelco a su vida y se entrega a la oración y la penitencia, vuelve a ser el centro de todas la miradas, la de los que le consideran que ha enloquecido y la de los que admiran con qué entereza se entrega sin prisas, pero con total dedicación, a copiar pormenorizadamente en su vida, como quien talla una estatua con un delicado cincel, la ejemplaridad de la pobreza y sencillez de vida de Cristo. Muy pronto se le agregan compañeros que le proponen seguir su misma vida. Bernardo de Quintaval, joven comerciante de Asís le invita a su casa para consultar con él su decisión. Cenan juntos y Francisco pasa la noche en oración, a lo que no es ajeno Bernardo, que, conmovido, a la mañana siguiente le declara su propósito con firmeza. Son textos básicos sobre los que toma cuerpo la primitiva Regla de fray Francisco. Y en abril de 1208 se les agregan aún Pedro Catani, canónigo de la iglesia catedral y Gil, un rico hombre que accede a ellos el 23 de ese mismo mes y año. Con ocho, comienzan a predicar por los pueblos, de dos en dos. Con ese fin, Francisco y Gil se encaminan a las Marcas de Ancona. San Damián es una iglesuela que cobija en su interior un Cristo de románica hechura, por el que Francisco siente especial devoción. No muestra a Cristo muerto, sino que aparece cuidadosamente atento a cuantos se arrodillan a sus pies. Aquí es donde la voz de Jesús le insta a reparar su Iglesia. En 1206, en pleno ardor estival, ya en Asís, repara esta pequeña iglesia de San Damián. Mendiga piedras entre la gente para reconstruir sus paredes, y pan y sobras para la propia manutención. Y reparada San Damián, hace lo propio con otras iglesias igualmente necesitadas: San Pedro, Santa María de los Ángeles. Pronto dejará de ser el ermitaño de itinerario impreciso. Un día inesperado, el 24 de febrero de 1208, después de asistir a la celebración de la misa, percibe que las palabras del evangelio le están interpelando a que proyecte su vida muy de más alta manera: predicar la paz a todo el mundo, los pies descalzos, sin alforjas ni dinero. Ahora es ya un pregonero de la palabra de Dios entre la gente, al hilo de los que Jesús recomienda a los suyos. San Damián sería entonces la cuna del nuevo movimiento espiritual de las “damas pobres de San Damián”, en la inclinada proximidad medieval de Asís. Y es que cuando Clara de Asís, una jovencita de pocos años aún, admirada de la santidad que ha descubierto en Francisco, quiera seguir sus pasos, aquí será admitida por él, acompañado de un escaso séquito de frailes, hasta que quede confinada en el silencio recogido de las paredes pobres que cobijan la reducida y casi imposible ermita de la Porciúncula, en Santa María de los Ángeles. Una vez, Francisco tiene una visión: ve cómo acuden hacia su Orden gentes de toda condición, procedentes de los cuatro puntos cardinales. Así ha sido. Desde entonces, Francisco no ha dejado de atraer hacía sí la mirada complacida de cuantos ven en él el ideal hombre evangélico que uno quisiera ser.
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