Servid con gran humildad

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Hay santos altamente representativos de una época. El siglo XIII difícilmente podría comprenderse tachando el movimiento regenerador que impulsa Francisco de Asís, aquel amante de los animales, hasta considerarlos hermanos, hoy amablemente interpelado por los defensores de la ecología.

Hombres así, no pierden nunca su poder de atracción, la simpatía que inspira en cuantos se acercan a él, desde cualquier ángulo que permita entrever su obra irrepetible.

Llegan a ser, porque responden oportunamente al momento histórico que les tocó vivir.

En su tiempo, se estaba consolidando el movimiento comercial iniciado en el siglo XII, que propicia la emergencia de una nueva clase social, la burguesía, dedicada a reinventar la industria y el comercio, de modo que Asís mismo refleja el doble estamento social de los “maiores” o “boni homines” de los nobles y los “minores” u “homines populi”, donde se instalan los nuevos burgueses, cuyo poder monetario, sin embargo, les habilita a corto plazo para alzarse a la gestión de la vida social, en competencia con la seniores de estirpe nobiliaria, hasta llegar a implantar el Común.

Francisco nace en este ambiente inquieto, dinámico y distendido, en las proximidades de la plaza común de Asís, en una familia de comerciantes de tejidos, que sabe la gentileza y comodidades que otorga el dinero, y le sirve de referencia para entender las estrecheces de los que no lo tienen. La lectura del evangelio de Jesús y la compasión frente a los más necesitados, le induce a pisar las pretendidas excelencias de la riqueza y se propone vivir a semejanza de Cristo.

Es así como Francisco se pone en camino de dar cuerpo a un movimiento de nueva y estrecha espiritualidad, que abraza la pobreza como la más cabal cercanía de la de Cristo. Pronto vera en torno suyo decididos seguidores, que se llamarán Frailes Menores, porque se instalan en la base de la pirámide social, entre los minores, y serán ellos quienes lleven a cabo la reforma evangélica de la espiritualidad de su tiempo, recorriendo países y predicando en plazas e iglesias, desde sus pequeños conventos en que convertían ermitas o casas, a la sombra siempre del espíritu evangélico que les ha inculcado Francisco.

San Francisco y Santa Clara

El cordón que sujeta el hábito franciscano se ha convertido en signo de la presencia de ese espíritu de amable santidad, que tiene en la sencillez de vida su mejor valedor. El franciscano, el fraile menor, como aquel poeta, tiene a gala ir por el mundo siempre contento y siempre ligero de equipaje.